Columna
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¿Es necesario un MIR para los políticos?

Se han creado enormes equipos de palmeros y mandilones que viven a golpe de argumentario

Congreso de los Diputados.
Congreso de los Diputados. Uly Martín / EL PAÍS

El barómetro del CIS volvió a confirmar esta semana que los españoles consideran que los políticos son el tercer problema del país, por detrás del paro y la corrupción; por encima incluso de los problemas económicos, de la posible independencia de Cataluña o de las pensiones. Es una opinión que se mantiene desde hace meses, sin que los afectados que se den por aludidos y, sobre todo, sin que planteen alternativas para mejorar su reputación.

Es un déficit grave para un país que sus ciudadanos piensen que los políticos no forman parte de la solución sino del problema. Gravísimo. Y así trimestre a trimestre. ¿No habría que reaccionar? o, por lo menos, analizar por qué están tan mal valorados los españoles que dieron un paso al frente para gestionar la cosa pública y que fueron votados por miles de sus conciudadanos. A simple vista, parece un contrasentido.

La duda es si la mala reputación de los políticos es por su aptitud o por su actitud. ¿Están bien preparados? ¿Son conscientes de que tienen que servir a los españoles? Frente a ambas interrogantes, se podría plantear lanzar un MIR para los políticos, como existe para los médicos y quieren implantar para los maestros. En Francia existe mucho más que un MIR, lo que hay es nada menos de la Escuela Nacional de Administración; una auténtica fábrica de altos funcionarios y políticos que, por supuesto, luego tienen que pasar por las urnas.

En España, que somos más originales, cada partido tiene su propio MIR; y ese es el problema. Los principales grupos políticos han ido configurando sus equipos desde las bases de sus organizaciones juveniles, que lanzan a sus cachorros a los aparatos de los partidos y desde allí a las listas electorales y a los puestos de responsabilidad. Ese sistema ha creado un gran ejército de políticos profesionales que controlan las instituciones con un sentido escasamente crítico frente al líder máximo de cada organización.

A riesgo de caer en lo políticamente incorrecto, se han creado enormes equipos de palmeros y mandilones que viven a golpe de argumentario, compiten por estar cerca de quien toma las decisiones y hace las listas electorales que, a la larga, les garantizarán una larga vida política. Todavía sigue vigente la frase de Alfonso Guerra de que el que se mueve no sale en la foto.

Lo que se institucionalizó en el PP, el PSOE, el PCE, el PNV o CiU, está arraigando también en los llamados nuevos partidos políticos. Podemos es, hoy por hoy, el rey de las purgas (con permiso del PSOE y sin olvidar la apisonadora del PP) que afectan incluso a sus socios en toda España.

¿Qué tiene de malo que personas de la vida civil, sin trienios en el partido, decidan sacrificarse por sus conciudadanos? En seguida les acusarán de utilizar puertas giratorias, cuando en realidad se están defendiendo unos intereses creados.

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