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Una casa de colores

Lápices, cuadernos, gomas, imanes o bolsas. Cada septiembre, Elsa Fernández-Santos arrasa las tiendas de los museos

La casa Bozart, una especie de cubo de Rubik irresoluble que pueden habitar muñecos muy pequeños pero de buena familia.
La casa Bozart, una especie de cubo de Rubik irresoluble que pueden habitar muñecos muy pequeños pero de buena familia.

Aunque hace décadas que no piso un colegio, la melancolía del final del verano se sigue mezclando con la expectación ante el comienzo de un nuevo curso. Quizá por eso cada septiembre compro más lápices y cuadernos de la cuenta. Un acto reflejo del que se benefician especialmente las tiendas de los museos. Tacos de postales (los cromos de los adultos), gomas, imanes y bolsas. En la lista de las mejores tiendas de centros de arte del mundo suele aparecer la del Museo Picasso de París, la del Victoria & Albert y el Museo del Diseño de Londres o la del Guggenheim de Nueva York. Pero donde yo pierdo sistemáticamente los papeles es en la del MoMA de Nueva York. De todo lo que he llegado a comprar en ese museo (y tengo una larga lista de cosas inútiles) lo más estrafalario ha sido una casa de muñecas. Un mastodonte de colores que me causó una impresión inmediata. Como un niño ante un escaparate de golosinas mi pensamiento no podía despegarse de aquellas paredes: no quería comprar la casa, quería vivir en ella. Tener una hija pequeña fue una buena excusa para cargar con el muerto.

El fundador de Bozart Toys, el galerista Larry Mangel, tuvo la idea de encargar una serie de juguetes a artistas para animar el anodino mercado infantil. Por desgracia la aventura apenas duró 10 años y la compañía cambió de manos en 2004

Kaleidoscope House, o casa Bozart, es un juguete muy especial. Hoy descatalogado, se trata de un diseño de Laurie Simmons, artista y fotógrafa que suele trabajar con iconografía doméstica, y el arquitecto Peter Wheelwright. La idea era reproducir una construcción americana moderna pero con paneles transparentes de colores (fucsia, amarillo, morado, verde) que se abrían como puertas correderas modificando la luz y los espacios. Si se cruzan los paneles se obtendrán nuevas variedades de colores que iluminan cada cuarto. La casa incluía una serie de complementos: una pareja con dos hijos (la madre con coleta, pantalón y un jersey marinero a rayas, el padre con chinos y camisa vaquera); un mobiliario firmado, entre otros, por Jasper Morrison (el salón), Karim Rashid (el comedor) y Ron Arad (una de las butacas); un piano de cola Steinway en el que sonaba la Gymnopedie Nº 1, de Eric Satie, y una colección de obras de arte en miniatura de Peter Halley, Carroll Dunham, Cindy Sherman, Mel Kendrick y Mel Bochner. Fue el fundador de Bozart Toys, el galerista Larry Mangel, quien tuvo la idea de encargar una serie de juguetes a artistas con la intención de animar el anodino mercado infantil. Por desgracia la aventura apenas duró 10 años y la compañía cambió de manos en 2004.

Cuando la casa Bozart aterrizó en Madrid le pusimos una tabla de madera con ruedas para poder moverla con facilidad. Con el tiempo a los cuatro miembros de la familia se le sumaron dos perros, un conejo y un pato de la marca Schleich. También una réplica de una silla de los Eames cuya escala claramente no coincidía con el resto, pero que daba el pego. Mi amiga Carmen Mazarrasa, cuyas secretas casas de muñecas son auténticas joyas, nos regaló una pila de libros en miniatura para el salón. No es casual que lo encabezara The white album, de Joan Didion, es fácil imaginarse a la escritora californiana viviendo entre las cuatro paredes de nuestra casa caleidoscópica.

Con los años dejamos de comprar cosas absurdas, y la casa ha pasado a ser un trasto difícil de manejar. Ocupa demasiado espacio y, para qué negarlo, ya nadie juega con ella. El plástico blanco amarillea y el techo, de tanto abrirlo y cerrarlo, necesita reparación. Hasta que eso ocurra, lo hemos remendado con celo de colores, esos que venden en las tiendas de los museos y que yo compro, puntual e inútilmente, cada nuevo curso.

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