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Elecciones a salvo de ataques cibernéticos

Holanda utilizará el sistema manual de recuento de papeletas para garantizar que las elecciones sean transparentes, honestas y justas

Voto electrónico en California, Estados Unidos
Voto electrónico en California, Estados Unidos AP

Se llamaba Myers Automatic Booth y ha pasado a la historia como la primera máquina de votación automática utilizada en unas elecciones. Este armatoste se estrenó en 1892 en EE UU y funcionaba mediante un sistema de palancas mecánicas que asignaba a cada candidato su propia alzaprima. Con el tiempo, se ha ganado en sofisticación: tarjetas perforadas, máquinas de grabación electrónica directa, escaneo óptico, identificación biométrica... Pese al avance tecnológico, apenas un puñado de países (Bélgica, Estonia, EE UU, Brasil, Venezuela, India y Filipinas) han implantado el voto electrónico. Y no siempre de forma irrefutable. En algunos casos se han detectado irregularidades de libro y en otros los niveles de seguridad y transparencia han dejado bastante que desear.

Por mucho que Silicon Valley se esfuerce en demostrar lo contrario, el arte de la computación no es infalible. La urna electrónica con pantalla táctil es habitual en Bélgica, pero en 2014 un error obligó a anular 2.200 votos, y en Venezuela, que tiene el proceso automatizado, se han denunciado reiteradas anomalías. En Brasil la urna biométrica identifica a los electores por su huella dactilar y en Estonia más del 30% del electorado usó la Red para elegir europarlamentarios. No todos se fían de estos sistemas modernos.

Alemania ha prohibido el voto electrónico para garantizar que sea público y cristalino. En consonancia, el recuento se realiza manualmente para esquivar posibles manipulaciones.

Papeleta y urna son requisitos básicos de toda consulta electoral. Aunque no los únicos: se precisan partidos políticos plurales, libertad de expresión, una campaña limpia, neutralidad institucional y un escrutinio riguroso. El Gobierno holandés considera que este último aspecto corre peligro en las elecciones del próximo 15 de marzo. Teme que “actores estatales” (¿Rusia?) intenten hackear el sistema informático empleado en el cómputo automático. Para disipar sombras de duda, las papeletas de los 12,6 millones de ciudadanos convocados a las urnas se contarán por el método tradicional: a mano, con lápiz y papel, y los resultados se transmitirán al centro de datos por teléfono, nada de iPad ni de Internet.

Holanda ha comprobado que el software de los programas informáticos no es seguro y sospecha que con un poco de pericia alguien podría interferir en los comicios. Las autoridades neerlandesas miran de reojo a EE UU, donde los servicios de inteligencia detectaron ataques a los correos de la candidata demócrata, Hillary Clinton, durante la campaña que en noviembre dio la victoria a Donald Trump.

Nadie quiere sobresaltos como el que vivió EE UU en 2000 a cuenta del escándalo por el recuento de las papeletas perforadas en Florida. Ni entonces ni ahora la tecnología debe alterar la voluntad de los ciudadanos sino que ha de servir para certificar, como decía el expresidente Jimmy Carter, que las elecciones son transparentes, honestas y justas.

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