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Hibernar en verano

En Madrid queda el consuelo de las grandes avenidas vacías por obra y gracia del toque de queda de los termómetros

El Paseo de la Castellana, desierto, visto desde el puente de Eduardo Dato , Madrid
El Paseo de la Castellana, desierto, visto desde el puente de Eduardo Dato , Madrid EL PAÍS

Madrid es en agosto la ciudad de los fantasmas. Los cuerpos se desvanecen ante el calor inmisericorde de la tarde como aquellos frescos de la Roma de Fellini que desaparecían al contacto con el aire. Imposible saber si castiga más el cielo o el asfalto. Cuentan las ancianas del lugar que en el Madrid de los cincuenta los tacones se clavaban en la calzada. Quedaban todavía entonces paseantes heroicos. Hoy no queda nada. O quedan los turistas que intentan protegerse en madrigueras improvisadas. Bajo el toldo del autobús de dos plantas desde el que contemplan la ciudad, boqueando. Buscan las contadas sombrillas a la puerta del Museo del Prado donde pagan con sudor su ansia de arte. Se les ve corretear acelerados de sombra en sombra. Como la ardilla que recorría la península, pero más acalorados. Se refrescan como pueden en la fuente que el ayuntamiento ha colocado junto al mercado de San Miguel para que no se desplomen deshidratados. Trago de agua y selfie. Y a seguir asfixiándose mientras ven cortar jamón en este país exótico. ¿Cómo odiarlos si nos aman?

Madrid se llena de visitantes jadeantes y se queda sin sus gentes. No hay personal suficiente ni para articular la turismofobia. Y sin embargo, los que resisten no se libran de la tortura cotidiana. Parece que el calor se ha llevado los autobuses y en los vagones de metro la hora punta es siempre punta. Queda el consuelo de las grandes avenidas vacías por obra y gracia del toque de queda de los termómetros. Madrid veraniega, el sueño de un taxista: “Ojalá siempre así, pero con clientes”.

Madrid, la otra ciudad que nunca duerme, es en agosto la ciudad del letargo. Se toma la libertad de hibernar en verano. Y a lo lejos -en los apartamentos de la playa- sus vecinos aprenden a echarla de menos. Como ese amor del que hay que alejarse para reconocer sus virtudes. Volveremos todos en torbellino, para constatar una vez más que el agua –agua casi mitológica- descompone el moreno en cuatro duchas. Y que la nostalgia dura lo que tarda en llegar el primer atasco.

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