_
_
_
_
MIRADOR
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Nicaragua

Daniel Ortega no quiere escuchar la voz de su pueblo, lleva a su país y a sus habitantes a un destino fatal

Protestas en Madrid por la situación política de Nicaragua.
Protestas en Madrid por la situación política de Nicaragua. Óscar del Pozo (AFP PHOTO)

Mi generación se formó con los versos de Rubén Darío. A los españoles, el poeta nicaragüense nos dio las claves para entender la poesía de otra forma. Lo veíamos como el príncipe del modernismo hispánico, creador de una voz lírica novedosa y espectacular donde se combinaban las influencias de la poesía francesa con la esencia de la tradición hispánica. Su poética representó la fuerza vital de una realidad literaria que marcaría el arranque del siglo XX. El esplendor de sus palabras transformó la literatura en un tiempo en el que la efervescencia creativa copaba los espacios mediáticos.

Aprendí a leer en los setenta, y en el abecedario de los versos que memoricé estaba el poema Lo fatal, donde el dolor de estar vivo se mezclaba con el miedo a morir. Para una niña de siete años, todas aquellas imágenes resultaban inquietantes. El poema arrancaba con un árbol dichoso que era apenas sensitivo y una piedra dura que no sentía, y se transformaba en la reflexión del poeta sobre la vida consciente y lo que significaba ese tiempo presente de estar vivo. Había un fogonazo existencial que nos llevaba al futuro incierto, al dolor de intuir el espanto del mañana. El poema marcó mi propia mirada y siempre me hace recordar lo efímeros y vulnerables que somos. Pero de esa angustia sale mi compromiso con la sociedad y el futuro. No sé dónde iré, pero la emoción que transmite ese poema da sentido a la vida, como una suma de todas las vidas.

Desgarradas noticias nos llegan ahora desde Nicaragua, el corazón de su presidente Daniel Ortega es piedra dura que ya no siente. Piedra que reprime con dureza criminal y deja un reguero de muertos. Piedra que no entiende el lenguaje vivo y esperanzado de su gente, que le pide a gritos un cambio y transformaciones necesarias para construir una sociedad más justa, humanitaria y democrática en este presente.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.
Suscríbete aquí

Daniel Ortega no quiere escuchar la voz de su pueblo, se ha convertido en una piedra fría que lleva a su país y a sus habitantes a un destino fatal. La gran piedra que entorpece la historia de su patria, una gigantesca lápida que asfixia la democracia, la libertad y el futuro. El régimen de Daniel Ortega debe recuperar el sentimiento, asumir responsabilidades y respetar los derechos humanos. El diálogo, la vida, la democracia plena y la esperanza deben volver a sus calles. Nicaragua se lo pide en un inmenso canto vestido de protestas lícitas. El régimen debe escuchar, o pasará a la historia como una losa que secuestró la ilusión de los jóvenes del futuro del siglo XXI.

Regístrate gratis para seguir leyendo

Si tienes cuenta en EL PAÍS, puedes utilizarla para identificarte
_

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_