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Reprobados

El presidente Rajoy pide, y con toda la razón, un compromiso de estabilidad a los partidos

Los ministros de Hacienda, Cristóbal Montoro y de Justicia, Rafael Catalá, en el Congreso de los Diputados para la aprobación de los presupuestos.rn rn
Los ministros de Hacienda, Cristóbal Montoro y de Justicia, Rafael Catalá, en el Congreso de los Diputados para la aprobación de los presupuestos.

Quedan de esos padres antiguos, llamémoslos antiguallas, que al mirar las notas de sus hijos se fijan, más que en las calificaciones de cada asignatura, en las acotaciones sobre comportamiento en clase. Como esos padres de antaño a los que les importaba menos el aprobado que las reprimendas al carácter o el esfuerzo, la dedicación o el empeño del alumno. No estaban del todo desorientados sobre lo que marcaría, más efectivamente que la nota final, el destino de sus hijos. Y a ratos se echa de menos algo así en esta sociedad resultadista, que ha importado de los deportes de competición la máxima de que el que gana siempre tiene la razón. Lo sentí de nuevo al escuchar, tras la reprobación del ministro de Hacienda en el Parlamento nacional, las justificaciones de sus compañeros de partido. Bah, es solo una reprobación política, no sirve de nada, el que manda es el presidente del Gobierno.

Se admite como justificación infantil, igual que esa de los niños cuando dicen: el profesor me tiene manía, la ha tomado conmigo. Ya tenemos dos ministros del Gobierno reprobados en sede parlamentaria. Y la consecuencia es que no hay consecuencia, a quién le importa, es solo pelea política. Así que la reprobación parlamentaria es un galardón a la constancia partidista. Mala receta si luego vamos cantando las alabanzas del Parlamento, el respeto a las instituciones y la sumisión necesaria a ellas. Parece solo obligatorio ese respeto cuando el que se lo tiene que aplicar es el rival, el que desafía al Parlamento, a la Constitución, al decoro, pero no es de mi bancada.

El presidente Rajoy pide, y con toda la razón, un compromiso de estabilidad a los partidos. Pide también la solidaridad de los grupos ante los grandes desafíos económicos y sociales. Ha buscado incluso pactos con partidos nacionalistas para sacar adelante las cuentas, negando ese mantra de que con la igualdad entre regiones no se juega. Y nadie puede afearle esas acciones puras de eficaz gobernante, porque las habría practicado si estuviera en su lugar. Ahora bien, a la hora de esa petición de hacer el camino unidos, de mostrar esa fe en las instituciones, lucir reprobados por el Congreso a dos ministros tan fundamentales como el de Justicia y el de Hacienda propicia una imagen agujereada del Estado. Instituciones tan fundamentales como la que vela por el cumplimiento de la ley y la que recauda los impuestos no pueden sostener en su más alta jerarquía a cómplices políticos, más esmerados en la batallita que en el rigor de vigilar lo que es de todos.

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