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España como tabarra

Poco a poco se van reforzando tópicos que ofician como anclas intelectuales

Hemiciclo del Congreso de los Diputados este martes durante la visita del presidente de Portugal.
Hemiciclo del Congreso de los Diputados este martes durante la visita del presidente de Portugal. EFE

Lo confieso, jamás pude acabar un artículo de Laín Entralgo. Especialmente, cuando merodeaba España como problema. La alergia no era al autor, sino al asunto. Por eso la cosa no mejoraba con Calvo Serer y su España, sin problema. La esencia de los pueblos me desborda. A mí y al más elemental conocimiento científico. Presume una suerte de quintaesencia (“lo español”) que, intacta, asomaría por detrás de la cocina, el deporte, el arte o el pensamiento. Del gol de Iniesta y del bigote de Tejero.

La sensación es parecida ante el otro hábito, complementario, de acudir a una obra artística para descubrir almas de pueblos. Ya saben: Cervantes y España; Goethe y Alemania; Dostoievski y Rusia. Naturalmente, todos encuentran lo que buscan, porque ya saben dónde quieren ir, como cuando de chiquillos resolvíamos los laberintos de los pasatiempos desandados desde su final. El truco es conocido: del enorme saco de los acontecimientos se extraen los que convienen, se enhebran en un interesado relato y, naturalmente, al final, todo cuadra. Entre los datos y las esencias, los genios, dotados de excepcionales talentos para captar lo inasible, “lo español” o “lo catalán”.

El empalagoso género apenas encuentra cultivadores académicamente civilizados. No conocemos cosas, y menos esencias, sino determinadas propiedades de las cosas y sus relaciones. No se conoce “la Luna” sino la posición, la trayectoria o la atmósfera de la Luna. No se conoce “España” sino su sistema político, su pirámide demográfica o su régimen hidrográfico. La investigación procede mediante abstracciones tasadas, susceptibles de un razonable control empírico. La captación de espíritus de pueblos, si acaso, es cosa de visionarios dotados de singulares talentos, indistinguibles de nigromantes, médiums y espiritistas.

Pero la tontería nunca descansa y surgen nuevos aficionados al género. Asoma entre los nacionalistas, entregados a urdir no solo su propia mitología (¿qué cosa es eso de “el catalanismo”?) sino, sobre todo, la que necesitan para alimentar sus fantasmas: la eterna España nacional-católica. Normal. Es lo suyo. No lo es tanto que también lo cultiven académicos entregados a desentrañar “lo español”, con la misma soltura con la que podrían hablar de “la naturaleza” o de “el mal” (así, a lo grande), o corresponsales extranjeros que descuelgan sus antropologías de taxista no ya en crónicas sino en libros enteros como de viajero inglés del XIX. Eso sí, sin rozar el menor indicador empírico.

La cosa no sería grave si el trastorno solo afectara a sus lectores. Lo malo es que poco a poco se van reforzando tópicos que ofician como anclas intelectuales, ese conocido sesgo cognitivo que ante nuevos hechos lleva a aceptar solo variaciones respecto a una información inicial de pésima calidad. Así, no deberíamos extrañarnos de que para nuestros conciudadanos europeos España se asemeje más a la España de Franco que a Francia, sin que importe que, si nos medimos en libertades, calidad democrática o garantía de derechos, luzcamos mejor que la mayor parte de países europeos. Solo quedan las esencias. Siempre mentirosas, siempre reaccionarias. Y los inmortales laínes.

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