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Columna
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Robotofobia

Las clases medias están entrando en pánico al notar el aliento de la revolución de la robótica en el cogote

Un robot humanoide presentado en febrero en la Global Robot Expo de Madrid.Foto: reuters_live | Vídeo: GERARD JULIEN (AFP) / VIDEO: EPV

Primero las máquinas vinieron a por los tejedores, pero como yo no era uno, no me preocupé. Después de la disrupción del telar mecánico, el tractor sustituyó al arado y millones de agricultores dejaron los campos y se fueron a trabajar a las fábricas. Más tarde les tocó el turno a los trabajadores de las cadenas de montaje, y los soldadores fueron reemplazados por brazos articulados, pero tampoco me di por aludido mientras la industria manufacturera se llenaba de robots. Luego llegó la hora de los conductores, y los vehículos autónomos dejaron sin trabajo a taxistas, repartidores y camioneros, pero como yo tampoco era uno de ellos, no protesté. Ahora vienen a por mí, cirujano, traductor, piloto de aviación, economista, abogado o ingeniero, pero ya es demasiado tarde.

Como en la historia del pastor luterano Martin Niemöller siempre falsamente atribuida a Bertolt Brecht, las clases medias están entrando en pánico al notar el aliento de la revolución de la robótica en el cogote. Huelen el miedo que otros trabajadores, menos cualificados, han sentido históricamente ante los cambios tecnológicos. Y su reacción es, ¡oh sorpresa!, protegerse.

Como no pueden evitar que los robots les sustituyan, algo que parece inevitable, algunos plantean ponerles un impuesto y que coticen por las personas que sustituyan. Algo que no se les pasó por la cabeza a las lavanderas cuando llegó la lavadora, a los agricultores con el tractor o incluso a los actores de teatro con la televisión, aunque seguro que hubieran secundado de buena gana.

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Desde que la humanidad tiene conciencia de sí misma, ha diseñado máquinas para sustituir el trabajo. Y siempre ha visto el proceso como una liberación, no como una subordinación, o simplemente se ha resignado. Nuestra vida está rodeada de máquinas, como la lavadora, que han quitado el trabajo a alguien, y ya les hemos puesto impuestos, sobre el consumo, pero no sobre el trabajo. Cuando fijamos impuestos sobre el trabajo a los robots es porque les estamos reconociendo como iguales, no como máquinas. De ahí la robotofobia. Como la xenofobia, se ceba con aquel que se piensa diferente pero en el fondo se percibe como igual. @jitorreblanca

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