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Limpieza

Alguna vez el periodista norteamericano Jon Lee Anderson dijo, lúcidamente, que "ser víctima no es ninguna virtud"

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Aung San Suu Kyi en Yangón (Myanmar).

En la película Lord of War, el traficante de armas que interpreta Nicolas Cage dice algo así como que, en África, los líderes de las guerras por la independencia se transformaron en los peores dictadores de la tierra. Para muestra, Mugabe. El estilo está marcando tendencia. Aung San Suu Kyi pasó quince años de arresto domiciliario bajo la dictadura militar de su país, antes Birmania, ahora Myanmar. El arresto terminó en 2010, mucho después de que ella, en 1991, recibiera el Nobel de la Paz por su defensa de la democracia y los derechos humanos. Vivió ese periodo en condiciones precarias, sin ver a su marido ni a sus hijos. En 2011 el país comenzó un proceso de apertura y en 2015 el partido de Suu Kyi ganó las elecciones. Ella no preside —por cuestiones burocráticas— pero tiene el poder. Myanmar es budista, con una minoría musulmana de un millón de rohingya. Desde agosto, en respuesta a ataques del Ejército de Salvación Rohingya de Arakan, los militares birmanos iniciaron una campaña contra ellos que incluyó violaciones, torturas, quema de aldeas. Más de 600.000 huyeron a Bangladés. El 27 de este mes llegó de visita el Papa y Myanmar acordó con Bangladés el regreso de los rohingya. No se sabe si volverán todos. Mucho menos si seguirán allí después. Lo que sí se sabe es que la ONU le puso nombre a lo que el Gobierno de Myanmar lleva adelante: limpieza étnica. Suu Kyi se defendió: sacó su patente de víctima y clamó a los cielos que nadie mejor que ella sabe “lo que significa la privación de los derechos humanos y la protección democrática”. Sin mencionar a los rohingya, los llamó “terroristas” y los acusó de difundir una “campaña de noticias falsas”. Alguna vez el periodista norteamericano Jon Lee Anderson dijo, lúcidamente, que “ser víctima no es ninguna virtud”. Suu Kyi lo tiene clarísimo. Para ella es —siempre fue— solo un trabajo.

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