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La alargada sombra de cuatro expresidentes de Francia

Macron trata de redefinir el papel exterior de su país mirando a sus antecesores en el cargo

Emmanuel Macron durante la rueda de prensa con la canciller alemana Angela Merkel el 15 de mayo.
Emmanuel Macron durante la rueda de prensa con la canciller alemana Angela Merkel el 15 de mayo. EFE

El debate puede parecer doctrinal, pero tiene implicaciones en el papel que una potencia media como Francia puede jugar en el mundo. ¿Neoconservadurismo? ¿O gaullo-mitterrandismo? Esta es la terminología que el nuevo presidente, Emmanuel Macron, usa para definir el campo de la discusión en la política exterior francesa. “Conmigo, se acabará una forma de neoconservadurismo importado en Francia desde hace 10 años”, dijo Macron el mes pasado a EL PAÍS y otros siete medios europeos. ¿A qué se refería con este término? El neoconservadurismo designa al grupo de intelectuales y estrategas norteamericanos, muchos con orígenes en la izquierda de mediados de siglo, que diseñaron y promovieron la invasión de Irak en 2003. Cuando Macron habla de neoconservadurismo, seguramente se refiere a la doctrina, suscrita por los neoconservadores, pero no solo, partidaria de intervenciones militares en el extranjero para promover la democracia en otros países. Y lo identifica con sus antecesores inmediatos, Nicolás Sarkozy y François Hollande.

Eso es para Macron el neoconservadurismo, y a él opone otra doctrina, el gaullo-mitterrandismo, inspirada en el general De Gaulle y François Mitterrand. Macron no lo formula exactamente así, pero el gaullo-mitterrandismo consistiría en reafirmar la autonomía internacional de Francia y rechazar el cambio de régimen por la vía militar.

La realidad es más compleja. De Gaulle, pese a la retórica de la grandeur y la independencia, estuvo con EE UU en momentos clave como la crisis de los misiles en Cuba. Y Mitterrand apoyó a Washington durante los debates sobre los euromisiles en los ochenta, y participó en la guerra del Golfo de 1991. Ni De Gaulle y Mitterrand eran estrictamente gaullo-mitterrandianos, ni Sarkozy y Hollande neoconservadores. Y tampoco Macron propone un giro brusco, sino una corrección en una política exterior particular. La de un país que se siente en declive pero que, desde De Gaulle, ha hecho valer una influencia superior a lo que probablemente sea su peso real.

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