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El sabor de las historias

El sabor de las historias

Como seres sociales, además de nutrientes necesitamos cuentos que alimenten nuestros pensamientos. Los platos que aportan un relato adquieren así un capital simbólico que trasciende los sentidos.

ALGUNOS NEOLINGÜISTAS sostienen que el lenguaje fue esencial para que nuestra especie se asentara en todos los ecosistemas del planeta. El explorador que volvía de una expedición detallaba lo que había visto y nuestro cerebro social conocía lo vital que era esa información para sobrevivir en un mundo lleno de incertidumbres. Vivir las experiencias de otros, hacerlas propias, nos aporta una experiencia que minimiza las futuras amenazas. Trenzar conocimiento propio a partir del ajeno ha favorecido el vadeo de muchos desafíos. Necesitamos creer y por eso creemos. Y como suele señalar el médico Mario Alonso Puig, “creer es crear”.

Quizá por eso hay personas que narran un hecho cotidiano como si fuera un gran suceso y captan nuestra atención de manera inmediata. Si son capaces de adornar lo acontecido resaltando detalles, agregando tensión, creando espacios de incertidumbre donde la imaginación del interlocutor se recree, y rematan proponiendo un buen final, la seducción está asegurada. Conozco situaciones resumidas en media hora que en tiempo real no duraron más de cinco minutos. Pero nos da igual, porque si están bien relatadas hechizan y elevan nuestro ingenio, aun sabiendo que parte del testimonio está barnizado con considerables dosis de fantasía.

La comida no escapa a esto. Como seres sociales que somos, además de nutrientes necesitamos relaciones y cuentos que alimenten nuestros pensamientos. De este modo, los platos o ingredientes revestidos con una biografía adquieren un capital simbólico que trasciende las propias características organolépticas. Al contrario, esas cualidades intrínsecas estarán al servicio de la imaginación, encarnando una metáfora que abre el candado del deseo.

En la década de los años cincuenta del siglo pasado, Giuseppe Cipriani creó en el Harry’s Bar de Venecia un plato de finísimas láminas de un solomillo de buey crudo para su amiga la condesa Amalia Nani Mocenigo, a quien su médico prescribió comer carne cruda para paliar su anemia. La condimentó con mahonesa aderezada con mostaza y salsa Perrins, y ante el parecido cromático con los cuadros del pintor Vittore Carpaccio, ricos en tonos rojos y amarillos, bautizó la elaboración como carpaccio. Su popularidad se difundió gracias al renombre de algunos clientes del Harry’s Bar, entre los que se encontraban Marconi, Orson Welles, el barón Rothschild, Aristóteles Onassis, Peggy Guggenheim, Barbara Hutton, Truman Capote, Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway, que llegó a convertir a Giuseppe Cipriani en un personaje más de su novela Al otro lado del río y entre los árboles.

Esta anécdota envuelta en glamur coloca unas sencillas láminas de carne en el pedestal de la reputación, y quizás de ahí proceda el éxito de este plato en todo el mundo. “Siempre hay algo de verdad en las cosas imaginadas”, solía decir Hemingway, del mismo modo que siempre hay algo imaginado en las cosas de verdad. Quizá por ello las historias conectan, aportan contexto y argumentos hilvanando sentido y lógica, sacralizando y revalorizando lo que acarician. No me queda ninguna duda: si existiese un sexto sabor, sería el sabor de las historias.

Piadina

El sabor de las historias

INGREDIENTES (para cuatro personas)

La piadina: 500 gramos de harina de trigo, 60 gramos de manteca de cerdo ibérico, 200-250 mililitros de agua, 5 gramos de sal. La crema de queso y ajo:
1 cabeza de ajo, 100 gramos de queso crema, perejil, 18 gramos de aceite oliva, sal. Acabado: las piadinas, la crema de queso y ajo, pimientos asados, tomate seco, aceitunas negras deshuesadas, rúcula, canónigos, aceite de oliva.

ELABORACIÓN
1. La piadina:
– Formar un volcán con la harina. Servir la manteca de cerdo en el centro y agregar el agua templada. Amasar hasta formar una masa homogénea y lisa. Dejar reposar 30 minutos.
– Pasado el tiempo, dividir la masa en bolas de unos 100 gramos y estirar hasta conseguir un grosor de medio centímetro y un diámetro de unos 15 centímetros.
– Cocinar unos minutos en una sartén muy caliente hasta que esté tostada por ambos lados.

2. La crema de queso y ajo:
– Servir la cabeza de ajo sobre una lámina de papel de aluminio, agregar un chorro de aceite de oliva y sal. Envolver la cabeza de ajo con el papel de aluminio y asarla a 180 grados hasta que esté bien tierna y se haya convertido en una crema.
– Extraer la crema de ajo pisando los dientes con la mano.
– Servir la crema de ajo en un bol junto con el queso crema y el aceite de oliva. Mezclar hasta obtener una crema homogénea.
– Poner a punto de sal. Agregar perejil picado al gusto y mezclar. Reservar.

ACABADO Y PRESENTACIÓN
– Untar la piadina con la crema de ajo y queso y servir con los pimientos asados, los tomates secos y las aceitunas. Terminar con las hierbas y un chorro de aceite de oliva al gusto.

Calorías
La harina de trigo aporta alrededor de 348 kilocalorías por cada 100 gramos de producto.

Macronutrientes
Su componente principal son los hidratos de carbono complejos. Contiene gluten: no es apta para celiacos.

Micronutrientes
Entre los minerales que posee destacan el fósforo y el manganeso, y entre las vitaminas, la B3 o la B6.

Origen
La harina de trigo proviene de la molienda del grano de trigo. Se trata del tipo de harina más común