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Por qué en Navarra triunfó la energía eólica

Vista de los parques eólicos desde la sierra del Perdón (Navarra).
Guillermo Abril

POR LA colina asoma un grupo de peregrinos. Cuarta etapa del Camino de Santiago. Coronan el alto del Perdón y se retratan en la cumbre. Hacia el norte, ahí abajo, se ve la ciudad de Pamplona, un hormiguero de 200.000 personas. Al sur se extiende la comarca de Valdizarbe, pueblitos diseminados aquí y allá en la falda de montes algodonados. Una frontera climática. Día de primavera. Nubosidad variable. Un cielo metálico atravesado por el sol deja caer un reguero de gotas y del asfalto surgen culebras de vapor. El viento golpea grueso, denso, duele en los oídos. Viene del Sur como un chorro y hace girar las aspas de forma sincrónica a 30 revoluciones por minuto sobre nuestras cabezas. La hilera de molinos se extiende desde la cima hacia el Oeste, punteando la cuerda de la sierra como vigías: 40 en total; 40 metros de altura cada uno (como la Estatua de la Libertad); palas de otros 20; 52,5 toneladas de acero y fibra de vidrio; 500 kilovatios de potencia. Zumban con un breve chirrido de vez en cuando y, pasada la subestación, nace un sendero hacia el origen de la industria eólica en España. Los seis primeros aerogeneradores de la sierra del Perdón. Comenzaron a girar el 18 de diciembre de 1994. Entonces parecían gigantes. “Asustaban”, dice Javier Arcelus, de 40 años, que vino a verlos con su padre siendo adolescente y hoy es el jefe de parques eólicos en esta zona, el tipo atento a cualquier imprevisto. Su garita se encuentra junto al aula donde solían venir de excursión los escolares. Era la novedad. Hoy, los paneles explicativos muestran costurones de óxido, casi un símbolo de la situación del sector en estos últimos años de frenazo en renovables. Uno de los carteles aporta: “La energía eólica es el aprovechamiento por el hombre de la fuerza del viento”. Otro: “El generador eólico es una máquina de tecnología avanzada que genera electricidad a partir del viento”.

Los seis del Perdón no fueron los primeros molinos de España. Cuando se alzaron, ya existían cerca de 400, la mayoría en Tarifa, Canarias y Galicia. Muchos eran experimentales, prototipos de escasa potencia. Ubicados en lugares asociados al viento. Comenzaron a instalarse a finales de los ochenta. En los noventa, hubo quienes se resistieron a creer que solo se podía generar electricidad en la costa. En Navarra, entonces importadora neta de energía, se colocaron estaciones meteorológicas en 21 emplazamientos. Uno de ellos, a escasos metros de donde el ingeniero Juan Otazu recuerda ahora aquel primer chispazo de la eólica: “Nadie se lo esperaba. En este punto se encontró un cañón”. Un viento constante, poco turbulento, a una velocidad media de 31,7 kilómetros por hora.

Una fábrica de palas en Lumbier (Navarra).

Otazu, de 50 años, nació en un pueblito que señala desde aquí arriba, Pitillas, de 500 habitantes. Estudió Ingeniería Eléctrica en la Universidad de Navarra. En la carrera oyó hablar por primera vez de los molinos. “Parecía una cosa de locos”. Dinamarca era el país pionero; España, un erial en pañales. Al terminar los estudios, lo contrataron en una empresa vasca llamada Ingeteam. Eran seis empleados. Llevaba los procesos de automatización en centrales minihidráulicas de EHN (Energía Hidráulica de Navarra), una compañía de capital público-privado creada para fomentar el uso de las renovables. Fueron los impulsores de las estaciones meteorológicas; la empresa de Otazu se encargó de su mantenimiento. Y cuando encontraron aquel chorro de viento en el Perdón y se trazó un plan mano a mano con la Administración, al ingeniero le tocó diseñar la conexión de los aerogeneradores a la red eléctrica. Dice que la primera vez que vio un molino fue uno de estos: “Y recuerdo pensar que era el futuro”.

“Nadie se lo esperaba. En este punto se encontró un cañón de viento”, dice uno de los ingenieros que participaron en el primer parque navarro, en la sierra del Perdón.

Lo fue. De la fabricación de sus turbinas se encargó otra empresa vasca dedicada a la aeronáutica, Gamesa, en unión con una danesa, Vestas. Ingeteam, donde trabajaba Otazu, se ocupó poco después de la traducción al español de los comandos de control. Pronto se independizaron de la tecnología extranjera. Y las compañías españolas volaron solas. El parque del Perdón se amplió hasta alcanzar los 40 molinos de hoy. En 1997 se inauguró al lado el mayor emplazamiento eólico de Europa. En 1998, EHN contaba con nueve parques en la región; el viento generaba el 20% de la energía navarra. En 2000, EHN fue premiada por el Financial Times como la mejor compañía mundial de renovables. Con el viento a favor, las empresas crecían al mismo ritmo que se implantaba la tecnología en España: con cifras de hasta tres dígitos.

Un aerogenerador con las tripas al aire en la fábrica de Barasoain (Navarra).

Hoy, Gamesa es un gigante del viento, el cuarto productor mundial de aerogeneradores. Sus turbinas suman la mitad de la potencia eólica de España (acaba de fusionarse con Siemens). Ingeteam, donde trabajaba Otazu, tiene una plantilla de 3.700 personas. Y EHN fue adquirida en 2004 por Acciona y es hoy el segundo operador español de eólica (tras Iberdrola). Su sede, desde donde controlan 8.000 molinos en todo el globo, incluidos los del Perdón, se encuentra en Sarriguren, a las afueras de Pamplona. A su lado se alza el edificio de Ingeteam. Y el de Gamesa. Y el Centro Español de Energías Renovables (CENER), dependiente del Gobierno español y el de Navarra. Hay quien llama a este lugar el Silicon Valley de la eólica. De esta tierra han salido la mayoría de patentes españolas relacionadas con los molinos. Un polo de investigación. La locomotora de la eólica en España.

Al ingeniero Juan Otazu tampoco le ha ido mal. Hoy es el director de producción de Acciona Energía. A cargo de 1.000 personas, cuida de que todas las instalaciones del planeta funcionen. Sean de eólica, termosolar, hidroeléctrica o fotovoltaica. Le tiene cariño a los orígenes. Alza la vista al molino número uno y dice: “La turbina de aquí arriba será una de las más productivas de España”. En sus inicios, lideró el podio español y los rankings de Europa. Le calcularon 20 años de vida. Los superó hace 3. Es de las viejas, sigue entre las más rentables. “Lo que ha conseguido la eólica es competitivo”, dice Otazu. “Los fondos y los bancos no quieren oír hablar de la nuclear o los ciclos combinados. Esto es el futuro”.

En 2008, el sector de la eólica daba trabajo en España a más de 40. 000 personas. Hoy, tras cinco años de ‘moratoria verde’, el empleo ha caído a la mitad.

Muchos en la región están convencidos de que una de las claves para el Big Bang se debió al emplazamiento: los molinos del Perdón se ubicaron para ser visibles desde Pamplona. Formaban parte del paisaje. De la vida cotidiana. La gente subía en romería. Se formó una conciencia. En Navarra, casi todos conocen a alguien que trabaja o ha trabajado en la eólica. El sector da empleo a unas 4.000 personas. Y las renovables cubren un 80% de la demanda eléctrica. Pero, a partir de 2005, las promociones nuevas de molinos empezaron a escasear.

El parón se replicó en toda España. Entre 2004 y 2011 se instalaron en el país dos tercios de la potencia eólica actual. Un sistema de primas y ayudas públicas aupó al país a la cima tecnológica. Pero hasta los más favorables a las renovables reconocen que se alentó un crecimiento desordenado y especulativo. En 2011, con el primer gobierno de Mariano Rajoy, llegó la moratoria verde, que echó el freno de mano. En 2008 la industria empleaba a más de 40.000 personas; hoy son la mitad. El año 2015, cuando se firmó en París el acuerdo sobre cambio climático más ambicioso de la historia, fue el más negro de la eólica en España: el incremento de capacidad fue cero; el país fue superado por India, quedando relegado al quinto puesto mundial (tras China, EE UU y Alemania). Y si en 2013 la eólica era la primera tecnología de generación, en 2015 cayó al tercer lugar (tras la nuclear y el carbón). Recientemente, el sector se ha empezado a mover gracias a nuevas subastas para instalación de energías renovables organizadas por el gobierno.

La turbina lista para ser exportada a Texas.

La industria resiste gracias a que se ha convertido en apuesta energética del planeta: las compañías españolas vendieron al extranjero el 100% de su producción en 2015, según el último informe de la Asociación Empresarial Eólica. España es el tercer exportador mundial de aerogeneradores; sus compañías, propietarias del 10% de la potencia eólica del mundo. Y en el país hay casi 200 centros de producción. Pedro Campo es el jefe de planta de uno de ellos, la fábrica de palas de Lumbier (Navarra), de Acciona Windpower-Nordex, la sexta compañía de molinos y turbinas del mundo. Las aspas que producen aquí miden 61,5 metros y superan las 15 toneladas. Terminan una cada 30 horas. “Como rosquillas”, dice Campo, ingeniero navarro que visitó el Perdón cuando estudiaba en la universidad. Los llevó el profesor de estructuras a ver las cimentaciones: “Era alucinante. Recuerdo preguntarme: ‘¿Qué saldrá de esto? ¿Hasta dónde puede llegar?’. Muchos de mi promoción hemos acabado en el sector. Nos quisimos apuntar. Rompía con la tradición industrial de Navarra, que era la automoción. Esto era diferente”.

La nave por la que nos guía recuerda al taller de un escultor con delirios elefantiásicos. El proceso es muy manual, casi artesano. Hay movimiento de operarios con monos, cascos y mascarillas. Se ven rollos de tela de fibra de vidrio. Un taller textil donde cortan el tejido. Superficies alargadas, donde colocan la fibra y la mezclan con resina epoxi (“el secreto está en esta infusión”). Y moldes tubulares donde disponen el emplasto, formando una concha que dejan curar y luego sitúan sobre otra, cerrando el cascarón con vigas y largueros en su interior. Eso ya es un aspa. Se parece al ala de un avión, que enseguida trasladan a otra estancia donde las lijan y recantean hasta dejar una superficie lisa y fría que transmite la sensación del acero si uno la golpea. En la punta, cuando gire en su emplazamiento, alcanzará los 300 kilómetros por hora y sufrirá todo tipo de inclemencias.

Los primeros molinos de la sierra del Perdón (Navarra). Se levantaron en 1994 y se convirtieron en el motor de una industria tecnológica y limpia.

No muy lejos de allí, dejando atrás valles verdes y colinas con molinos, se encuentra el Laboratorio de Ensayos de Aerogeneradores del CENER, donde los fabricantes prueban sus prototipos. Tenerlo cerca es una ventaja competitiva para la industria. Según sus responsables, solo hay cinco instalaciones similares en el mundo. En los ochenta, las aspas medían 12 metros. Esta mañana están poniendo a prueba en el hangar un par de palas de la próxima generación: rondan los 65 metros. Se ensamblarán a turbinas seis veces más potentes que las del Perdón. Su longitud cubre casi de banda a banda el Camp Nou; su circunferencia, cuando rote con el viento, contendría en su interior el campo entero. Los modelos están acoplados a una pared, atraviesan la nave de punta a punta. Con ayuda de cierres mecánicos abrazados a la pala simulan situaciones extremas: huracanes, tifones. Han probado unos 150 prototipos. Y partido 16. También los someten a una prueba de fatiga: a lo largo de dos meses, aplicándoles una vibración, simulan el paso de 20 años. Y vuelven a ensayar su resistencia al clima extremo. Si superan el recorrido, obtendrán el certificado para el uso comercial.

En este lugar también investigan sobre el uso de las renovables. Su conexión a la red, por ejemplo. Una de las críticas recurrentes es que la electricidad que genera la tecnología verde en picos de sol o viento no puede almacenarse para los días en que escasee. “Es mentira”, dice la doctora en Ingeniería Industrial Mónica Aguado, profesora en la Universidad Pública de Navarra, y responsable de una microrred experimental con la que controla el suministro del laboratorio de CENER. Sus fuentes son renovables: solar y eólica. Y en el interior de una nave cuenta con cuatro sistemas de almacenamiento: baterías de ion litio, de flujo, de plomo-ácido y supercondensadores. En función de la producción y la demanda, diseña un patrón de acopio y distribución de energía. A veces, confiesa, le toca poner en marcha el motor diésel. Pero asegura que se podría vivir 100% de las renovables si uno dimensiona correctamente el almacenamiento. Si es posible en esta isla experimental, podría replicarse en un país entero. La realidad es muy distinta: en España, el consumo final de energías limpias representa el 16,15% del total. En 2020, debería alcanzar el 20%, por mandato de la UE.

“Es inexplicable que no se apueste por esta industria para salir de la crisis”, dice Sergio Muruzábal, director de una planta de ensamblaje de aerogeneradores.

“Es inexplicable que no se apueste por esto para salir de la crisis”, dice Sergio Muruzábal mientras camina por la planta de aerogeneradores de Barasoain (Navarra), donde Acciona-Nordex ensambla nacelles (turbinas), y bujes (el morro al que se acoplan las palas). Muruzábal, ingeniero y navarro, es el director de producción. Rodeado por un trajín de piezas inmensas, manejadas por grúas y sobre las que los operarios aprietan tuercas y empalman cables, se dirige hasta uno de los aerogeneradores acabados. Tiene el tamaño de un autobús, el aspecto de una cápsula espacial y una puertecita por la cual se accede al interior. Dentro, el aspecto es el de un cerebro de mecánica primitiva. A grandes rasgos: un eje lento gira a la velocidad de las aspas (20 revoluciones por minuto); un multiplicador (la pieza más cara) eleva la rotación a 1.200 revoluciones; y las vueltas de un eje rápido permiten que el generador produzca la magia: electricidad a 12.000 voltios.

En la cápsula, hay componentes venidos de medio mundo, muchos de ellos españoles —y navarros—, como el sistema de control de Ingeteam, la compañía que participó, hace más de dos décadas, en la traducción del software del Perdón. El director de producción también conserva un recuerdo de aquel primer fogonazo: “Fui a visitarlo con mi padre. Tenía 19 años, estaba empezando la carrera, ni me imaginaba adónde se podría llegar. Fue una sensación extraña la de ser pionero, sentirse tecnológicamente avanzado: lo solemos relacionar con otros países. Esta industria genera empleo y aporta beneficios a la sociedad. Necesitamos crear un sistema sostenible en el tiempo. Pensar en el mañana. Aún nos queda abaratar procesos, ocurre en todas las industrias cuando empiezan. Pero las renovables tienen costes inferiores si calculas todos los efectos. Creo que existe una conciencia social a favor. El futuro tiene que ir por aquí. Y tenemos una ventaja: hemos sido pioneros”. La cápsula está lista. En breve partirá en camión al puerto de Bilbao. Destino final: Texas.

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Sobre la firma

Guillermo Abril
Es corresponsal en Pekín. Previamente ha estado destinado en Bruselas, donde ha seguido la actualidad europea, y ha escrito durante más de una década reportajes de gran formato en ‘El País Semanal’, lo que le ha llevado a viajar por numerosos países y zonas de conflicto, como Siria y Libia. Es autor, entre otros, del ensayo ‘Los irrelevantes’.

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