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Cambios, cambios, cambios

Los modelitos que lucen Kate y Meghan parecen sacados de ‘Dinastía’

El presidente de EE UU, Donald Trump, junto al líder norcoreano, Kim Jong-un, durante su encuentro en Singapur el pasado martes.
El presidente de EE UU, Donald Trump, junto al líder norcoreano, Kim Jong-un, durante su encuentro en Singapur el pasado martes. AP

Esta semana parecía que el protagonismo lo tendrían dos parejas. Una, la formada por Kim Jong-un y Donald Trump, en su romántico encuentro en Singapur. Y la otra, Ágatha Ruiz de la Prada y Luismi Rodríguez, El rey de la Chatarra, por su posado como novios en los Premios de Periodismo de Vanity Fair. Dos parejas asombrosas, con mucho juego y muchos misiles. Por su parte, ¡Hola! propuso otra pareja, la formada por Meghan Markle y Kate Middleton, un clásico duelo de cuñadas, con unos pamelones de aquí te espero y trajes que nadie sabe de dónde sacan.

Con la dimisión de Màxim Huerta y el maxi lío con el seleccionador nacional de fútbol se impuso la realidad: lo que protagoniza la actualidad son noticias de verdad. Los cambios. En el Gobierno, en el clima, en el orden internacional. En la vida misma. Solo interesa lo que tenga que ver con el cambio. Y Ágatha lo asumió plenamente cuando respondió a las preguntas sobre su nueva pareja con un: “Me encanta como recicla”.

Camilla, duquesa de Cornualles; Kate, duquesa de Cambridge; Meghan y Enrique, duques de Sussex, en el balcón del palacio de Buckingham.
Camilla, duquesa de Cornualles; Kate, duquesa de Cambridge; Meghan y Enrique, duques de Sussex, en el balcón del palacio de Buckingham.

Ágatha está armada de razón. Hay que reciclar más. Pero algunas veces el reciclar puede salir regular, que es lo que ha pasado con esos modelitos que lucen Kate y Meghan. Parecen sacados de Dinastía, aquella asombrosa serie de televisión. Hay una mano negra que las vistió de azafatas coreanas. Reconozco que debe ser difícil elegir vestuario para combinar no solo con tu suegra sino con una mujer con un estilo tan híper definido como longevo, pero al verlas, Meghan pierde comba, porque Isabel II arriesga más que la jovencísima esposa de su nieto y mezcla colores vivos y estampados campestres con una soltura que demuestra que más sabe el diablo por viejo que por diablo.

Mientras tanto, la reunión de los líderes del comunismo y el capitalismo se recicló en algo informal y casi juvenil cuando Donald Trump entonó el primero de sus “Kim y yo”, transformando la tensión nuclear en un encuentro de colegas de toda la vida. Como unos nuevos teletubbies. Y luego se sumergieron en la piscina más alta del mundo, una de las atracciones turísticas de Singapur. Con ese bautismo se acabó la dictadura del abdominal y el bíceps. Ser robustote forma parte del cambio. Así como se alejan los misiles regresa la ropa ancha, es el final del pantalón pitillo y de las camisetas ceñidas.

Pero lo que no cambia nadie es la fascinación que el brilli-brilli, las lentejuelas y lo metálico, ejercen tanto en Occidente como en Oriente. Ágatha Ruiz de la Prada, que lo sabe, escogió un smoking de palletes para aparecer junto a El rey de la Chatarra con un peinado teddy boy, sintiéndose quizás, en Viva Las Vegas. Los destellos de Ágatha dieron aún más brillo a la noche donde se premió a Iñaki Gabilondo, un periodista brillante que tuvo su propio debate nuclear con el exmarido de la diseñadora, Pedro J. Ramírez. La atención estaba puesta en si Luismi reciclaría o no su forma de vestir con algún diseño de su nueva novia. En cualquier caso, lo que importa es cómo se viste y vive Ágatha. Cuando estaba con Pedro J. exageraba formas y volúmenes. Con Luismi la vida es más rica y dinámica porque los dos entienden que ahora lo inesperado nos divierte a todos y todas.

Menos inesperado ha sido el recibimiento a gritos de “chorizo” a Iñaki Urdangarin cuando se acercó a recoger su sentencia en Palma de Mallorca. Pero Iñaki no escogió nada rojo, sino un blazer azul claro bien cortado, muy al estilo de un domingo en Sotogrande y pantalones casi beige para ese día que tanto se hizo esperar. Más que inocencia, el aspecto destilaba un aire aristocrático y deportivo, como de resolver un trámite antes de salir a almorzar al club. Otra de las señales del cambio, vivimos en extremos. Màxim dimitió de su cargo en poco más de 10 minutos; tuvieron que pasar más de 10 años y una abdicación para que el instituto Nóos fuera condenado. Con hechos probados y todo. En televisión especularon sobre si llevaría la vida de un reo normal o no. La verdad que, pese a tantos cambios, no parece que Urdangarin vaya a ser un preso normal. Lo normal será que un día repase el ¡Hola! viendo a sus familiares continuar con sus vidas protocolarias mientras sus compañeros comentan el Mundial de Fútbol. Ese día la justicia será casi igual para todos.