Salgamos del barro, queridas

Que cada una permita, desee, haga y deshaga lo que quiera. Pero sin ceder terreno, ni retrasar la lucha, que bastante agotadora es ya

Una escena de la serie 'Glow'.
Una escena de la serie 'Glow'.Netflix
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La historia está llena de ellas. A Catharine MacKinnon nunca le pareció bien el feminismo liberal de Betty Friedan; a Betty Friedan acabó pasándole factura su relación con Gloria Steinem (y la rivalidad entre ambas, a la que después se sumó Bella Abzug, es épica); a Gloria Steinem le trajo problemas Germaine Greer por algunas cuestiones relacionadas con el derecho al aborto; y a Germaine Greer se le atragantó el liberalismo sexual de Kathy Acker.

Es hasta absurdo (por evidente) tener que apuntar que ser mujer no implica pensar, sentir o creer en algo concreto o de una forma determinada. Y menos mal. La pluralidad, los debates, las corrientes y las contracorrientes, los movimientos, las teorías y los términos... Todos y entre todos han dado forma a los millones de feminismos que hoy existen, tantos como mujeres que creen en esta lucha por la igualdad; sin uniformes, eso sí, y de forma individual. Cada una con su pasado, sus rutinas, sus trabajos, sus amores y sus fobias, sus series de televisión preferidas, su gusto u odio por el chocolate, la ciencia ficción o los canguros, sus ganas y su pereza. Cada una, de su padre y de su madre, sí, porque ser mujer no implica llevar bajo el brazo una guía del feminismo perfecto, como no implica saber planchar camisas o hacer puchero.

No se trata de abrir un paraguas gigante bajo el que meter a todas las mujeres —la alienación y el progreso no se llevan del todo bien—, ni se trata de construir un redil con obligaciones, prohibiciones, permisos o decálogos. Pero después de unos cuantos siglos de lucha feminista, se presupone el conocimiento y la adhesión a algunos conceptos básicos e indiscutibles, entre ellos que las mujeres son propietarias exclusivas de sus cuerpos, sus deseos y sus voluntades, y que los hombres, bajo ningún concepto, pretexto o excusa, tienen derecho a traspasar cualesquiera que sean esos límites.

Ha sido eso, en gran parte, lo que ha herido a tantas y tan hondo. El manifiesto que impulsó Catherine Millet hace justo una semana y que apoyó Catherine Deneuve (con disculpa posterior incluida, lo hizo el pasado domingo en Libération) junto a un centenar de artistas e intelectuales francesas oponiéndose al movimiento #MeToo, es agarrar las últimas décadas de lucha y tirarlas a la basura. Se suponía que eso ya estaba más que masticado y digerido, se suponía que la diferencia (abismal) entre acoso y seducción estaba clara, y que lo que nos había convertido en “pobres indefensas bajo el control de demonios falócratas”, como apuntaba aquel texto, era precisamente esa falta de discernimiento masculino entre deseo, propiedad y derecho sobre el cuerpo de las mujeres —algo que el caso Weinstein ha puesto bajo dos lupas, la nuestra, por supuesto, y lo que es más importante, también la de ellos—.

Sorprende, entristece e inquieta, claro, que todavía haya ciertas mujeres a las que también les cueste distinguir, y que además usen la potencia del altavoz público que su trabajo y su trayectoria les proporciona. Tenemos, todas, derecho a decidir dónde están esos límites, y cada una tendrá los suyos, faltaría más. Si a Deneuve, Millet o Gloria Friedmann no les incomoda el roce de un pene en su muslo o una mano en su culo sin invitación previa, están, por supuesto, en su derecho, pero es irresponsable afirmar y firmar que eso no es acoso, ni agresión, ni violencia sexual, que no pasa nada y que se nos está yendo de las manos, que corremos el riesgo de pasarnos de la raya con este tema.

Este tema, que es el de decidir quién quiero que me toque, qué, cuándo y dónde, es uno de los más importantes y viejos del feminismo. No parece muy sensato hablar de “caer en el exceso” cuando la cuestión es la libertad para decidir qué hacemos con nuestros cuerpos y qué pueden hacer los demás. Aclarado eso, tampoco parece muy sensato seguir en este barro: ensucia, confunde y despista, divide. En la libertad inherente al propio feminismo, que cada una permita, desee, haga y deshaga lo que quiera. Pero sin ceder terreno, ni regalar victorias, ni multiplicar batallas, ni retrasar la lucha. Bastante agotadora es ya.

Sobre la firma

Isabel Valdés

Redactora de Sanidad y Salud en Madrid, antes pasó por Especiales y Sociedad, donde se ocupó de Género. Es licenciada en Periodismo por la Complutense y Máster de Periodismo UAM-EL PAÍS, está especializada en feminismo y violencia sexual y coordina el blog Mujeres. Escribió Violadas o muertas, sobre el caso de La Manada y el movimiento feminista.

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