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Arquitectura por contagio

El mejor urbanismo induce, pero también permite. La mejor arquitectura contagia porque convence y los comportamientos sociales se contagian, los buenos y los malos

La Gran Vía de Madrid durante la peatonalización parcial y temporal del pasado mes de diciembre.
La Gran Vía de Madrid durante la peatonalización parcial y temporal del pasado mes de diciembre.

El mejor urbanismo ordena. Pero también da opciones. Permite la elección y, por lo tanto, apela a la responsabilidad de sus habitantes. La mejor arquitectura contagia. En ocasiones formalmente. Otras, fomentando el cuidado de los usuarios. Los comportamientos sociales también se contagian. Los que lo hacen ilusionando, con esperanza, suelen ser —o deberían ser— mucho más profundos y certeros que los que se perpetúan por algo tan paralizante y sobrevalorado como el miedo. La moral es miedo, la ética es esperanza, conciencia y educación. Ambas tienen una traducción arquitectónica.

Aunque a veces tardemos en verlo, el contagio nos rodea. He sido testigo de cómo una vivienda de Campo Baeza, la Casa en Valdemoro —el típico volumen cúbico sabiamente agujereado para hacer de la luz un elemento fundamental— propició el blanqueo de las viviendas con cubiertas de tejas colindantes. Se cogía el rasgo más visible como el más característico: la iluminación es más costosa de imitar.

En Valdemoro (Madrid) las propias casas circundantes eran a su vez pura arquitectura por contagio: idénticas, como fabricadas en serie, perpetuando un modelo que ya existe fundamentalmente por miedo o por pereza de ponerse a pensar qué es lo que uno realmente quiere o podría querer si se lanzara a pensar por sí mismo.

Cruce entre Oxford y Regent Street.
Cruce entre Oxford y Regent Street.

Algo parecido sucede en las ciudades. La reparación de los edificios, su limpieza y hasta su reconversión energética se produce, con mucha frecuencia, por contagio: tras prestar atención a los cambios de los vecinos. En nuestra comunidad de vecinos, organizamos varias excursiones –individuales- por el barrio para que cada uno fotografiara con el móvil la puerta que más le gustase. Al final, ganamos los que puestos a cambiarla queríamos que la nueva dejara pasar más luz a la entrada. Elegimos una que no perpetuara la estética Exín Castillos que se da en el centro de Madrid. No es que ganáramos los más rompedores, ganamos los menos perezosos.

También el urbanismo puede funcionar por contagio. Lo estamos viendo con la progresiva peatonalización de las ciudades más progresistas: las que aceptan que una urbe es un lugar para los ciudadanos, no solo para la nostalgia.

En su penúltima columna en El País, en la que termina augurando el desastre para la peatonalización de la Gran Vía madrileña, Azúa se lamenta de, tras una ausencia de 20 años, haber encontrado al centro histórico de Londres “Trafalgar, Soho, Covent Garden, Picadilly” devorado por las masas. Y, “aún peor, Oxford St, una de las avenidas más soberbias de Europa, es ahora un zoco peatonal y populachero”.

Más allá del despiste —el “centro histórico” de Londres no está en Trafalgar Square ni en Covent Garden sino en la City, invadida también por turistas pero además por banqueros— quisiera recordar que desde que el Conde Oxford compró los campos del antiguo camino romano, Oxford Street siempre ha sido una calle comercial, repleta de tiendas populares, económicas si quieren, entre las que sólo destacaban algunos grandes almacenes que llegaron allí precisamente por eso: porque la calle era popular.

Es cierto que hace unos años inició su peatonalización. También que para 2020 tiene previsto ser completamente peatonal, es decir, no podrán circular por ella ni siquiera los autobuses ni los taxis que ahora lo hacen. Quien quiera coger transporte público deberá desplazarse una manzana, llegar en metro o en bicicleta. Ese será el mayor cambio de una avenida que, soberbia o no, siempre ha sido popular. Y comercial.

Londres es una ciudad con una intensa vida de barrio. Los comercios globales se repiten en casi todas las calles mayores. Por eso los londinenses hace décadas que compran poco en Oxford Street, una zona reservada para turistas donde, por contagio, las tiendas se han ido haciendo cada vez más baratas. Y es que, los comercios y sus marcas, finalmente, también funcionan por contagio. Las condiciones que obtiene Zara para instalar sus tiendas en muchos centros comerciales no son las mismas que las que obtienen tiendas menos conocidas precisamente porque Zara actúa como un foco de contagio. Lo mismo sucede con las marcas de lujo: todos quieren vecinos a su altura, buscan convivir con iguales. Tal vez el paso clave para las ciudades del siglo XXI sea romper esa vecindad uniforme. Dejar de actuar por contagio. No se trata sólo de llevar la decoración alternativa a una tienda pintando las boutiques más caras con graffiti. Se trata de trasladarse a un lugar inesperado, de alejarse físicamente de la competencia para apuntar nuevos caminos. Parece un reto imposible. Pero ciudades como Roma llevan siglos practicándolo. Allí los talleres de coche, las trattorie y las boutiques de lujo conviven porque su ayuntamiento lo permite y, sobre todo, lo defiende. Saben que el vínculo que se establece entre la trattoria, el taller y los ciudadanos hace que estos reconozcan la ciudad como suya. De eso se trata: de querer y cuidar la ciudad. Por grandes que sean las dotaciones para el mantenimiento es imposible mantener algo que los ciudadanos no quieran cuidar.