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El ‘kushti’ ya no es cosa de hombres

Jóvenes indias desafían las convenciones sociales al competir en esta lucha tradicional

Un grupo de jóvenes indias entrena junto a hombres para el 'kushti'. Ver fotogalería
Un grupo de jóvenes indias entrena junto a hombres para el 'kushti'.

Van a dar las seis de la mañana y todavía no ha amanecido en Nueva Delhi. Hace frío, y en la oscuridad de la capital india solo están abiertos los pequeños puestos de té que se preparan para servir el desayuno. Pero, en un humilde barrio de las afueras, un grupo de adolescentes vestidas con chándales de colores ya carga con sus mochilas. Por una angosta callejuela llegan hasta un peculiar patio construido en torno a una parcela cuadrada de tierra. Es lo que se conoce como akhara, el lugar en el que entrenan los luchadores de kusthi, un milenario arte marcial que muchos consideran precursor de la lucha libre y que vive un renacimiento en India.

Nada más entrar al recinto, las chicas se acercan a la efigie de Hanuman el dios mono hindú que preside el lugar desde un sencillo altar de hormigón, y le presentan sus respetos con una genuflexión. Sin perder tiempo, el grupo comienza a correr alrededor del cuadrilátero, hace flexiones, se desentumece colgándose de unas barras, y trepa por una cuerda colgada de lo alto de un árbol. La más joven tiene 12 años, mientras que la mayor apenas ha estrenado la veintena. Divya Kakran, que acaba de alcanzar la mayoría de edad, dirige el entrenamiento hasta que llega el gurú, que es como se conoce a los entrenadores de kushti.

Pero antes aparecen unos jóvenes que vienen a ejercitarse en un improvisado gimnasio situado en una esquina. Sus risas y los gestos de burla que dedican a las chicas dejan muy claro que la lucha de estas va mucho más allá del ring. “Ya me he acostumbrado a que se rían de nosotras y no me importa. Porque también me he acostumbrado a hacerles callar. Si se atreven, que se enfrenten a mí en el ring”. Las palabras de Kakran no esconden ningún farol. De hecho, es una de las pocas mujeres que, ante la falta de contrincantes del mismo sexo capaces de hacerle frente, también lucha contra hombres.

Y vaya si les gana. “Desde que comencé a competir, cuando apenas tenía seis años, ellos tenían miedo de enfrentarse a mí. No solo porque podía vencerles, sino porque una derrota supondría una humillación eterna para ellos”, cuenta con una sonrisa. Por eso, afirma que muchos padres llegan a sobornar a los jueces para que impidan la derrota de sus hijos frente a Kakran. Pero ella es imparable. Acumula ya 43 medallas de oro en torneos celebrados por toda India y fuera de sus fronteras. Ahora, su vista está puesta en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Eso, en un país como India, considerado el peor del G-20 para ser mujer, es una afrenta contra toda la sociedad.

“Desde que comencé a competir los chicos tenían miedo de enfrentarse a mí, porque una derrota supondría una humillación eterna para ellos”

“El kushti ha sido, desde tiempos inmemoriales, cosa de hombres. No solo practicarlo, también verlo”, cuenta Deepak Ansuia Prasad, exluchador y uno de los principales analistas del kushti en India. “Las mujeres no tenían permiso para acceder a las gradas del dangal —un torneo rural y siguen sin ser bien vistas allí". No obstante, un pequeño grupo de gurús, generalmente padres de niñas que mostraban interés y practicaban el deporte a escondidas, comenzó hace unos años a abogar por la apertura del esta disciplina a las mujeres. Aunque fueron vilipendiados e incluso expulsados de diferentes federaciones lograron que se hiciese valer el precepto de no discriminación por razón de género recogido en la Constitución. "Pero lo que hace Divya va contra todas las reglas tradicionales que rigen este deporte, y la aceptación social todavía está muy lejos”, apunta Prasad.

Para aumentar la resistencia física de dos hermanas, Magha y Geetanjali Luckad, el gurú decide colocarles al cuello una pesada piedra que parece una rosquilla gigante. Sudando a chorros, pero sin quejarse en ningún momento, estas jóvenes de 17 y 18 años concluyen su labor en apenas 15 minutos. “Hace tres años que comenzamos a practicar. Nos empezamos a interesar por el kushti cuando Sushil Kumar ganó la medalla de plata en Londres 2012. Al principio nuestra familia no lo vio con buenos ojos, pero ahora nos apoya. En la calle es diferente. Muchos critican que llevemos el pelo corto porque parecemos chicos. Nos dicen que así nunca encontraremos pareja”, comenta Geetanjali con una mueca de decepción.

Neha Kumari posa en su humilde casa de la capital india con sus padres en la habitación contigua. ver fotogalería
Neha Kumari posa en su humilde casa de la capital india con sus padres en la habitación contigua.

Todas reconocen que ese es uno de los principales puntos de fricción. “A mí me dicen que me deje de tonterías y que me case y tenga hijos. En las zonas rurales no se entiende que una chica prefiera pelear en tierra batida a seguir los dictados de sus padres. Pero para mí, empezar una familia ahora es secundario. Gané una medalla de oro en los campeonatos de Delhi y ahora solo pienso en dar el salto a los nacionales. Si lo consigo, honraré a mi familia mucho más que casándome con el hombre que ellos elijan. Además, así mis padres se ahorran la dote”, bromea Anu Tomar, de 20 años.

Ella tiene suerte porque su padre fue entrenador y la apoya en contra de los designios de su madre, pero muchas otras desisten en cuanto se acercan a la mayoría de edad. “Es mucha presión. Por un lado está la necesidad de entrenar muy duro, levantarse muy temprano para ejercitarse antes de ir a la escuela, y volver a hacerlo a última hora de la tarde. Es un sacrificio importante. Y luego hay que enfrentarse a todos los que se ríen de lo que hacemos y nos auguran una triste vida de solteronas. Eso, claro, si tenemos suerte y nadie nos amenaza o nos prohíbe directamente luchar”, explica Neha Kumari, de 19 años.

En su caso, todo cambió cuando comenzó a ganar torneos contra hombres, como Divya Kakran. “Mi padre y mi abuelo fueron luchadores, y no veían con buenos ojos que las mujeres practiquen kushti. Sin embargo, ninguno de ellos ha ganado una medalla, y yo ya tengo varios trofeos. He llegado más lejos de lo que ellos soñaron, y así me he ganado su respeto”. La mayoría de las que entrenan en el akhara de Delhi procede de familias humildes, en las que una de las principales preocupaciones suele ser deshacerse de sus hijas. “Para muchos, ellas suponen una carga: hay que educarlas y alimentarlas, pero se marcharán al hogar del marido, a cuya familia además hay que pagar una dote. En muchos lugares a las mujeres todavía se las considera mercancía”, cuenta la doctora Nirupama Navamani, que colabora con la ONG local Smiles on Wheels.

“Ya me he acostumbrado a que se rían de nosotras y no me importa. Porque también me he acostumbrado a hacerles callar”

Luchar contra esa percepción no es fácil. Pero resulta imprescindible si una mujer quiere emanciparse y hacer realidad sus sueños. Lo sabe bien Divya Kakran. Su familia pertenece a la casta baja sain la de los barberos y pasa por dificultades económicas. Su padre y su hermano son luchadores, pero ninguno ha logrado hacer del kushti una forma de vida. El progenitor se ganaba el pan en la construcción, el hermano trabajaba en lo que surgía, y la madre confeccionaba el escueto taparrabos llamado langot que visten los luchadores masculinos. Entonces fue ella quien dio la gran campanada. “Yo siempre había estado en una esquina preparándome en secreto. Un día, en un campeonato rural decidimos aceptar apuestas en una pelea de chicos contra mí. Gané en dos minutos, la gente se enfadó, y tuve que enfrentarme a otro luchador más mayor que yo". Lo venció en 18 minutos y se embolsaron 3.000 rupias (unos 40 euros). A partir de ahí, comenzó a viajar por el país para competir y logró que un gurú le entrenase. "Así comencé a hacer dinero para la familia”, recuerda la joven.

Gracias a ello, en su pueblo natal en el norteño Estado de Uttar Pradesh han dejado de considerar a Divya una desgracia. Es más, después de haber logrado un oro en un campeonato asiático de lucha libre, un diputado de Delhi decidió ayudarla económicamente. Aunque continúa viviendo en una humilde casa del barrio de Gokulpur y todavía tiene deudas, ahora entrena en un gimnasio completamente equipado y se ha convertido en la heroína de quienes abogan por la profesionalización de las luchadoras de kushti. “Cuando me llaman para dar algún discurso siempre incido en la necesidad de que el entrenamiento no interfiera con los estudios, porque todos los deportes ofrecen una carrera corta. Yo estudio Educación Física y espero poder inculcar la pasión por el kushti a quienes terminen siendo mis alumnas”, explica Kakran.

Hacia las ocho de la mañana, tras una dura sesión en el akhara de Delhi, la mayoría de las chicas coge sus bártulos y se va a clase. Quienes se reían de ellas ya no abren la boca, y Kakran les dedica una sonrisa socarrona. Ella continúa con su rutina diaria: toca gimnasio. Más de 2.000 flexiones y abdominales, pesas, media hora de carrera sobre la cinta. “Del kushti me gusta también su filosofía, porque no es solo un deporte. También es una forma de vida”, comenta la deportista. Mohit Saroha, abogado que representa a la asociación de kushti de India, lo explica en más detalle. “El sexo, el alcohol y el tabaco están totalmente prohibidos, y la dieta se reduce a chapatis tortas de trigo, ghee manteca, huevos, almendras, y leche. De estos deportistas se espera que lleven una existencia ejemplar, como la de los monjes”, cuenta.

Unmati Rathore afirma que ellas compensan la fuerza de los hombres con maña. ver fotogalería
Unmati Rathore afirma que ellas compensan la fuerza de los hombres con maña.

Kakran solo se permite un descanso después de comer, porque a la tarde toca la segunda sesión en otro akhara de la capital. Esta vez sobre tatami y con luchadores varones profesionales. Pasado mañana se celebra el campeonato oficial de Delhi y aquí nadie se burla de ellas. “Puede que la mayoría de los hombres indios vean a las mujeres como meras amas de casa a su servicio. Pero en las ciudades la percepción está cambiando rápidamente, y los magníficos resultados de las luchadoras de kushti, que van ligados a importantes ganancias económicas, sin duda ayudan”, comenta Ikram, el entrenador del equipo oficial de la capital.

También está el creciente reconocimiento internacional de quienes, como Kakran y Kumari, acceden a la selección de India. “Hay que acostumbrarse al cambio en la superficie, porque el tatami es mucho más rápido que la tierra . Además, algunas reglas son diferentes, los asaltos duran solo dos minutos y muchas veces se gana por puntos. Pero te acostumbras rápido”, apunta Kakran, que ganó la única medalla de oro de India en el campeonato asiático de cadetes de hace dos años.

Su ejemplo es un aliciente para muchas. “Yo quiero que el kushti sea algo más que un deporte y me ayude a tener una personalidad tan fuerte como la de Divya”, reconoce Unmar Rathore, que tiene 14 años y lleva dos entrenando. “Sé que practicarlo supone dar la espalda a lo que se espera de nosotras, y que la mayoría ni entiende por qué lo hacemos ni lo aprueba. Pero lo único que me preocupa son las lesiones . Sobre todo porque si me impidiesen continuar, sería como concederle la victoria a toda la gente que dice que nosotras no valemos para esto”.

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