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Aroma de Lobito

La Bultaco Lobito evoca en el autor efluvios de grasa, gasolina con mezcla y humo del tubo de escape, mientras cantan a lo lejos Françoise Hardy

En los setenta, cuando uno se subía a una Bultaco Lobito era más importante fardar de botas que llevar casco.
En los setenta, cuando uno se subía a una Bultaco Lobito era más importante fardar de botas que llevar casco.

Durante una época de mi vida el objeto de mi deseo era amarillo y tenía dos ruedas. Efectivamente: era la Lobito de Bultaco, una moto que nos tenía robado el corazón a los de mi generación. Escribo “Lobito” y “Bultaco” y me quedo mirando perdidamente al vacío. La cabeza se me llena de viejos recuerdos envueltos en efluvios de grasa, gasolina con mezcla y humo del tubo de escape, mientras cantan a lo lejos Cat Stevens, Françoise Hardy y Tony Ronald, y en algún lugar un puño enguantado alza el pulgar.

Nunca he sido un gran aficionado a las motos. Las de carreras o las Harley me dejan frío. Norton o Sanglas son nombres que asocio con los pasados buenos tiempos y nada más. Pero es evocar las antiguas motos de trial, enduro o “fuera de asfalto” –como se decía– y ponerme melancólico y tierno, tontorrón.

Yo siempre fui de Montesa. Tuve una Cota 247 y la quise con locura. Cuántas veces recorrí con mis manos las gráciles líneas de su depósito rojo, deteniéndome ensimismado en la inesperada protuberancia del tapón, el escudo con la “M” que adornaba el flanco, el arranque del manillar que se desplegaba sensualmente hasta acabar en la calidez de los puños de goma y la rotundidad de las manetas. Recuerdo cuando bajaba a la intimidad de su vientre y, rozándole como casualmente el cárter, accedía al cilindro para extraer y limpiar la bujía KLG que había hecho perla. Parecía ronronear.

Sin embargo, no había sido la primera. Como no lo fueron otras que se lo creyeron. No, la primera había sido la Lobito, tan joven y descarada, tan “ratera”, decíamos. Se me hace duro confesar que me lo hice con una Bultaco. Yo, que menospreciaba las Sherpas y desdeñaba la Matador. Es como aquello de Sandro Giacobbe en Jardín prohibido. Espero que no me lea la Cota.

Se me hace duro confesar que me lo hice con una Bultaco. Yo, que menospreciaba las Sherpas y desdeñaba la Matador. Es como aquello de Sandro Giacobbe en 'Jardín prohibido'

En realidad la Lobito nunca fue mía en sentido estricto. Era de Emilio Canals, que me la dejaba. Entonces ellas siempre eran de otro. Con aquella preciosidad casquivana lo aprendí todo: a cambiar de marcha con el pie, a montar erguido sobre las estriberas, a dar gas hasta hacerla aullar. Tener una Lobito era lo más en Barcelona a principios de los setenta (la Mk3, la de referencia, se fabricó de 1969 a 1972).

Ni de trial ni todoterreno, salvaje e inclasificable, desenfadada, nos ponía a cien su versatilidad, su arrebatadora inconstancia. En esos tiempos no llevábamos casco. El aire nos hacía ondear los cabellos invariablemente largos y libres. Calzábamos botas de trial de cuero con hebillas, vestíamos Barbours engrasados sobre los Fred Perrys y a veces una gorra escocesa Tam O’Shanter. Pero sobre todo nos precipitábamos vehementemente en pos de la felicidad.

Creí haber dejado atrás para siempre a la Lobito, pero ha vuelto a alcanzarme. Embotellada. Bultaco ha lanzado una línea de fragancias que incluye dos “colonias Lobito”, la Original y la Rebel code. La primera va en una caja que juega con los colores de la vieja moto.

La publicitan como dirigida al “hombre gentleman” con espíritu rebelde, que desprende adrenalina con la aventura y gusta de escapar de la rutina: en esa descripción cabemos desde Lawrence de Arabia hasta yo, con un poco de manga ancha en mi caso. Es una colonia fresca alejada de las de los setenta, que eran para jugártela en las distancias cortas o afrontar un tumulto en la Casbah. Pero cuando he abierto el tapón lo que ha brotado, envuelto en velocidad y efluvios de mecánica, con un puntito del sabor del primer beso, no era una fragancia sino el aroma perdido de mi efímera juventud, inasible, evanescente, irrecuperable.

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