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Deficiencias y aciertos contra la violencia de género

El Pacto de Estado firmado el pasado julio ha empezado a dar pasos importantes pero todavía es un acuerdo incompleto

Concentración en apoyo a los hijos de Juana Rivas en los Juzgados de Violencia de Género de Sevilla el pasado 14 de agosto.
Concentración en apoyo a los hijos de Juana Rivas en los Juzgados de Violencia de Género de Sevilla el pasado 14 de agosto.

El 24 de julio de 2017, los partidos políticos en España firmaron un acuerdo histórico, un pacto de Estado contra la violencia de género que quiere convertir en pasado una de las mayores lacras del país; en lo que va de año, ya son 37 las mujeres asesinadas, según cifras oficiales del Ministerio de Sanidad. En 2016 fueron 44.

En España, la lucha contra la violencia de género no estaba siendo eficaz. El comportamiento social y las políticas públicas frente a este problema han sido reactivas y no preventivas; siempre ha primado una cultura de no actuar hasta que hubiera sangre de por medio y ha sido muy limitada en cuanto a definir y contemplar los múltiples tipos y niveles de maltrato, algo que está muy arraigado en el comportamiento colectivo y que tardará en fructificar con las medidas educativas aprobadas con el reciente Pacto de Estado. Un acuerdo que sí, que ha empezado a dar un paso importante en esta dirección, pero todavía es y está incompleto.

La cuestión no es solo dedicar más recursos, también es actuar cuando el maltrato aflora en sus primeras manifestaciones. Es arquitectura institucional, homogeneizar los protocolos entre todas las Administraciones, coordinación entre sectores e involucrar más a la sociedad civil. La violencia machista, al igual que la escolar, seguirá siendo un fracaso colectivo mientras no hagamos un mayor esfuerzo preventivo, condenatorio social, rehabilitador con el agresor y de extensión de protocolos. Desde el primer minuto en que se manifiesta a menores intensidades y se extiende al entorno de la víctima, y antes de que acabe en el hospital, o en el cementerio.

¿Cuáles son las deficiencias del Pacto de Estado?

Definir la violencia

Sigue sin contemplar más de lleno el tratamiento del agresor, la rehabilitación, y todavía está pendiente la cultura del rechazo social de los maltratadores. Antes que nada, Estado y sociedad tienen que definir lo que es violencia, comprender que tiene multitud de manifestaciones, intensidades y destinatarios, que cada caso merece un tratamiento especializado sin esperar a que se llegue a un daño irreparable para actuar.

Atender al entorno

El pacto debería integrar de forma obligatoria la instrumentalización del entorno de la víctima que hace el maltratador, sobre todo familiar, y en muchos casos salpicado de chantajes, amenazas y coacciones; y no darle solo una importancia relativa o marginal, cuando no obviarlo. Además, el violento machista también instrumentaliza otros grados de parentesco y de vínculos con la víctima para hacerle daño o simplemente para que le retire la denuncia, un clásico de manual en el que el pacto ha estado muy corto de miras.

Integrar el Convenio de Estambul

Las Naciones Unidas definen la violencia contra la mujer como "todo acto de violencia de género que resulte, o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o psicológico para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada". Según la RAE, maltratar significa tratar mal a alguien de palabra u obra. El Convenio de Estambul, en vigor desde 2014, establece como violencia de género también la ejercida fuera de la pareja, e incluso aquella que se ejerce con la intención de dominar y/o discriminar. Pero, desgraciadamente, España sigue sin integrar el Convenio de Estambul (aunque lo ratificó en 2014), limitándolo solo al ámbito de la pareja o expareja.

Baste poner un ejemplo: las chicas violadas y/o asesinadas fuera de dichas relaciones sentimentales no entran a ser consideradas en la violencia de género, y sus familias no tienen derecho ni a un abogado de oficio. Toda violencia estructural perpetrada contra la mujer o la violencia de tipo machista tendría que ser considerada como de género e incluida en este pacto, y no reducirlo a un concepto tan cerrado. Es una lástima no introducir esto a pesar del gran acuerdo logrado. En Latinoamérica, por ejemplo, está incluso integrado como feminicidio.

Excusas como argumentos

Hay dos excusas clásicas que suelen conformar la línea de defensa de los maltratadores y que son ya de manual. Por un lado, alegar que maltrató porque “ella le provocó” o “se portó mal”, cuando la responsabilidad es al 100% de quien decide optar por la violencia. Por otro, argüir que la víctima está “desequilibrada mentalmente”, ejerciendo otro trato humillante hacia la víctima, pero esta vez en el mismo juzgado. Este tipo de casos tendrían que estar más tipificados.

¿Y cuáles son los aciertos?

Actuación temprana

Hasta ahora, ha persistido una cultura en que ni sociedad ni poderes han actuado frente a los micromachismos, ni han llegado a rechazar ni a aislar a los maltratadores a menos que se llegue a algo grave; a menudo, el entorno social está integrando y no rechazando a quien degrada verbalmente o acosa a una mujer. Sin instrumentos que les paren los pies cuando hay alertas tempranas, la línea entre la violencia psicológica y/o física de menor intensidad y la peor de las violencias se puede desdibujar de forma inmediata. Los maltratadores dan muchas señales, pero, antes del pacto, no se estaba actuando en esos estadios previos y ni tan siquiera se tenían herramientas ni capacitaciones para identificarlos.

Formación

Ya no valen los cursitos de fin de semana dispersados, hay que homogeneizar y certificar seriamente la formación. El pacto extiende este paraguas de protocolos hasta el ámbito local, que estaba fuera de esta órbita. También se necesitaba más pedagogía en las actuaciones públicas y en los colegios; el psicólogo Javier Urra alertaba de que “el 33 % de los españoles piensa que los celos son una prueba de amor”, un micromachismo más.

Sinergias

El Gobierno dominicano tiene una asignatura específica sobre violencia de género en los colegios que imparte la policía, un grado de sinergia entre cuerpos de seguridad y ámbito educativo muy interesante y que en España, hasta ahora, solo se había dado en educación vial, pero el nuevo pacto es un avance que pretende crear alianzas parecidas, entre todos los ámbitos de actuación y desde una perspectiva multilateral.

Rehabilitación

El sistema penal no contempla la obligatoriedad de someter a los maltratadores a programas de rehabilitación ni a terapia, se reduce a penas de castigo. Pero no podemos devolver a la sociedad a quien no se ha tratado la agresividad, sobre todo porque ello conlleva más probabilidades de reincidir. Llevamos años gestionando programas de rehabilitación de terroristas, también puede hacerse con quienes ejercen la violencia de género; y, al igual que se persigue la apología del terrorismo, paremos, sociedad y poderes públicos, los pies a los maltratadores machistas cuando empiezan amenazando o empujando. Y como esto es una cuestión educativa, mucho me temo que tendremos que esperar a que esa anunciada pedagogía tarde en fructificar. Es un paso positivo, pero corto, porque no se extiende al tratamiento integral del maltratador ni a la instrumentalización que este hace del entorno de la víctima.