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Niños con apego, adultos con habilidades

Gobiernos y empresas deberían fortalecer este activo con medidas como permisos de maternidad más largos y programas de conciliación familiar

La parlamentaria australiana Larissa Waters, con su bebé en el Parlamento.
La parlamentaria australiana Larissa Waters, con su bebé en el Parlamento. EFE

“Ese niño está muy apegado a su madre”, hemos oído en infinidad de ocasiones y la impresión que dejan esas palabras es que hablan de un niño inseguro, dependiente y con más defectos que virtudes. Sin embargo, numerosos estudios demuestran que ese niño tiene más posibilidades de ser un adulto con mayores habilidades, mayor lenguaje, más autónomo y que se desenvuelva mejor en la vida adulta.

El apego se define por la Real Academia Española como la “afición o inclinación hacia algo o alguien”, palabras demasiado objetivas para reflejar el torrente de sentimientos que ese alguien o algo puede provocar en un niño y en su comportamiento futuro. En la práctica, el apego es una intensa vinculación afectiva que busca proximidad en momentos de amenaza porque proporciona seguridad, consuelo y protección. En los niños, esta relación nacida de la certeza de que sus progenitores o cuidadores van a estar ahí cuando los necesite, fue estudiada durante muchos años por la llamada teoría del apego. Concebida hace más de 50 años por el psicoanalista británico John Bowlby y posteriormente validada científicamente por la psicóloga norteamericana Mary S. Ainsworth, sostiene que la calidad de los vínculos personales durante el primer año de vida influye profundamente en nuestro comportamiento como adultos.

Últimamente, la teoría del apego está adquiriendo nuevo brío gracias a su aplicación en los jardines de infantes o en programas de coaching para ejecutivos por su interpretación de las causas que hacen que los seres humanos se comporten de determinada manera en sus relaciones con los demás. Porque, sostiene, en función del trato que hayamos recibido de nuestros padres o cuidadores, nuestro cerebro tiene un registro claro e indeleble del funcionamiento de las relaciones sociales, lo que nos permite desarrollar estrategias futuras para la supervivencia en un entorno social.

Pero la teoría del apego se desarrolló en un contexto histórico en el que las mujeres reclamaban sus derechos a la igualdad y a la independencia y eran pocas las que estaban plenamente incorporadas al mercado laboral. Las madres han sido siempre consideradas el referente principal para los niños dado que son las que más tiempo pasan con ellos, particularmente durante el primer año de vida, y las que finalmente tienen, según esta teoría, un papel definitorio en su vida adulta. Por ello, el hecho de que la mujer se haya convertido en un activo económico ha marcado nuevas tendencias.

Un informe publicado recientemente por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) sostiene que en América Latina y el Caribe las mujeres se han convertido en motores de transformación de la dinámica familiar con su contribución económica a los hogares, que ha pasado de un 28% en 1996 a un 35% en 2014. Muchas de estas mujeres son madres, por lo que en los últimos 10 años la cobertura de los servicios de jardines de infantes o de centros de desarrollo infantil se ha duplicado en países como Brasil y Chile y se ha multiplicado por seis en Ecuador, según datos publicados por el BID, aunque la calidad deja bastante que desear, según otra publicación de la misma institución.

Por otro lado, los permisos de maternidad desempeñan un papel fundamental en el apego de los niños y en sus efectos posteriores. Un estudio analizó los efectos a largo plazo del aumento de las licencias de maternidad remuneradas en Noruega a finales de los años setenta. Encontró que las madres que se vieron beneficiadas por la reforma pasaron, en promedio, cuatro meses más con sus hijos, lo que llevó a una marcada reducción (entre el 2% y el 2,5%) de las tasas de deserción escolar en las escuelas de educación secundaria y dejó ver un impacto importante en el aumento de su coeficiente intelectual.

En América Latina las mujeres cuentan con una media de tres meses de permiso de maternidad, periodo inferior al límite mínimo de 14 semanas establecido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en su Convenio 183 sobre Protección a la Maternidad. Sin embargo, Cuba y Venezuela otorgan licencias de 18 semanas con el sueldo íntegro de la trabajadora mientras que Chile y Brasil conceden hasta seis meses. En el caso de Bolivia, la trabajadora tiene su puesto asegurado durante el embarazo y el año posterior al parto, en tanto que en Panamá se asegura la continuidad en el puesto hasta un máximo de un año tras haber concluido el permiso de maternidad.

El permiso de maternidad de España es de los más cortos de los países de la Unión Europea. La baja por maternidad consta de 16 semanas ininterrumpidas que se pueden repartir entre ambos progenitores siempre y cuando sea la madre la que disfrute las seis semanas inmediatamente posteriores al parto.

Permisos de maternidad más largos, programas de conciliación familiar, promoción de la participación masculina en la crianza de los niños, regulación generosa de las horas de lactancia, centros de cuidado infantil próximos o dentro del lugar de empleo de las madres… son conceptos que deberían tenerse en cuenta hoy en día para incluir el apego, que lejos de ser un sentimiento inmaterial ha pasado a ser un activo a fortalecer tanto desde las esferas públicas como las privadas.

Florencia López Boo es economista sénior de la división de protección social y salud del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

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