Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Renunciar a la tentación

El dilema entre bien público y bien partidista es particularmente agudo con la producción de información

Edificio de Radio Televisón Española (RTVE).
Edificio de Radio Televisón Española (RTVE).

La razón (teórica) por la que tenemos una televisión pública es, en realidad, la misma por la que existe un Centro de Investigaciones Sociológicas. Hay cierta información que los agentes privados no tienen incentivos para producir, pero que igualmente es útil, interesante o incluso necesaria para la ciudadanía. Así que el Estado se encarga de proveerla, igual que hace con carreteras, colegios u hospitales.

Con todos estos bienes existe el peligro partidista: que el Gobierno de turno se dedique a producirlo para su base de votantes, no para el conjunto de la población. En cierta medida, no es mala noticia. Si no hubiese diferencia en los bienes públicos producidos por un partido o por otro, la democracia no sería tal. Pero al mismo tiempo entendemos que el partidismo debe ser limitado para evitar una dictadura de la mayoría. Y por eso disponemos de un aparato estatal independiente.

El dilema entre bien público y bien partidista es particularmente agudo con la producción de información, pues aunque podría decirse que ésta se vuelve inútil cuando es parcial, la verdad es que en la mayoría de casos preferimos confirmar nuestros sesgos a ponerlos a prueba. Si somos anti-inmigración, por ejemplo, no nos va a gustar que el CIS nos diga que la mayoría de la población no piensa como nosotros. Si somos asiduos votantes de un político que resulta implicado en un caso de corrupción, mejor que no nos lo pongan demasiado en el telediario de las nueve.

Cuando hay un cambio de Gobierno y el anterior ha estado produciendo información de manera partidista, el que llega tiene ante sí la tentación de hacer lo mismo: al fin y al cabo, las instituciones se han deslegitimado entre sus votantes, y qué mejor manera de devolverles la confianza que convertirla en un confirmador de sesgos, en algo que les dice lo que quieren oír. Lo realmente difícil, pero también lo valioso, sería renunciar a esa tentación. Atarse al mástil de la independencia institucional con un nuevo diseño que garantice la autonomía del órgano. De uno mismo, y de los que vendrán.

Un sacrificio que, parece, no podemos esperar del presente Gobierno. @jorgegalindo

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.