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Zadie Smith, la escritora que mira a los ‘millennials’ con ojos desorbitados

La intelectual londinense, que acaba de publicar 'Tiempos de swing', reflexiona sobre el feminismo y los saltos generacionales

Zadie Smith posa para ICON en La Pedrera, en Barcelona, ensayando cara de ver a un ‘millennial’ cogerle el móvil para enseñarle algo del trasto que le cambiará la vida.
Zadie Smith posa para ICON en La Pedrera, en Barcelona, ensayando cara de ver a un ‘millennial’ cogerle el móvil para enseñarle algo del trasto que le cambiará la vida.

Para entender de qué hablamos cuando hablamos de una obra redonda, conviene leer la última novela de Zadie Smith (Londres, 1975). Haga la prueba. Lea Tiempos de swing (Salamadra) y compárela, por ejemplo, con una coreografía moderna que le inspire confianza (Bausch, Carlson, Preljocaj…, el referente que quiera). Al terminar, cuando aún están unidas las emociones y la melodía, verá que, a veces, una novela también puede ser una figura geométrica.

Según la lógica de Aimee (una cantante famosa, trasunto claro de Madonna, para la que trabaja la narradora anónima de 'Tiempos de swing'), cuanto más rica es una persona más bondad atesora. ¿Aimee es de este mundo? Creo que esto es una reacción a mi experiencia de vivir en Estados Unidos desde hace 15 años. Yo vengo de un estado originariamente keynesiano donde la idea es que el gobierno se implique y participe de la vida de las personas y cobre impuestos a los ricos para poder ofrecer estos servicios al resto. Pero ahora vivo en Nueva York, donde las instituciones de arte, los hospitales y las universidades existen bajo la beneficencia de los ricos que dan su dinero y así ponen su nombre en las paredes. Me costó mucho entender ese funcionamiento, que explica también otras cosas. Por ejemplo: uno no puede ir a nadar fácilmente porque las piscinas no son el tipo de cosas que los ricos financien. Todo lo que los ricos no puedan comprar no existe. El espacio público es muy reducido. Yo creo que no hay que depender de la generosidad de los millonarios ni para el arte, ni para la salud, ni para la educación.

Las vidas de la narradora y de su amiga Tracey se ven marcadas por la infancia. ¿Tanto determina el origen? A mí me parece que, viviendo en Estados Unidos, sí. La diferencia es cómo se interpreta. Por ejemplo, si me reúno con mis estudiantes de clase media-alta blancos es poco probable que, cuando sean banqueros o abogados de éxito, piensen que sus antecedentes familiares o sociales han tenido algo que ver, ellos pensarán que son gente hecha a sí misma y tal… En cambio, para un niño negro que nace en el Bronx está clarísimo que su vida está controlada por su nacimiento y por el código postal de su barrio.

"Por supuesto que soy feminista. Pero soy de la vieja escuela: no siento la necesidad de defender la idea de lo femenino"

En su adolescencia, cuando Aimee forma parte de una banda gótica, la narradora confiesa: “Tenía 14 años, el mundo era dolor”. ¿También usted tuvo momentos así en esa etapa tan compleja de la vida? Nunca fui gótica, así que mi dolor no asumió ese carácter. Hace ya mucho tiempo de ello, pero recuerdo que yo estaba tristísima. Como muchos escritores, me sentía fuera de lugar. Philip Larkin, el poeta, dice: “Cuando era niño era un misántropo, odiaba a todo el mundo, pero cuando crecí me di cuenta de que solo odiaba a los niños”. Así es como me sentía yo, no me gustaban las niñas adolescentes y al crecer me di cuenta de que no todo en el mundo son niñas adolescentes.

¿Se identifica como escritora feminista? Por supuesto, pero yo soy de una generación de feministas anterior a las actuales. Es decir, yo soy de la vieja escuela, no siento la necesidad de defender la idea de lo femenino. Soy feminista, sí, y crecí en un contexto de feministas radicales, así que no me siento parte de las contemporáneas, que tienen la necesidad de hacer que las cosas sean bonitas para los demás, a mí eso no me importa. Además, me siento incómoda dando sermones a esta generación porque nadie puede decir a las mujeres nada, simplemente hay que vivirlo. Tenemos el ejemplo de nuestras madres, que siempre decían “¿no crees que deberías tener hijos?”, cuando en realidad solo querían alertarnos sobre una realidad biológica que no queríamos escuchar. Creo que cada generación tiene que vivir sus propias teorías y asumir sus propias consecuencias. Igual que la generación de mi madre nos miraba con ojos desorbitados, así miro yo ahora a las millennials.

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