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No solo cubrirse, poder elegir: los migrantes prefieren la ropa de Jay Z

Cuando un migrante se acerca a un centro de acogida llega con lo puesto y le ofrecen indumentaria de segunda mano. Ahí empieza a contarse la siguiente historia, la de esta colección de retratos

Mustafá, de 24 años y proveniente de Sudán.
Mustafá, de 24 años y proveniente de Sudán.

Jay Z —músico de hip hop neoyorquino, multimillonario, pareja de Beyoncé e imagen de buen padre— es el dueño del outfit con el que sueña Zaman, el joven afgano que llegó de Kabul a París, después de caminar seis meses, en pleno invierno, en bermudas y chanclas. “¿No tendrán, por casualidad, unas zapatillas como las del Jay-Z, unas que no sean feas?”, preguntó a los voluntarios del centro de primera acogida de Emmaüs en La Porte de la Chapelle. Lo contaba en televisión Valérie Larrondo, voluntaria de la organización humanitaria que tuvo la idea de hacer algo con una historia que empezó con risas compartidas tras la ocurrencia de Zaman, después de que ella le mostrara un par de zapatos un poco anticuados que sacó de los estantes de ropa donada.

El resultado de ese intento por entender el valor simbólico de la ropa para un migrante es una exposición de fotos de Fréderic Delangle y Ambroise Tézenas llamada Unas zapatillas como las de Jay Z. Retratos y palabras de exiliados, que se exhibe hasta el 23 de septiembre en el espacio Parc des Ateliers, en Arles (Francia), en el marco de la 49º edición de Les Rencontres de la Photographie.

“Estos son los papeles que otros no les dan”, especulaban los autores de las imágenes. Aseguran que el hecho de poder elegir les devuelve su individualidad, su humanidad, su historia y una cierta dignidad. Y no solo optar por algo con lo que cubrirse de tanta incomprensión, ni siquiera cuando se llega hasta allí en calzoncillos, expulsado por la policía de un campamento temporal y despojado de todas sus cosas.

La ropa es “todo menos anecdótica” para estos jóvenes fragilizados por la travesía pero que han tenido una vida afectiva anterior, un trabajo, unas aficiones y unos estudios en otro lugar, según los autores de este trabajo colectivo en el que participaron varios voluntarios de Emmaüs. Así, les proponían entrevistas “sin prisas, en un espacio de intimidad”, que dieran lugar a retratos cuidados y de acuerdo con la voluntad de los participantes. “Es como darles una esperanza en el futuro a través de la ropa”, sugiere Tézenas, uno de los fotógrafos.

Mejor agradar que dar pena

Ibrahim, migrante marfileño de 23 años

Lo que se llevarán del centro de acogida es de segunda mano, ha pertenecido a otras personas, pero para ellos desempeña un papel nuevo y allí es donde intentan llegar los porqués de las formas, los colores, la combinación o no con su vestimenta tradicional, los significados y las evocaciones. De ahí surgen los posados para los retratos y los pequeños testimonios tras la atenta escucha.

“Tengo 24 años, vengo de Sudán. Me encanta esta camiseta con la leyenda romantic. El azul oscuro es mi color preferido”, explica Mustafa. “Tengo 20 años, vengo de Somalia, y me encanta vestirme como si fuera un estadounidense. En Somalia no usamos ropa tan apretada. A mi familia no le gustaría demasiado verme vestido así. En Francia soy libre de ir como quiero”, comenta Bashir.

Aboubacar tiene 21 años, viene de Guinea-Conakry y es algo reticente a las fotos: “no quiero causar ningún problema, ni destacar, quiero vivir como todos”. “Mejor agradar que dar pena”, es la cita de Ibrahim, marfileño de 23 años, que lleva el negro orgulloso de sus orígenes africanos. Cherif, senegalés de 24 años, dice que no se viste para gustar a las chicas sino a sí mismo, y que si su familia lo viera ahora en la foto de París se daría cuenta de que se ha vuelto un adulto. Y es que ya hace cinco años que dejó su país.

Ahmed, de Mogadiscio, asegura que su piel color caramelo le hace juego con la ropa negra, que le encanta el estilo hip hop y que si tuviera dinero se compraría unas Nike. Ibrahim, guineano, también elige un jersey negro, en su caso, “en recuerdo de un viaje lleno de dificultades” y como símbolo de haberle ganado al miedo al ejército, en la oscuridad de los contenedores en Mali y dentro de los camiones, con un calor sofocante; “el jean, porque soy joven”.

La palabra swag surge en varias conversaciones y refiere a tener estilo, y un estilo en particular: el de los raperos. La expresión (que viene de swagger) no designa solamente el vestir sino cómo andar y moverse al modo hip hop. Es el ritmo que marca el orgullo de la periferia, una suerte de estética pandillera o moda del antihéroe, como alguna vez se definió en el mundo anglosajón, y que bien calza a estos chicos que desembarcan en un continente que sigue poniendo ladrillos a sus muros administrativos contra la inmigración.

Aboubacar, de 21 años y natural de Guinea-Conakry.
Aboubacar, de 21 años y natural de Guinea-Conakry.

Pero no todos se dejan fascinar por la estética de la banlieue. Said tiene 37 años y viene de Afganistán. Cuenta que en su país cultivaba arroz y que incluso en el campo le gustaba ir limpio y bien arreglado, algo que procura ahora en París, donde adora vestirse con estilo francés. Por su parte, Omid, que ha pasado tres años de ruta desde Afganistán, pasando por Irán, Turquía, Macedonia, Hungría y Austria, confiesa que sigue con el gris habitual de su región pero combinado con una camiseta en un rojo muy vivo, símbolo de haber sobrevivido incluso a un atentado. Abdallah, que tiene 30 años y viene de Yemen, recuerda que ya en su país se compró una camiseta con la torre Eiffel, antes de saber que tentaría suerte justo allí.

Hay quienes que eligen seguir llevando los accesorios de sus vestimentas tradicionales (turbantes, pulseras, echarpes), combinándolos con la ropa occidental (mencionan Gucci, Adidas y Nike) y hay quienes prefieren adaptarse del todo al lugar al que agradecen que los acoja. Los modelos pueden ser el futbolista Samuel Eto’o, Jay Z, Chris Brown o Fally Ipupa, el cantante congoleño, pero detrás de cada elección hay una reflexión sobre la propia historia y lo que se desea transmitir en cada encuentro de la nueva vida.

Ibrahim, guineano, elige un jersey negro. En su caso, “en recuerdo de un viaje lleno de dificultades”

Y, por cierto, las sneakers hace tiempo que trascendieron las fronteras de lo callejero para convertirse en un símbolo de estar en la época. Los chicos que llegan en cayuco lo saben: hace tiempo que las adoptaron los ejecutivos del mercadeo y la publicidad, y hasta los presentadores de televisión van al plató en traje y zapatillas.