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Paradojas democráticas

Uno siempre se acaba pareciendo a aquello que combate y si no presta atención el antipopulismo puede convertirse en una forma de populismo

Una senyera, una bandera española y una estelada (la senyera independentista) en una manifestación en Barcelona.
Una senyera, una bandera española y una estelada (la senyera independentista) en una manifestación en Barcelona.

La diversidad de opiniones está bien pero, en realidad, lo mejor sería que todos pensáramos lo que pienso yo. Como no parece que eso vaya a pasar pronto, y como es posible que alguien crea, equivocadamente, que sería mejor que pensáramos lo que él piensa en vez de lo que pienso yo, el pluralismo y su defensa son una buena solución de compromiso. El valor reside en hablar con quienes tenemos desacuerdos profundos: debatir con quienes piensan como nosotros no es exactamente pluralismo. A largo plazo, las ventajas que tiene para cada uno son muchas. La confrontación con otros puntos de vista nos permite conocer más aspectos de los problemas y nos ayuda a cambiar de opinión o matizar nuestras posturas. Las virtudes sociales son obvias: entre ellas está que no nos matemos. Pero a primera vista es el reconocimiento de una limitación.

Las protecciones liberales —desde la libertad de expresión hasta la presunción de inocencia— también son el reconocimiento de una limitación, la admisión de la posibilidad de un error, y quizá por eso no acaban de gustar a nadie. Sabemos que son importantes, pero producen desconcierto. A menudo nos parece que ayudan injusta y tediosamente a personas que no lo merecen. La percepción cambia cuando somos nosotros, o los nuestros, quienes estamos en apuros. Quizá son necesarias precisamente porque no terminan de satisfacer a nadie.

En países con una estructura institucional fuerte, que entre otras cosas defienda esas salvaguardas liberales, los partidos populistas son más populistas en la oposición que en el Gobierno. Hay límites al daño que pueden causar a las instituciones, pero influyen en la política. En primer lugar, introducen temas en la conversación pública, lo que puede tener elementos positivos. En segundo, lo convierten todo en política y eso puede producir consecuencias desagradables: como ha escrito Janan Ganesh, una sociedad es civilizada en la medida en que deja espacio para lo no político. Finalmente, potencian la lógica de amigo/enemigo y una visión binaria de la sociedad que niega su pluralidad interna. Uno siempre se acaba pareciendo a aquello que combate y si no presta atención el antipopulismo puede convertirse en una forma de populismo. @gascondaniel

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