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Adjetivos perpetuos

Algunas palabras viven al margen de la cancelación de antecedentes y sin fecha de caducidad

Francesco Arcuri, la expareja de Juana Rivas.
Francesco Arcuri, la expareja de Juana Rivas.

La civilización humana ha regulado el tiempo como base de su organización en todos los ámbitos. Tenemos fijados unos plazos para concursar, adjudicar, recurrir, para la prescripción y el vencimiento. Se han establecido el horario laboral, la mayoría de edad y la jubilación. Celebramos aniversarios, centenarios, bicentenarios. Las marcas que ponemos al tiempo regulan nuestra vida.

Y también regulan la duración de los castigos. Por eso los códigos establecen unas condenas que se extienden o reducen en función del delito y sus agravantes o atenuantes. Nuestra Constitución orienta precisamente las penas de cárcel hacia la reinserción, de lo cual se deduce un rechazo de la cadena perpetua. Nada es para siempre.

Pero ciertas palabras viven al margen de la cancelación de antecedentes, porque usamos algunos adjetivos sin fecha de caducidad. Así, un ladrón castigado con tres años de cárcel será considerado ladrón mucho tiempo después de haber salido de ella, un asesino que haya cumplido 30 años en prisión sigue siendo un asesino cuando recobra la libertad, y a un maltratador que dejó de maltratar se le llamará toda su vida “maltratador”.

No debo formular una opinión sobre el caso concreto de Juana Rivas y Francesco Arcuri, porque, aun habiendo conocido con sumo interés las dos versiones enfrentadas, ignoro los nuevos hechos probados del conflicto, que habrán de sustanciar los jueces con todos los medios a su alcance. Pero sí puedo decir que me inquietaron algunos titulares de este verano: “Juana Rivas se fuga con sus hijos para no entregarlos a su marido maltratador”. Y en la portada de un gran periódico (cuando la justicia favoreció a Arcuri): “Gana el maltratador”. Y una manifestación gritaba “no es buen padre / el maltratador”.

Así, el adjetivo “maltratador” duraba mucho más que la pena impuesta a Francesco Arcuri hace ocho años (tres meses de prisión, 15 meses de alejamiento), y quizás en ello ha radicado la discrepancia entre la medida de las palabras y la medida del derecho: al menos cuatro resoluciones judiciales le dieron la razón para recuperar a sus hijos.

El Diccionario define “maltratador” como “el que maltrata”, en presente. No dice “el que maltrata o maltrató”. Podemos preguntarnos por tanto —para pensar entre todos una respuesta con argumentos y matices, no para improvisarla con el trazo grueso que avanza en las redes sociales y otros medios— si desde un punto de vista ético (y no solamente emotivo) se puede seguir llamando “maltratador” en una información rigurosa a quien maltrató hace ocho años, fue condenado por ello y reanudó su relación con la misma pareja sin que se haya demostrado que siguió maltratando (Juana Rivas presentó una nueva denuncia en 2016, aún pendiente de comprobación).

Quizá valga la pena abrir un debate sobre si un condenado tendrá derecho a ser de nuevo “presunto”; sobre cuánto tiempo es maltratador el que maltrató, o ladrón el que robó, cuántos años llamaremos asesino al que asesinó, cuándo un estafador deja de serlo si no volvió a estafar y cumplió su castigo. (No siempre tales plazos coincidirían, por supuesto, pues la gravedad varía igual que lo hacen las condenas).

La democracia quiere justicia; y también la segunda oportunidad y la reeducación del reo. Rechazamos la cadena perpetua en el código penal, pero con la duración de algunas palabras se corre el riesgo de aplicar la cadena perpetua del código social.

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