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¿Por qué el cine español sigue instalado en el odio a las mujeres?

Hay muchas películas que ridiculizan y minimizan el papel de las mujeres, frente a algunos ejercicios de cine joven y libre

cine español
Los protagonistas masculinos de 'Oro', junto a Bárbara Lennie.

El año pasado las alarmas saltaron. Tan solo una de las cinco películas nominadas a los premios Goya estaba protagonizada por un personaje femenino potente y pasaba el test de Bechdel. Se trataba, como no podía ser de otra manera, de Julieta, de Pedro Almodóvar. El resto de la producción, salvo honrosas excepciones como Kiki, el amor se hace, La puerta abierta, María y los demás o El olivo, eran directamente películas de tíos, de machotes intentando demostrar quién era más viril o quién la tenía más grande. Películas, al fin y al cabo, que exudaban testosterona por los cuatro costados y en las que el hueco dedicado a la mujer era anecdótico y en muchos casos inexistente. En el peor de los casos, directamente insultante.

Fue el año de Tarde para la ira, Que Dios nos perdone, Los últimos de Filipinas, El hombre de las mil caras o Cien años de perdón. En Que Dios nos perdone, en una de las escenas tenía lugar el intento de agresión a una mujer. La misma mujer, unos días más tarde, iba a casa de su agresor. ¿Cómo se puede permitir que se trasmita una visión tan distorsionada y frívola de un tema tan grave como este? Por supuesto también había conversaciones de irse de putas, de follar como campeones y ese tipo de cosas.

"Hay ejercicios de cine joven y libre, como 'Pieles' y 'La llamada', que abogan por la diversidad. También encontramos personajes femeninos fuertes y valientes en películas de género, como es el caso de 'Verónica' y 'Colossal"

Este año las cosas parecen haber cambiado un poco. Hay películas como Abracadabra que denuncian el concepto de macho ibérico con todos sus estereotipos más desagradables para terminar poniéndole una camisa de fuerza. Hay ejercicios de cine joven y libre, como Pieles y La llamada, que abogan por la diversidad. También encontramos personajes femeninos fuertes y valientes en películas de género, como es el caso de Verónica y Colossal. Directoras como Isabel Coixet, Roser Aguilar o la joven Elena Martín que siguen apostando por retratar a la mujer de manera poliédrica a través de sus luces y sus sombras, de sus anhelos y debilidades, y directores, como Lino Escalera o Fernando Franco que consiguen en No sé decir adiós y Morir, construir dos de los personajes femeninos más memorables del año, interpretados por Nathalie Poza y Marián Álvarez.

Esa es la cara, pero como no podía ser de otra manera, también tenemos la cruz. Continúa existiendo un cine anclado en una mirada profundamente misógina, que se acerca a la mujer para convertirla en objeto de deseo, que la relega a papeles insignificantes en la trama porque no sabe qué hacer con ella, que se encarga de recubrirla de los peores clichés y someter su voluntad a la tiranía masculina.

¿Qué pintaba, por ejemplo, Bárbara Lennie en Contratiempo y Alba Galocha en Plan de fuga? Nada, eran simples comparsas de la función. Papeles sin ninguna entidad que servían únicamente para poner de manifiesto las bondades de sus compañeros masculinos, verdaderos héroes de la función. ¿Por qué las representantes femeninas de Señor, dame paciencia se pasaban todo el rato hablando de hombres y de lo bueno que estaba Andrés Velencoso?

"Parece existir un cierto embeleso al escuchar a la protagonista lanzar frases tan propensas a la egolatría masculina como: me encanta tener tu semen dentro de mí”

En El bar, de Álex de la Iglesia ocurría algo bastante más grave. En un momento de la película, los protagonistas tienen que pasar por el hueco estrecho de una alcantarilla y para ello deben untarse de aceite. Cuando le toca el turno a Blanca Suárez, se detiene el tiempo, la cámara se deleita, la filma por todos lados intentando erotizar un momento que en el fondo resulta repulsivo: una chica joven teniendo que quitarse la ropa y siendo manoseada por todo el cuerpo únicamente para satisfacción del espectador masculino. Por supuesto, cuando le toca el turno a Carmen Machi, la misma acción parece convertirse en un acto jocoso que da lugar al chiste fácil.

En Amar, la ópera prima de Esteban Crespo, una adolescente se deja llevar por una relación de dominio malsana que ejerce su pareja sobre ella sin que haya ningún tipo de denuncia explícita sobre ello. Al contrario, parece existir un cierto embeleso al escuchar a la protagonista lanzar frases tan propensas a la egolatría masculina como “me encanta tener tu semen dentro de mí” o “soy tú”. Frases que no hacen sino poner de manifiesto una mirada nociva en torno a las relaciones de posesión y toxicidad precisamente porque se tratan de una manera casi idílica, como si eso fuera lo bonito de vivir un primer amor, abandonarte a una relación que hace que pierdas tu identidad y que se basa únicamente en satisfacer a tu pareja, provocando una peligrosísima involución ideológica dentro de las generaciones más jóvenes.

Javier Gutiérrez, en un momento de la película 'El autor'.
Javier Gutiérrez, en un momento de la película 'El autor'.

Estas próximas semanas se estrenan otras dos películas que llegan dispuestas a situarse en el altar cipotudo del cine español del año.

Oro sería el equivalente a Los últimos de Filipinas de este año. Ese tipo de película en la que los hombres son duros, están muy sucios y llevan armas para matar. Características todas ellas fundamentales para fortalecer su masculinidad. En medio de ese panorama tan desalentador, en el que son constantes las disputas entre gallitos, dos personajes femeninos: el que interpreta Anna Castillo y el de Bárbara Lennie que, de nuevo, como le ocurría en Contratiempo, no parece tener muy claro qué pinta en medio de esa selva en la que no tiene nada que aportar excepto servir como elemento perturbador y catalizador de violencia en medio del entorno varonil en el que se inserta. Que el argumento sea obra de Arturo Pérez-Reverte tampoco ayuda mucho a pensar otra cosa que aquí hemos venido a ver una historia de tipos de pelo en pecho que, además, son los encargados de escribir la historia de nuestro pasado.

"Que el argumento sea obra de Pérez-Reverte tampoco ayuda mucho a pensar otra cosa que aquí hemos venido a ver una historia de tipos de pelo en pecho que, además, son los encargados de escribir la historia de nuestro pasado"

Pero hasta Pérez Reverte se puede considerar vencido en su beatificación de la sacrosanta masculinidad si tenemos en cuenta la adaptación que ha hecho Manuel Martín Cuenca de la novela de Javier Cercas El autor. No es nada nuevo. Ya desde sus inicios, con La flaqueza del bolchevique se podía intuir por dónde iban a ir los tiros. Ahora, en El autor, enseña sus cartas de una manera todavía más precisa y obvia: El protagonista, Javier Gutiérrez, para tener una mayor confianza en sí mismo, pone sus huevos encima de la mesa. Toda una declaración de intenciones.

No hay ningún tipo de filtro a la hora de ridiculizar a las mujeres que aparecen, ya sea porque son mentirosas o manipuladoras, por su físico o por su procedencia. Ellas son el origen de todos los males porque son capaces de hundir a un hombre en la más profunda de las miserias. El clásico victimismo machirulo que combina a la perfección con esa actitud y mirada prepotente que por desgracia todavía impera en buena parte de nuestro cine.

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