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La UE o el sueño neoliberal hecho realidad

El tiempo apremia: si la Unión no corrige el desarrollo desigual en 10 o 20 años el modelo social se reducirá

Un trabajador retira una bandera europea de un salón durante el G-20.
Un trabajador retira una bandera europea de un salón durante el G-20. Getty Images

¿Qué motivos puede haber para que merezca la pena molestarse en leer un artículo académico redactado en vísperas de la Segunda Guerra Mundial por un economista y filósofo nacido en la capital del imperio austrohúngaro a finales del siglo XIX y fallecido hace 25 años?

El motivo fundamental es que en 1939, cuando residía en Londres —y después de haber obtenido la nacionalidad británica—, Friedrich Hayek proporcionó uno de los análisis más lúcidos de un futuro que tal vez no se atrevía a imaginar —unos años más tarde, iba a denunciar la “ruta de la servidumbre”, es decir, el creciente dirigismo de nuestras sociedades— pero que hoy es nuestro presente, el de los europeos del siglo XXI.

El filósofo Philippe Van Parijs lo demostró de forma brillante el otoño pasado durante una conferencia en el Instituto Europeo de Florencia. Un amplio extracto de su clase magistral está disponible en internet en inglés, con el título “Thatcher’s Plot - And How to Defeat It” (La trama de Thatcher y cómo derrotarla), y acaba de publicarse en forma de librito en Italia: La trappola di Hayek e il destino dell’Europa (La trampa de Hayek y el destino de Europa).

En un ensayo de austero título —“Las condiciones económicas del federalismo interestatal”—, Hayek reclamaba una federación europea, que, según él, permitiría garantizar la paz entre las naciones y, al mismo tiempo, imponer su utopía (neo)liberal y dejar vía libre al orden espontáneo del mercado.

Podemos disertar sin fin sobre la armonización fiscal, pero lo que prevalece es la competencia

Por una parte, porque la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas —las “cuatro libertades” adoptadas posteriormente por la UE— en un mercado único quitaría a los Estados la capacidad de intervenir en el funcionamiento de la economía y llevar a cabo políticas industriales, fiscales, sociales y redistributivas.

Por otra, porque esa restricción de la soberanía nacional no podría ser compensada ni sustituida por una capacidad de actuación colectiva de alcance federal, debido a las diferencias económicas entre los Estados miembros y la falta de un sentimiento de pertenencia a un mismo pueblo.

“¿Estará dispuesto un empleado de la City a pagar más por sus zapatos y su bicicleta para ayudar a los trabajadores belgas?”, se preguntaba Hayek. Una pregunta que él consideraba puramente retórica. Y, en efecto, da la impresión de que el padre del neoliberalismo tuvo más olfato que los padres fundadores de Europa.

Podemos disertar sin fin sobre la armonización fiscal, pero lo que prevalece es la competencia. Y las bellas palabras sobre la Europa social no cambian nada: también ahí, la armonización tiende a hacerse por abajo. Bélgica, por ejemplo, ha suavizado la regulación del trabajo nocturno para adaptarse a la legislación holandesa, con la esperanza de recuperar una parte del comercio electrónico que ha preferido instalarse en los Países Bajos.

Bélgica ha suavizado la regulación para adaptarse a la ley holandesa con la esperanza de recuperar parte del comercio electrónico que se ha ido

¿Es inevitable esta dinámica (perversa) del federalismo interestatal? Philippe Van Parijs prefiere no creerlo y advierte contra un Brexit blando, que mantenga el acceso de Reino Unido al mercado único y le permita sabotear desde fuera, mediante la desregulación y la competencia, cualquier voluntad de que el Estado vuelva a controlar el mercado.

Van Parijs dice que, si bien no es casual que la UE sea neoliberal, serlo tampoco está en su esencia. La unión Europea será lo que nosotros, los europeos, queramos que sea. Pero para tener esa “otra” Europa es necesario que ese “nosotros” sea una auténtica realidad, que seamos un pueblo europeo.

Hace falta una lengua común, sin duda, una lingua franca —que Van Parijs imagina que será el inglés, y ¿por qué no?—, pero no es lo único. Hace falta también construir un imaginario común y los cuerpos intermedios que impulsan la dinámica democrática en cada uno de nuestros países.

Está por ver qué fuerzas y qué intereses podrían respaldar a los partidarios de la otra Europa para salir de la “trampa” de Hayek, ahora que las clases dirigentes parecen decididas a aprovechar las circunstancias actuales para transformar el modelo europeo.

Y el tiempo apremia. De aquí a 10 o 20 años, la Unión, si no es capaz de corregir el desarrollo desigual de sus regiones, será todavía más heterogénea; su modelo social no solo no se habrá extendido a los nuevos miembros, sino que habrá vuelto a circunscribirse a los países fundadores; y la capacidad de actuación de los Estados, sin un rearme fiscal, será cada vez más limitada.

Aunque, mientras tanto, hayamos logrado mantener a los extremistas y nacionalistas apartados del poder (y no hay ninguna garantía), ¿tendremos todavía fuerzas y ganas de salvar la utopía europea?

Dominique Berns es periodista económico en Le Soir.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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