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Obligados a entenderse

En comercio como en seguridad, EE UU y China deben encauzar sus conflictos

Xi Jinping con Donald Trump
Xi Jinping con Donald Trump FRANCE PRESS

La paz y la prosperidad de todos dependen, más que nunca, de la capacidad de EE UU y China para establecer un marco de diálogo en el que, si no resolver definitivamente, por lo menos encauzar y contener los múltiples frentes que ambas superpotencias mantienen abiertos a fecha de hoy. Desde el cambio climático a la estabilidad del sistema comercial y cambiario internacional, pasando por la paz y seguridad en la península norcoreana y el mar de la China meridional, todos los caminos pasan por un acuerdo entre Washington y Pekín.

La inquietud por el devenir de esta relación está plenamente justificada tanto por la continuada hostilidad de Trump hacia China durante la campaña electoral, solo alcanzada por sus alusiones a México, como por las primeras actuaciones del presidente de EE UU, tanto durante el periodo de transición —cuando no dudó en afrentar a China estableciendo comunicación con la presidenta taiwanesa, Tsai Ing-wen— como por la designación de un equipo gubernamental manifiestamente hostil a China en materia comercial y cambiaria.

Y aunque el caos que ha dominado los primeros meses de la Administración de Trump ha permitido que las tensiones se rebajaran, algo en lo que tuvo un papel fundamental la visita a Pekín del secretario de Estado, Rex Tillerson, a mediados de marzo los problemas siguen en la mesa, incluso agravados, como es el caso del complicado dossier norcoreano, en el que el tiempo y la paciencia de EE UU parecen estar agotándose. Por eso, aunque la reunión entre Trump y el presidente chino, Xi Jinping, celebrada la pasada semana en la residencia del presidente estadounidense en Mar-a-Lago (Florida) no haya arrojado resultados tangibles, al menos ha permitido un primer intercambio de impresiones entre los dos presidentes y establecer un cauce de comunicación desde el que comenzar a avanzar.

Pero como el propio Trump ha reconocido con inusual candor delante del mismo Xi en las palabras con las que abrió la cena que le ofreció en Florida (“no he obtenido absolutamente nada de él”, dijo), no solo está todo por hacer, sino incluso por evitar que las tensiones se desborden. Porque justo después de que los dos mandatarios concluyeran su primer encuentro se conocía que EE UU había ordenado al grupo de combate del portaaviones Carl Vinson poner rumbo hacia la península norcoreana. El objetivo directo es añadir presión sobre el régimen de Kim Jong-un, al que Trump ha amenazado con una acción militar unilateral si prosigue adelante con el desarrollo de su programa de misiles balísticos intercontinentales con los que podría alcanzar con armas nucleares el territorio estadounidense. Pero el verdadero mensaje va dirigido a Pekín, protector de Pyongyang.

Trump y Xi se han dado 100 días para encauzar su relación comercial. La misma urgencia debería concederse a la apertura de un diálogo sobre seguridad. Un mundo sin acuerdo entre EE UU y China en seguridad y comercio no solo es un mundo sin gobierno, sino que además se desliza peligrosamente hacia la anarquía y el conflicto. Urge estabilizar esa relación y sentar las bases de una cooperación basada en el realismo y el interés de todos.

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