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¿Inmigrante o extranjero?

¿Se deja algún día de ser inmigrante? ¿Cuándo se pasa a ser considerado 'normal'?

Refugiados y migrantes a punto de desembarcar en Reggio Calabria, Italia, tras haber sido rescatados de un buque a la deriva.
Refugiados y migrantes a punto de desembarcar en Reggio Calabria, Italia, tras haber sido rescatados de un buque a la deriva. Getty Images

Toda persona que cruza una frontera espera de antemano ser tratada como extranjera. El sentimiento de extranjería es un sentimiento anterior a la partida del viaje interestatal. Pero lo que nadie espera es tener esa etiqueta de por vida. Mis dudas son las siguientes: ¿se deja algún día de ser inmigrante? ¿Cuándo se pasa a ser normal?

Pese a lo que muchos creen, hoy por hoy, el estatus de extranjero o inmigrante es establecido por rasgos externos de aspecto físico, vestimenta, forma de hablar... Aparte del estatus administrativo. No importa que esa persona haya pasado 30 años en ese país, para los demás sigue siendo un inmigrante.

Después de reflexionar mucho sobre estos interrogantes he llegado a la conclusión de que la etiqueta de inmigrante va desapareciendo con la asimilación cultural de la persona. En otras palabras, cuantas más cosas hagas y cuanto más actúes como un español menos probabilidades tienes de ser visto y tratado como un inmigrante. Dicho así parece lógico y comprensible. Pero, hay mucho más. Para asimilar las pautas culturales de un país tienes que perder las propias de tu país de origen. ¿A alguien le gusta dejar de ser lo que es para convertirse en lo que los demás quieren que sea? Lógicamente, a nadie.

La integración se entiende hoy en día como la homogeneización o similitud de las personas. Pero, ¿qué clase de sociedad o país busca que todos sus conciudadanos sean iguales en pensamiento, comportamiento y gustos? ¿A quién le gustaría vivir en un país así? Personalmente, me niego a vivir en un espacio donde no haya una diversidad. No quiero vivir en un país de borregos. Quiero vivir en un arcoíris cultural. Quiero cruzarme con chinos, bangladesíes, japoneses, españoles, americanos, noruegos, cameruneses, sudafricanos, australianos, marroquíes, etc. Me encantaría que todo el mundo tuviese su derecho de existir a su gusto con la única ley universal de respeto y fraternidad.

Puede ser que lo que me guste sea una ficción pero yo creo que es posible. Nos han adoctrinado para pensar que la diferencia es tóxica y perjudicial para la salud social. Este pensamiento sí intoxica el ambiente social. ¿Cómo podemos hacerlo entonces? Las leyes de la vida no tienen que venir de arriba sino de abajo. ¿Aún no se entiende? Te explico, empieza a relacionarte con tu vecino sea español o extranjero. Al final da igual la nacionalidad, lo que realmente importa es la persona.

Llevo más de 15 años viviendo en España. Gracias a mi familia he tenido la oportunidad de estudiar y, lo más importante, formarme como persona. Migrar me ha ayudado mucho en esta formación. Y pese a lo “integrado” que estaba y estoy, siempre me he sentido inmigrante. Y ello no quiere decir que me haya esforzado, al contrario, he hecho muchas cosas para sentirme igual a los demás.

Hoy en día, tengo una idea madurada de que la integración es un mero invento para conseguir la fractura social. Los inmigrantes son personas como los autóctonos. Y como toda persona, precisan del derecho a la dignidad. La dignidad se refiere al respeto al otro. ¿Qué somos si no nos respetamos? Yo diría animales.

Hay que cambiar de chip. La diferencia es un valor añadido que estamos perdiendo. La moda se ha convertido en nuestra ilusión. Ver la calle es ver una reproducción ilimitada de los modelos que marca la moda: todos visten igual, todos se maquillan igual, todos se peinan igual, todos escuchan la misma música,… y el diferente siempre será el señalado. El raro. El que no encaja. Siempre señalamos a quien no se parece a nosotros como el problema. Y, verdaderamente, el problema está en nuestra incapacidad para respetar la diferente y menospreciar la diversidad.

Me niego a vivir en un espacio donde no haya una diversidad. No quiero vivir en un país de borregos

En toda sociedad, adaptando a nuestra época las nociones aristotélicas, existen personas nacionales y extranjeras. Eso es una verdad como una casa. Pero, es cierto que esta diferenciación no es permanente y para toda la vida. Es cómo se empieza. La meta debe ser un trabajo socialmente cooperativo que persiga la unión y el aprendizaje mutuo.

Probablemente, muchos os preguntareis y cuándo debería acabar el estatus de extranjería. Este estatus debería acabar cuando empiece la voluntad y el sentimiento de los inmigrantes de querer formar parte de la sociedad de recepción. Como en todo movimiento social, el sentimiento de pertenencia marca el momento en que la persona entra a formar parte del mismo, es decir, cuando te sientes de ese sitio deberías tener el derecho a tratarte como ciudadano de ese sitio. Seas como seas y vistas como vistas.

Pero no nos equivoquemos, querer formar parte de una sociedad no está ligado a dejar de formar parte de la sociedad de origen. La diversidad es una riqueza que tenemos que aprender a valorar. ¿Por qué se tiraniza a las personas que nos sentimos de varios sitios? Yo opino que es compatible ser español, marroquí y paraguayo a la vez. Relacionado con esta idea, en los últimos años está naciendo un movimiento de identidad llamado cosmopolitismo. Los cosmopolitas tienen un sentimiento de identidad más universal que nada tiene que ver con la idea de Estado-Nación; se sienten ciudadanos del mundo. Yo me siento un ciudadano del mundo, y considero a todas las personas igual que yo en derechos, obligaciones y dignidad. Te invito expresamente a formar parte de esta comunidad totalmente adaptada a la época en la que vivimos.

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