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Decidir

La sabiduría del sistema consiste en permitir que A y B convivan sin renunciar a ser distintos

La Real Academia Española de la Lengua, (RAE), en la calle Felipe IV de Madrid.
La Real Academia Española de la Lengua, (RAE), en la calle Felipe IV de Madrid.

Pocas veces nos topamos con un artículo de tan fina inteligencia como el que Pedro Álvarez de Miranda publicó en este periódico el sábado. La Academia de la Lengua decidió dar vía libre al uso de la forma “iros” junto a la recomendada “idos”. El triunfo en votación de esa permisividad con el imperativo del verbo “ir” llevó al académico a exponer los motivos de su abstención ante tal disyuntiva. Hubiera preferido, y lo razonaba, no haber tenido que votar sobre algo así. Los hablantes, y hasta los escritores que transportan la lengua de la calle a sus páginas, no veían de ninguna manera cercenada su libertad porque la Academia insistiera en el uso correcto de esa forma del imperativo. Curiosamente, votar ha roto el equilibrio perfecto, un poco como el padre que decide salir a comprar hachís para su hijo adolescente al día siguiente de descubrirle fumando porros.

Pero lo hermoso del artículo es que aportaba una luz magistral sobre la encrucijada que vive España, un país en párvulos de democracia. Debería ser leído a los alumnos cuando comiencen el próximo curso, porque, y esto es lo más importante, les viene a explicar que el lenguaje es la asignatura fundamental, porque todos los vicios, los retorcimientos y las lagunas de la libertad nacen en el lenguaje que nos damos. Uno puede escribir esta columna con cierta tranquilidad porque sabe positivamente que los lectores, al leer el título de esta pieza, comprenden que se trata de un infinitivo y no de un imperativo. Imagínense el horror de pensar que pudieran confundirse. La Real Academia, como otras instituciones, vela por la norma; saltárnoslas, adecuarlas, esquivarlas y transformarlas es un esfuerzo que requiere algo más que votar en asamblea.

No en vano, llamamos populismo a adecuar la verdad a las emociones de la mayoría. Por este camino, dentro de poco iremos a comer a una tasca y el propietario nos anunciará que ha impuesto la democracia en su local. A partir de ahora someterá a votación entre los comensales si de primero hay paella o gazpacho. Y la opción que gane se servirá a todos. ¿Es ese restaurante más democrático que el de enfrente que sirve gazpacho o paella según prefiera el cliente? Quienes han decidido que la democracia es ese lugar donde A y B se enfrentan para ver qué letra se impone, necesitan tener enfrente a una sociedad razonable y prudente que les recuerde que la sabiduría del sistema consiste en permitir que A y B convivan sin renunciar a ser distintos.

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