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EL ACENTO

Trump convierte en molinillos las puertas giratorias

El presidente ha despedido en apenas un año al 34% de sus cargos de confianza

Acto en la Casa Blanca presidido por Donald Trump.
Acto en la Casa Blanca presidido por Donald Trump. AP

La expresión “puertas giratorias” se emplea, entre otras cosas, para describir el paso de la actividad política a la empresa privada y viceversa. Al igual que sucede con las puertas giratorias de verdad, no todas son iguales. Influye su diseño y el edificio que las alberga, que en este caso sería la democracia donde se practican.

Hay democracias cuyas puertas giratorias funcionan de manera completamente normal porque quienes transitan por ellas suelen tener claras las reglas del juego y las respetan. Y si no, ya están los porteros de la finca para hacer respetar las normas. En cambio, hay otras democracias donde las puertas giratorias solo pueden ser utilizadas por amigos, familiares y lo que los italianos llaman “recomendados”. Para todos los demás ciudadanos está disponible —y no siempre— la puerta de servicio.

Luego están las democracias donde las puertas giratorias se estropean y lo que debía ser un tránsito normal se convierte, o bien en un atasco, o bien en una enloquecida pesadilla. Es curioso porque se han hecho películas de terror sobre ascensores asesinos pero no sobre puertas giratorias asesinas cuando hay más accidentes en las segundas que en los primeros.

En Estados Unidos, las puertas funcionaban razonablemente bien hasta que los dueños del edificio —el pueblo soberano— decidieron cambiar al portero de la finca —el presidente— y este, por la razón que sea, no solo ha engrasado los ejes de la puerta sino que la ha puesto al doble o triple de velocidad. El resultado es que, en apenas un año, Trump ha echado a más gente de los puestos de confianza que orbitan alrededor de la presidencia que sus predecesores... en el total de sus mandatos. Ni Jesús Gil despidiendo entrenadores del Atlético de Madrid.

Los números cantan. Desde que asumió el cargo a finales de enero del año pasado, Trump ha despedido a 22 altos cargos. Aproximadamente el 34% del total de los que dispone. Le sigue Ronald Reagan con un 17% en su mandato, y Obama con un 9% también en su mandato. Por ejemplo, ha tenido por ahora cuatro directores de Comunicación. Los mismos que Obama en ocho años.

Los números son más fríos que los nombres. Por eso da una mejor idea del apocalipsis en la Casa Blanca una somera lista de dimitidos/destituidos. Es decir, de hijos devorados por Saturno-Trump: Michael Flynn, Sally Yates, Preet Bharara, James Comey, Mike Dubke, Sean Spicer, Reince Priebus, Michael Short, Anthony Scaramucci, Steve Bannon, Sebastian Gorka, Tom Price, Omarosa Manigault, Andrew McCabe, Rob Porter, Hope Hicks, Gary Cohn, Rex Tillerson... No están todos los que son, y no es descartable que antes de que el lector termine de leer este artículo —y queda poco— la lista haya experimentado nuevas incorporaciones.

De todos ellos Trump dijo en alguna ocasión que eran “el mejor” o “la mejor”. Hay que tener cuidado con los halagos. Como canta Jovanotti, “los cumplidos no cuestan nada y a veces no valen ni eso”. Quienes trabajan —todavía— en la Casa Blanca justifican el trajín asegurando que se trata “de un lugar intenso”. Por su parte, Trump es más modesto. “Todo el mundo quiere trabajar en la Casa Blanca”, afirma. A este ritmo va a conseguir que todo el mundo tenga que hacerlo.

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