Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Se acabó el salami

De la angustia de verse sometidos a la táctica del salami pueden dar fe tanto Ciudadanos como el propio PSOE, acorralados sucesivamente

Mariano Rajoy; el vicepresidente de la Xunta, Alfonso Rueda, y el alcalde de A Cañiza (Pontevedra), Miguel Domínguez, degustan una tapa de jamón.
Mariano Rajoy; el vicepresidente de la Xunta, Alfonso Rueda, y el alcalde de A Cañiza (Pontevedra), Miguel Domínguez, degustan una tapa de jamón. EFE

La carrera política de Mariano Rajoy, eso que algunos llaman “marianismo”, ilustra a la perfección el concepto de “paciencia estratégica”, esto es, la idea de que los que se mueven pierden, porque se exponen al fuego enemigo, agotan sus fuerzas o cometen errores. Los inmóviles suelen ganar excepto que sean tomados por sorpresa o desbordados por una fuerza superior, cosa que, parece, a Rajoy todavía no le ha ocurrido.

Si pasan a la ofensiva, los maestros de la resistencia no lo hacen exponiendo sus fuerzas al azar de una sola jugada decisiva, sino mediante la táctica del “salami”, haciéndose cada vez con pequeñas porciones de territorio enemigo, generando pequeñas crisis, ninguna de ellas de suficiente entidad como para merecer una respuesta contundente del adversario pero logrando, con el paso del tiempo, desbordarle estratégicamente.

De la angustia de verse sometidos a la táctica del salami pueden dar fe tanto Ciudadanos como el propio PSOE, acorralados sucesivamente: el primero, obligado a cambiar su exigencia de dimisión de Rajoy por un sí a su investidura obtenido como contrapartida un paquete de medidas anticorrupción que iba a suponer un parteaguas histórico (un Big Bang, dijeron sus impulsores); el segundo, al verse expuesto a la responsabilidad de ser señalado como el desencadenante de la convocatoria de unas terceras elecciones cuando la responsabilidad principal sería del propio Rajoy.

Pero el rosario de torpezas, mentiras, ocultaciones y casos judiciales acumulados están cambiando la naturaleza del juego. En un país donde el presidente del Gobierno lo es a la vez de un partido imputado por financiación ilegal, corrupción y destrucción de pruebas, la retirada del nombramiento de un exministro para un cargo en el Banco Mundial debería haber bastado como rectificación. Pero las cosas han cambiado: cuando Rajoy se disponía con su estilo habitual a cortar el trocito de salami correspondiente al caso Soria (“es un funcionario y tenía derecho al puesto”) todo el mundo se ha dado cuenta de que ya no quedaba salami. Los casos Soria y Barberá dejan a Rajoy con lo puesto. Ya no tiene de donde cortar, excepto de sí mismo. @jitorreblanca

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.