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Tarde, desenfocado y a la fuerza

El objetivo último del Pacto de Estado contra la violencia de género debe ser transformar la realidad machista y violenta que tenemos, no gestionarla

La manifestación del pasado 8 de marzo en Madrid.
La manifestación del pasado 8 de marzo en Madrid.

El Pacto de Estado contra la violencia de género llega tarde, está desenfocado en sus planteamientos y se ha hecho a la fuerza. Aun así, bienvenido sea.

Han tenido que asesinar a más de 707 mujeres (no todos los casos están en las cifras oficiales), desde 2005 a 2016, para que el Congreso por un lado y el Senado por otro hayan creado el instrumento necesario para abordar la realidad social de la violencia de género. Y lo han hecho más por la presión de una parte de la sociedad crítica con la desigualdad y su violencia que por pleno convencimiento, pues si este hubiera existido, la respuesta se habría dado antes; no era necesario esperar al momento actual para poder adoptar las medidas propuestas.

Solo una vez aparece la palabra “machismo” en el documento, y lo hace para referirse a la necesidad de “prevenirlo en todas las etapas educativas”

Junto a ese carácter tardío y forzado, se aprecia que está desenfocado en su esencia, al centrarse en el resultado sin abordar ni considerar de manera específica la causa. Y la causa de la violencia de género es el machismo, sobre el que se pasa de largo como si fuera un apeadero en los suburbios del problema.

Solo una vez aparece la palabra “machismo” en el documento, y lo hace para referirse a la necesidad de “prevenirlo en todas las etapas educativas”, como si el machismo fuera una situación sobrevenida y no la propia cultura capaz de determinar la realidad y de definir las identidades, es decir, la forma de ser hombres y mujeres que integra la violencia de género como parte de la normalidad. No olvidemos que el 44% de las mujeres que no denuncian refieren no hacerlo porque la violencia que sufren “no es lo suficientemente grave” (Macroencuesta Violencia Contra la Mujer, 2015).

A partir de ese desenfoque inicial se proponen medidas muy necesarias, pero se olvida que su éxito no solo depende de la parte técnica, sino de una sociedad que ha de cuestionar la violencia hasta el punto de poner en marcha esas respuestas profesionales. Y esta circunstancia es la que parecen desconocer sus señorías cuando indican que el Pacto de Estado se trata de un “compromiso de toda la sociedad”, algo que no es cierto, pues es el machismo de la sociedad quien hace que se recurra a esta violencia, mientras otra parte importante permanece ajena e impasible ante esta realidad. Así lo refleja, por ejemplo, el CIS al mostrar que solo el 1,7% de la sociedad considera la violencia de género como un problema grave. O sea, que asesinen a 60 mujeres de media cada año y maltraten a 600.000 solo resulta ser un problema grave para el 1,7% de la población (barómetro de junio de 2017).

Una sociedad que piensa así no demuestra una voluntad decidida para acabar con las circunstancias que llevan a los maltratadores a usar la violencia de género. El compromiso social no puede reflejarse solo en el deseo de acabar con la violencia de género, ha de hacerlo en acciones para lograrlo.

Quien agrede y mata es el machismo, los machistas solo desarrollan la estrategia que elaboran a su sombra, por eso cada año surgen 60 hombres nuevos desde la normalidad para asesinar a sus parejas o exparejas. Y por ello el Pacto de Estado debe ser contra el machismo, no contra la parte última de su estrategia. Es sencillo, así se entendió cuando se hizo un Pacto de Estado contra el Terrorismo, no contra los “atentados terroristas” o la “violencia terrorista”.

Debemos felicitarnos por el consenso alcanzado en este Pacto de Estado, pero el objetivo último debe ser transformar la realidad machista y violenta que tenemos, no gestionarla.

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