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¿Que vivan los feos?

Si el feísmo es una forma de belleza, una crítica a la sociedad frívola en la que vivimos y a la vez la tendencia más importante de la moda de 2017, algo de lo anterior tiene que estar mal

Antes pensábamos que una caca era algo feo, hasta que llegó el 'emoji' y nos sacó del error. La moda está embarcada en un proceso parecido.
Antes pensábamos que una caca era algo feo, hasta que llegó el 'emoji' y nos sacó del error. La moda está embarcada en un proceso parecido.

Buscas feo en Google y aparece un señor con muchas papadas, otro cejijunto y sin un diente, otro que solo tiene dos (amarillos), una foto reciente de Dennis Rodman, Willem Dafoe, Donald Trump, un bebé con una malformación en el ojo, un mono, una anciana fumando, una niña disfrazada de zombi, otro mono, un chico con los ojos maquillados y con un tatuaje de Hello Kitty en la frente y Adam Driver, el actor que hacía de novio de Lena Dunham en Girls, incluido, como era previsible, en una lista de feos sexis. Pongo esto porque iba a escribir sobre propósitos de fin de año. El primero iba a ser borrarme de Instagram, pero el admirado colega de profesión que se había quitado justo acaba de volver.

De modo que he decidido hablar de una vez por todas de 2017, el año que la moda presuntamente glorificó la fealdad (calcetines ejecutivos color carne incluidos). Hace poco leí un artículo del Financial Times que abordaba la cuestión sin rodeos. ¿Por qué es la moda tan fea?, preguntaba la periodista, y trataba de responder: puede ser cosa de la ironía, que sean daños colaterales de la belleza artificial que han impuesto las redes sociales, o que valoremos más la individualidad. También apuntaba una nueva gama de problemas, como que a veces es imposible saber si el chico que tienes enfrente vestido con una sudadera que queda regular es un reparador de ordenadores o alguien muy a la moda.

Sean cuales sean las causas, la moda de lo feo me gusta pero me viene muy mal justo ahora que mi segundo propósito de fin de año era vestir mejor. Y contrasta mucho, además, con un momento vital en el que empiezan a surgir conversaciones que incluyen las palabras bótox, implante capilar, crossfit o intervenciones no invasivas para redefinir la línea de la mandíbula. Es decir, maneras más o menos sofisticadas de cuidarse o, lo que es lo mismo, no envejecer. No es igual que un modelo de 16 años lleve pantalón corto, mocasines y calcetines ejecutivos color carne a que lo hagas tú, en lo más tierno de tu mediana edad, intentando parecerte a él. O, en realidad, ¿qué más da?

El problema es que no sabemos qué es feo. Si hablamos de seres humanos, para Google, tiene mucho que ver con no tener dientes. La ropa y los objetos son otro cantar. Jim Walrod, el interiorista neoyorquino recientemente fallecido, decía que ojalá tuviera un dólar por cada vez que un cliente le dijo que un mueble era feo y, años después, le llamó para preguntarle si lo seguía teniendo. También dijo que “el tiempo es el único crítico que importa”. El mes pasado estuve una semana en São Paulo y coincidí con una amiga que organizaba una fiesta para la gente con más belleza, inteligencia, dinero y/o followers de la ciudad. El relaciones públicas local era un chico muy simpático que llevaba tres pulseras de diamantes. Mi amiga, que se dedica a lo mismo pero en España, pensó que muy mal tenía que estárselo montando si tan bien pagan en Brasil, y le preguntó por ellas. “No tengo coche, no tengo casa, no tengo nada. Todo lo que poseo está aquí”, respondió él, agitando las pulseras, que sí que eran bonitas comparadas con los accesorios de esta temporada. Diamantes contra zapatillas viejas adrede. Diamantes contra riñoneras. Es una epidemia. Abra una revista y verá fotos de bolsas de basura en medio de la calle. Incluso yo pongo fotos feas en mi propio Instagram. Me lo dijo un amigo cuando considerábamos borrarnos: “Creo que necesito una nueva red social donde empezar de cero”.

 

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