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El día que el terror saltó a la pista: Monica Seles acuchillada en pleno partido

Hace 25 años un demente frenó con sangre la carrera de una fuerza de la naturaleza. Después de aquello, la tenista sufrió depresiones, ansiedad y obsesión por la comida. Cómo fue aquello y dónde están hoy los protagonistas

monica seles
Antes de cumplir 20 años, Monica Seles había ganado ocho grandes títulos empuñando la raqueta con las dos manos y berreando alaridos con cada golpe. En la imagen, la tenista firma autógrafos tras una victoria en Sydney en 1996. Getty

Los cuartos de final del Abierto de Alemania, celebrado hace ahora 25 años, no deberían haber pasado a la historia. Se trataba de un escalón previo a Roland Garros y Monica Seles (Novi Sad, Serbia, 1973), la tenista que llevaba 178 semanas en el número 1 del mundo, iba ganando a la búlgara Magdalena Maleeva por 6-4 y 4-3. Su victoria parecía un trámite sin contratiempos hasta que el partido se convirtió en un relato de terror: durante un descanso, Seles fue apuñalada en la espalda.

Ante el desconcierto y el horror de los 7.000 espectadores presentes, la tenista se levantó, se llevó la mano al hombro, dio varios pasos y se desplomó en la arcilla. Su oponente, Maleeva, lloraba mientras aún sostenía su botella de agua. Los testigos aseguraron que el agresor iba borracho, algunos especularon con motivaciones políticas (Seles pertenecía a una minoría húngara de Serbia, en plena guerra con Yugoslavia, y llevaba dos años recibiendo amenazas por carta). Pero aquel lunático tenía un solo objetivo: neutralizar a Seles para que su ídolo, Steffi Graf, volviese a ser la mejor tenista del mundo.

En su 21 cumpleaños, cuando debería estar batiendo récords en la pista, se pasó la noche comiendo una caja de galletas y llorando. “La comida era mi única terapia", dijo

En 1988 y 1989, Steffi Graf (Mannheim, Alemania, 1969) convirtió el tenis mundial en un paseíllo militar ganando siete de los ocho grandes títulos (solo perdió la final de Roland Garros, en 1989, frente a Arantxa Sánchez-Vicario). Su compañera, Martina Navratilova, definió aquella etapa como “Steffi y los siete enanitos” porque la alemana arrasaba sistemática y predeciblemente con un juego que los expertos definían como “perfecto”, pero al que le faltaban las agallas que un tenista solo escupe cuando encuentra un rival que le arrastre al límite: Graf solo sublimaría su tenis si encontraba al Borg de su McEnroe, al Nadal de su Federer.

Y entonces llegó Monica Seles.

Antes de cumplir 20 años, esta serbia había ganado ocho grandes títulos (una estadística que hoy sigue siendo un récord) empuñando la raqueta con las dos manos, devolviendo la pelota inmediatamente después de que botase, desconcertando a sus rivales con tiros paralelos al límite de la línea y berreando alaridos con cada golpe ante las quejas formales a la Federación de oponentes como Navratilova, que lo consideraban una ordinaria maniobra de distracción. Incluso el actor Peter Ustinov comentó: “Compadezco a sus vecinos en su noche de bodas”.

Günther Parch es interceptado después de apuñalar a Seles por la espalda.
Günther Parch es interceptado después de apuñalar a Seles por la espalda.

Su tenis era anárquico, brutal y vacilón. La americana Pam Shriever describía que “cuanto más duro se vuelve el punto, Monica te sigue asfixiando y no te deja escapar: su inclemencia mental es increíble”. Sus ruedas de prensa parecían pequeñas fiestas de té: un columnista comparó a Seles con “una adolescente que se ríe sin parar como si estuviera en su primera boda bebiendo su tercera copa de champán”.

La herida que le provocó Günther Parch tenía tres centímetros de profundidad. Los médicos dijeron que se quedó a cinco centímetros de quedar paralítica.
La herida que le provocó Günther Parch tenía tres centímetros de profundidad. Los médicos dijeron que se quedó a cinco centímetros de quedar paralítica. Getty

Seles vulgarizaba, según los puristas, el deporte de los reyes. No se había formado en elitistas clubes de tenis sino en el aparcamiento de su barrio golpeando pelotas desde los cinco años en las que su padre, que había conducido 10 horas a Italia para comprarle una raqueta infantil, dibujaba animales para animarle a practicar.

Cuando viajó a Florida con 13 años para entrenar profesionalmente, Seles no entendía el sistema del marcador de su propio deporte: ella se limitaba a ganar cada punto. “Se trataba sin duda de la primera tenista femenina en abordar su ofensiva desde el fondo de la pista”, escribía el New York Times, “sometiendo a sus oponentes a un nuevo formato de presión constante” (Seles solo subía a la red si era cuestión de vida o muerte). En 1991 y 1992, Graf solo ganó dos títulos. Seles arrasó con los otros seis.

Aquel 1993 parecía destinado a erigir a Monica Seles como la mejor tenista de la historia. Y aún tenía 19 años. Comenzó el año ganando el Abierto de Australia contra Graf y los expertos asumían que ganaría los cuatro títulos (Australia, Roland Garros, Wimbledon y Estados Unidos), pero el 30 de abril un demente clavó un cuchillo para deshuesar de 12 centímetros en su espalda.

Su tenis era anárquico, brutal y vacilón. La americana Pam Shriever describió: “Cuanto más duro se vuelve el punto, Monica te sigue asfixiando y no te deja escapar: su inclemencia mental es increíble”

Günther Parch, un alemán de 38 años que sufría instintos suicidas cada vez que su ídolo Steffi Graf perdía un partido, logró su propósito de quitarse a Seles de en medio: tardó dos semanas en cicatrizar (la herida tenía tres centímetros de profundidad, y se quedó a cinco de dejarla paralítica) y un par de meses en poder volver a coger una raqueta.

En teoría, se iba a perder Roland Garros, pero podría competir en Wimbledon (el único título de Grand Slam que se le seguía resistiendo) en junio. La realidad fue mucho más devastadora y Seles se perdió diez torneos en dos años de baja. La Federación Mundial de Tenis propuso mantenerla como número 1 adyacente hasta que regresase, pero todas las tenistas votaron en contra con la excepción de la argentina Gabriela Sabatini, que se abstuvo.

Steffi Graf, que visitó a su rival en el hospital “durante un par de minutos”, según recuerda Seles, cumplió la profecía de Günther Parche y siguió ganando títulos como si Seles nunca hubiera existido: seis torneos (de ocho) durante los dos años de ausencia de su oponente.

Portada del 'Sports Illustrated' del 10 de mayo 1993 con Seles tras el atentado.
Portada del 'Sports Illustrated' del 10 de mayo 1993 con Seles tras el atentado. Getty

Monica Seles sufría pesadillas, ataques de ansiedad y una depresión agravada por el diagnóstico de cáncer de estómago incurable de su padre, Karolj Seles. Cuando se reincorporó al circuito, su victoria en el Abierto de Australia sugirió que Seles retomaría su implacable trayectoria. Pero ya no era la misma: tenía menos resistencia, sus movimientos eran más lentos y sus gritos sonaban más a desesperación que a la seguridad de que el punto era suyo. Y ya no sonreía cuando concedía entrevistas. Los periodistas recibieron este regreso con sorna mediante comentarios sobre su sobrepeso de 15 kilos (“la rueda de repuesto de Monica Seles”, llegó a titular un medio británico), ignorando que desde el apuñalamiento la tenista sufría una adicción compulsiva a la comida.

“Desde pequeña me habían enseñado a no dejar nada en el plato”, recordó Seles, “y, por supuesto, un plato de comida en Florida es más grande que en Europa. Las patatas fritas eran mi perdición, después de ser una campeona de tenis me convertí en una campeona de comer patatas”.

Steffi Graf y Monica Seles durante la entrega de trofeos del US Open en Nueva York en 1996. Graf ganó el partido 7-5, 6-4. Hacía tres años que la Serbia había sido apuñalada.
Steffi Graf y Monica Seles durante la entrega de trofeos del US Open en Nueva York en 1996. Graf ganó el partido 7-5, 6-4. Hacía tres años que la Serbia había sido apuñalada. Getty

En su 21 cumpleaños, cuando debería estar batiendo récords en la pista, se pasó la noche comiendo una caja de galletas y llorando. “La comida era mi única terapia. Dime cualquier ciudad del mundo y te diré cuál es su mejor restaurante italiano. No era la comida en sí, sino la emoción que me producía”, confesó. La presión de los medios, de sus entrenadores y de sus propios novios (Seles rompió con varias parejas en cuanto empezaban a hacerle sentir mal por su peso) solo le provocaba más ansiedad mientras su padre moría en el hospital. “Yo había crecido en la pista de tenis. Allí es donde me sentía más segura, más a salvo, y aquel día en Hamburgo todo me fue arrebatado”, explicó. “Mi inocencia, mi número 1, mis ingresos, mis patrocinios. Todo se canceló. Y la única persona que podía hacerme sentir mejor, que entendería lo que eso significaba para mí, era mi padre”, añadió.

Seles desapareció del circuito como una adolescente destinada a hacer historia y regresó como una mujer taciturna y una vieja gloria a los 21. Cada vez que entraba en una habitación o en una pista de tenis, todo el mundo pensaba inmediatamente en dos cosas: el cuchillo y la colosal trayectoria que podía haber tenido. Se había convertido en su propio fantasma de las Navidades pasadas.

“Cuanto más sufría Seles, la conexión de los fans del tenis con ella crecía. Comparada con todos los atletas millonarios que parecen vivir en otro planeta, Seles resultaba gloriosamente mortal", escribió Wertheim en 'The Guardian'

“Habría ganado muchos más torneos de no ser por la agresión”, asegura Martina Navratilova. Y añadió: “Hoy estaríamos hablando de Monica como la tenista con más títulos de la historia por delante de Margaret Court [con 24 Grand Slams]. Steffi tiene 22, pero es que no tenía a nadie contra quien jugar. Günther Parche [el atacante] cambió el curso de la historia del tenis, sin duda alguna”.

Sin embargo, en su regreso al tenis convertida en una heroína trágica casi operística, Seles encontró una popularidad inédita que le había eludido durante su reinado. Como analizaba Jon Wertheim en The Guardian: “Cuanto más sufría Seles, la conexión de los fans del tenis con ella crecía. Comparada con todos los atletas millonarios que parecen vivir en otro planeta, Seles resultaba gloriosamente mortal. Ella también estaba de luto por su padre, ella también luchaba contra sus problemas de sobrepeso, ella también lo pasaba mal en su trabajo. Ella era uno de nosotros”. O tal y como explicó una de sus rivales, la estadounidense Lindsay Davenport, “una parte de mí desea que Monica gane, y yo soy la que tiene que jugar contra ella”.

Una lesión en el pie, causada por su sobrepeso, la apartó de la competición en 2003. Tenía 29 años. Pero tardó cinco años más en anunciar oficialmente su retirada del tenis profesional. No hubo gira de despedida, ni vídeos conmemorativos, ni fanfarrias o ramos de flores. El lunático que le arruinó la vida, Günther Parche, fue condenado a una institución mental en Turingia (Alemania), donde sigue internado tras sufrir varios infartos.

Monica Seles y el bailarín Jonathan Roberts en el programa 'Dancing with the Stars', en el que la tenista participó en 2008.
Monica Seles y el bailarín Jonathan Roberts en el programa 'Dancing with the Stars', en el que la tenista participó en 2008. Getty

Seles jamás regresó a Alemania. “Yo era una tenista y una persona feliz”, escribiría en su autobiografía Getting a grip (Dándome tregua), “pero durante diez años perdí esas dos identidades”. Hoy vive en Tampa (Florida) con su marido, Tom Golisano, un empresario 32 años mayor que ella, y ejerce como portavoz de tratamientos para combatir la adicción a la comida. Considera que vencer aquellos demonios y aquellos hábitos destructivos es, por encima de todos sus títulos, el mayor triunfo de su vida.

“A algunas personas les ha ido mejor que a mí, a otras les ha ido peor. Y a mí, en general, me ha ido bien”, reflexiona. “Tengo una familia fantástica y sigo manteniendo una relación sana con el tenis, pero no es mi vida”.

Durante su jubilación anticipada, Seles ha disfrutado de una beca en una firma de arquitectura, ha hecho cursos de fotografía, ha diseñado joyas y ha paseado a diario con sus cuatro perros (no tiene hijos) y sus amigos, a quienes no podría importarles menos su carrera como tenista. “Ha sido todo un viaje y me ha llevado tiempo, pero estoy feliz. ¿Qué tal si lo dejamos ahí?”, concluye.

Además de en su residencia en Tampa, Seles pasa sus días en una mansión de 500 metros cuadrados en Francia, una casa de la playa en otra ciudad de Florida y un apartamento en Europa. Por motivos de seguridad, prefiere no revelar la región exacta de ninguna de ellas.

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