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Fragilidad y resistencia en la Patagonia argentina

El sur de Argentina, un territorio donde caben tres españas y media, está poblado por dos millones de habitantes. Así son sus duras condiciones de vida

Peirano junto a sus chivas. Es el único medio de vida que posee en la durísima Patagonia argentina. Ver fotogalería
Peirano junto a sus chivas. Es el único medio de vida que posee en la durísima Patagonia argentina.
Cushamen (Argentina)

La casita frágil de Julia y Peirano resiste el embate del viento. La estepa patagónica está formada por cientos de miles de hectáreas pedregosas y una soledad desmesurada.

Julia revuelve la olla con un palito de sauce que levantó cerca del corral. Los gansos graznan con insistencia y ella piensa que un zorro o algún cimarrón merodean, abre la puerta y sale en el mismo instante en el que la radio pita marcando las seis de la tarde.

Afuera, ocres incesantes y un cielo plomizo que agobia; hojas secas golpean troncos o danzan en círculo en las esquinas del patio. Adentro, la emisora transmite una predicación acelerada que reprende a bajo volumen y advierte sobre las sendas pecaminosas del consumo desenfrenado de productos que Peirano y Julia desconocen. Él está sentado junto a la mesa, carraspea y apoya su cabeza sobre la mano en un gesto pensativo; ella mira sin ver a través de la ventana: escucha. No hablan. Cenarán más tarde el único plato fuerte del día: un estofado con trozos de carne, papas, un poco de zapallo, quizá alguna zanahoria.

Cushamen, el pueblo más cercano, es el abasto regional en esta comarca de la estepa donde los habitantes resisten temperaturas mínimas de hasta 35 grados bajo cero. Sus parajes albergan a la mayor reserva de comunidades originarias de la provincia argentina del Chubut. Como tantos otros pueblos indígenas del país, los mapuches y tehuelches sufren serias dificultades de acceso a servicios de educación, vivienda digna y salud. "Tuvimos que cortar los álamos así para tener algo de leña", dice Peirano enojado, señalando la hilera mutilada. Alza la voz para protestar que si no fuera por los árboles se habrían muerto de frío.

El término geopolítica es un tecnicismo abstracto para ellos; postes y alambrados —por el contrario— definen fronteras concretas y reducen los espacios que antes supieron desandar con sus animales sin obstáculos artificiales. En Argentina existen más de 600 conflictos de tierra: ocho millones de hectáreas en pugna y una ley que suspendía los desalojos en territorios indígenas, que fue prorrogada pero aún está en vilo.

En Argentina existen más de 600 conflictos de tierra: ocho millones de hectáreas en pugna

La Patagonia comprende ocho provincias. Con una superficie de 1.7 millones de kilómetros cuadrados, abarca la mitad de Argentina. Tiene potentísimos recursos energéticos y de subsuelo. Sin embargo, es la región con la menor densidad poblacional del país: poco más de dos personas por kilómetro cuadrado. En la Patagonia entrarían tres españas y media, pero apenas hay más de dos millones de personas que se aprietan en las ciudades.

El gran señor

El río Ñorquinco demarca el lateral suroeste de la parcela de Julia y Peirano; sin mojones limítrofes, un par de hectáreas al oeste linda con el campo de don Máximo, de proporciones promedio entre los pobladores criollos; sin embargo, las tierras al sur, al este y al norte pertenecen a un solo dueño que se repite, a quien jamás conocieron pero oyen nombrar seguido: Benetton.

Con las haciendas que poseen en el país, los Benetton suman más de 850.000 hectáreas: un territorio tan grande como Puerto Rico. A través de su Compañía Tierras Sud Argentino S.A., el Grupo Benetton es el mayor terrateniente de Argentina.

El último invierno fue el peor en décadas. Una tormenta de nieve dejó incomunicada la zona por dos semanas y el desabastecimiento de productos indispensables se hizo sentir. “Cómo se sufre —dice Peirano—, yo no sé cómo harán los que no tienen ni siquiera unas ramas para calentarse. Acá escasea la leña y caen escarchas que pelan". El frío tiene la brutal característica de convertirse en su opuesto; en su versión más cruel: quema.

Don Máximo Huala, padre de Peirano, tiene ascendencia mapuche y 80 inviernos resistidos. Vive con Florencia Fermín, su esposa, a la vera del río y a unas pocas leguas de la casa de su hijo. Pone la pava al fuego para preparar mate y se toca el oído derecho. “Siento viento y me tiene medio trastornado”, dice acomodándose el audífono. “Esto hace ruido y no funciona bien”.

El frío obliga, es violento; se impone, no pide permiso: llega y golpea, trata mal

La imagen del Boca Juniors campeón 2003 ocupa el centro de una pared. Al costado, un enorme crucifijo de madera abraza el poster de un potro alazán. Sobre un estante tiznado, un violín-reloj de plástico marca a perpetuidad las cuatro y diez. Son las tres de la tarde y Máximo asegura que a punta de animales se sobrevive a los tumbos: “Décadas atrás señalábamos 200-300 animales, ahora apenas 20. Y el campo no mejora. A ver si con las nevadas levanta un poco el pasto, porque escasea el alimento también. Es bueno que los demás sepan de nuestra situación, porque acá no nos ve nadie, se olvidan fácil del poblador rural. ¿Usted sabe? Nosotros llegamos a enfardar 70.000 kilos de lana; pero no vuelve más eso, no vuelve más. Solo nos queda el cuento, ¿y para qué nos sirve?”.

Sentada junto a la salamandra, Florencia asiente en silencio y ceba mates. Luego cuenta que perdió el turno para el médico en Esquel. Tendrá que esperar que su sobrina pida otro, tal vez el mes entrante, y ver si puede conseguir quien la lleve; mientras tanto aguanta el dolor en los huesos fregándose una pomada cosmética barata, y espera sin remedio los gramos de budesonida y formoterol que precisa para respirar. Máximo advierte que les quedan menos troncos y dice que antes solían ir en carro hasta Leleque (a 80 kilómetros), pero que ahora —incluso allá lejos— escasea la leña. "Además, tampoco se pueden buscar palos como antes porque está todo privado, así que quemamos ramas de plantas de charcao, calafate, molle. Y bosta de vaca [estiércol], si no hay otra".

La temperatura del prolongado invierno sureño desciende ahora a los -20 grados centígrados.

20 grados bajo cero.

Bajo cero.

20.

Ramitas de calafate y estiercol de vaca contra veinte grados bajo cero.

La despoblación

El viento hace bramar los álamos; abre-cierra y hace crujir la puertita de la huerta que cuida Julia a sus 45 años; desprende la capucha de la campera azul policía de Peirano en el momento preciso en que voltea a la derecha porque cree haber escuchado las chivas en la quebrada de enfrente, donde el kosken (como llaman al viento los nativos) baja y sacude el pelo mohair —mal llamado lana— enredado en las púas del alambrado que rechina.

La desmesurada inmensidad patagónica hace todo lo humano diminuto, precario. Incluso los esfuerzos para combatir el hambre, el frío o la soledad. Caminamos al invernáculo; Julia nos explica cómo riegan, qué fruto cura la gripe, qué planta ayuda a la vista: “Ahora estamos esperando que la luna haga el menguante para sembrar”. Un poco más animada, describe su mayor deseo: “Yo lo que quiero más es poder andar las chivitas, trabajar mi tierra y sembrar, porque nosotros sueldo no tenemos, así que tenemos que trabajar la tierra; eso es lo que quiero más yo: comer tranquila”.

Los pobladores mayores de la estepa patagónica sobreviven a su dureza, pero muchos jóvenes —como el hijo de Julia y Peirano— deciden irse. El proceso de desruralización que atraviesa el campo es preocupante.

“No solo se están drenando recursos económicos, culturales y sociales existentes en cada pequeña comunidad; hay otros efectos negativos que suelen ser ignorados: se pierde la infraestructura disponible y crece el desarraigo”, dice la geógrafa y socióloga Marcela Benítez. “Por otro lado, las ciudades tampoco están preparadas para recibir un afluente constante de personas que necesitan educación, vivienda y trabajo. Este tipo de desplazamientos incrementan el deterioro ambiental y disminuye la calidad de vida de todos”.

El 70% de las localidades de Argentina son rurales y el 40% sufre crisis por despoblación, según Benítez, que escribió su tesis doctoral sobre el tema. Hay diferentes factores que causan esta crisis: uno de los más serios es la concentración extrema en el acceso y control de la tierra y en el reparto de los beneficios de su explotación. Ésta concentración provoca conflictos internos, desplazamientos y violaciones de derechos humanos. Muchos avances importantes se revirtieron con políticas que desregularon el mercado y facilitaron la acumulación. Como resultado, hoy la concentración en el reparto y control de la tierra es aún mayor que antes de ponerse en marcha políticas redistributivas en la década de 1960.

Julia arrea los chivos al corral y una pena le arquea las cejas, dibujando una mueca triste en su boca, que se ve más pequeña. Cuenta que les cuesta mucho criar sus animales: "Ojalá que no nos agarre tiempo malo —dice preocupada— para que no se nos mueran", y se frota las manos, entibiándolas.

El frío obliga, es violento; se impone, no pide permiso: llega y golpea, trata mal. Como un viejo enemigo: es posible prepararse para enfrentarlo dignamente, pero uno no se acostumbra jamás a él. Y en soledad todo es más severo.

¿Podrán resistir al olvido los pobladores de los parajes más fríos del sur?

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