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Azaña

Para el que fue presidente de la II República, la salida al problema español pasaba por construir una democracia que funcionara, con instituciones sólidas y fuertes raíces

Manuel Azaña durante un mitin en la plaza de toros de Las Ventas.
Manuel Azaña durante un mitin en la plaza de toros de Las Ventas.

La obra de Manuel Azaña sigue sirviendo para pensar las cosas del presente, por mucho que a algunos les pueda parecer un escritor y político de un pasado demasiado remoto como para despertar algún interés. Ahora, por ejemplo, cuando todo el mundo se afana por la señas de identidad y anda como loco tras la esencia de una auténtica patria que vaya a dar sentido a nuestros vacilantes pasos por la vida, no está de más acordarse de cómo Azaña se tomaba estas cosas. Cuando se discutía allá por los años veinte la idea de elaborar una Constitución que recogiera el carácter nacional, su observación fue fulminante: “Todos los españoles tendremos que formar un corro inmenso alrededor de los Toros de Guisando y esperar con ansiedad a que este venerable vestigio ibérico nos revele nuestra identidad nacional”.

El comentario lo recoge el historiador Santos Juliá en Historias de las dos Españas, donde muestra la profunda aversión que a Azaña le producían las graves y metafísicas consideraciones de los escritores de la generación del 98 a propósito de las honduras y el dolor de ser español. Esta semana se ha presentado la reedición de la biografía que Juliá hizo de esa imponente figura, Vida y tiempo de Manuel Azaña, 1880-1940, y el relanzamiento de sus obras completas.

Y se confirma: Azaña sigue efectivamente vivo. Antes que andarle dando vueltas y vueltas a ese estragante enigma de la conciencia nacional (no parece que los Toros de Guisando ayudaran mucho), lo que le preocupaba sobre todo era la construcción del Estado. O, por decirlo con otras palabras, entendía que la salida al problema español pasaba por construir una democracia que funcionara, con instituciones sólidas y fuertes raíces. Por eso había que ponerse a trabajar y salir corriendo de esa tentación de mirarse el ombligo que tanta aversión le producía.

Hay un punto que acaso merezca destacarse por lo que toca a esa época y a la de ahora, y es su posición sobre la masa. “Lejos de considerar a la masa con los estigmas de la inercia, la pasividad, la irresponsabilidad, Azaña establece que la multitud es responsable de sus actos”. Y solo en el marco de la democracia puede ejercer esa responsabilidad. Lo otro, lo de levitar frente a los otros amarrados a los latidos de una identidad nacional, es otra cosa.

 

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