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Las dos culturas de la izquierda

El populismo desprecia el compromiso de la socialdemocracia y opta por la dialéctica del antagonismo

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez.
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. EFE

Que el PP pueda gobernar pese a su patológica corrupción se debe a la división de la izquierda que le impide sumar fuerzas. ¿Por qué Podemos y PSOE resultan incapaces de negociar acuerdos mayoritarios? Es evidente que comparten tanto sus bases sociales, apenas separadas por una mera barrera generacional, como sus principales reivindicaciones y sus programas políticos, claramente compatibles al basarse ambos en un reformismo socialdemócrata en absoluto revolucionario. Entonces, ¿por qué no son capaces de negociar un programa común? Las razones que se dan son accesorias, al fundarse en cuestiones formales como el tipo de representación, o personalistas, dada la dificultad de confiar en alguien como Iglesias Turrión. Pero es posible que exista un factor más profundo, una especie de carencia congénita que veda, dificulta o hace problemático cualquier posible acuerdo.

Me refiero con ello a que en la herencia cultural de la izquierda coexisten dos culturas políticas disímiles y opuestas que resultan insolubles entre sí, en el sentido de que son tan incapaces de mezclarse como el agua y el aceite. Esto no es solo un problema español, pues se viene dando un poco por toda Europa. En el pasado ese criterio de demarcación separó y opuso al comunismo frente al socialismo, pero hoy se manifiesta preferentemente por la dicotomía entre populismo y socialdemocracia, que ha venido a heredar todo un legado histórico de incomprensiones e incompatibilidades mutuas. Y para caracterizar mejor ese infranqueable criterio de demarcación entre las dos culturas de la izquierda europea, lo sintetizaré en tres rasgos definitorios.

Ante todo la identidad colectiva, el quiénes somos nosotros, como cemento capaz de construir, integrar y erigir un sujeto político. Ambas culturas interpelan a unas mismas bases sociales heterogéneas entre sí, definibles como de clase media urbana (funcionarios y profesionales asalariados), de clase obrera (trabajadores de cuello azul) y de clase popular (empleados de servicios temporales y precarios). Pero mientras la tradición socialdemócrata trata de articularlas, estructurarlas y cohesionarlas apelando a sus intereses comunes, el populismo en cambio intenta hacerlo apelando a sus aversiones comunes, tal y como teorizó Laclau. Esto hace que la identidad populista se caracterice por su negatividad, pues necesita fabricar un enemigo del pueblo del que depende su propuesta de sujeto político. Mientras que la identidad socialdemócrata propone como objetivo positivo la creación política de oportunidades viables de ascenso social.

En segundo lugar, la estrategia o modelo de sociedad que se espera construir en el ejercicio del poder. La cultura socialdemócrata aspira al pluralismo universal incluyente, de tal modo que todos los sujetos sociales por diversos que sean logren cumplir sus aspiraciones. Un pluralismo que para Juan Linz es el mejor criterio de demarcación para trazar la frontera entre democracia y autoritarismo. Mientras que el populismo no busca desarrollar la pluralidad sino construir la hegemonía de Gramsci entendida como homogeneidad cultural, y de ahí su propensión a las purgas y las limpiezas excluyentes. Por eso la calidad democrática de la cultura populista deja tanto que desear.

Y por último, la táctica o método de competir por el poder, una vez que la lucha armada quedó descartada y las elecciones se convirtieron en “el único juego en la ciudad” (según la metáfora de Linz para definir la democracia). Pero como teorizó Elias, la competición electoral es la continuación de la guerra civil por medios incruentos. Y esto hace que competir por el poder resulte ambivalente, al basarse tanto en la negociación, el acuerdo y el pacto como en la lucha, el conflicto y el antagonismo. Pues bien, de estas dos dimensiones de lo político (que también definió Mouffe), la cultura socialdemócrata se basa en la búsqueda de compromisos de suma positiva por consenso mutuo, mientras que la razón populista tiende a exacerbar el conflicto antagónico. Y ello no tanto por una afinidad electiva con la épica del heroísmo viril (que como el valor se le supone al militante) como por puro marketing político, pues la violencia simbólica de la lucha sin cuartel parece un espectáculo más eficaz para captar la atención de la audiencia. De ahí que los populistas desprecien la tibieza del compromiso socialdemócrata y opten por la dialéctica del enemigo antagónico.

Enrique Gil Calvo es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

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