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Columna
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‘Primavera patriótica’

El 'Brexit' ha dejado de ser un proceso circunscrito a un país para convertirse en el síntoma de un continente

Un reportero de televisión sostiene una bandera británica en la Bolsa de Frankfurt.
Un reportero de televisión sostiene una bandera británica en la Bolsa de Frankfurt.Thomas Lohnes (Getty Images)

Una ola de patriotismo invade Europa. Ese emblema, Primavera patriótica, fue el elegido por ocho líderes de la ultraderecha europea hace una semana con la jefa del Frente Nacional a la cabeza, Marine Le Pen, en la ciudad de Viena.

En realidad, Primavera patriótica es el discurso ganador del Brexit, porque el Brexit ha dejado de ser un proceso circunscrito a un país, para convertirse en el síntoma de un continente. Europa ya se había brexitado antes de que se produjera el resultado británico. Al declive de los Estados soberanos le acompaña en un movimiento de melancolía política, esa “democracia amurallada” a la que llaman patria. Este es el marco ganador: la Europa de las naciones, la Europa a la carta, la soberanía de los pueblos.

En un momento en el que la desigualdad es transnacional, como lo son las comunidades de riesgo, el terrorismo o la inseguridad ambiental de la que nadie habla, incluso el populismo de izquierdas reacciona retomando marcos y valores conservadores. Por mucho que se quiera edulcorar la idea de patria hablando de soberanía del pueblo, en realidad el debate político está delimitado por un marco conservador que no se resignifica, más bien se refuerza.

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La patria no es una situación política, es una emoción. Cierto que el material del que está hecha la política son las emociones, como han demostrado importantes sociólogos. Pero esas emociones se pueden politizar en muchos sentidos, y más importante aún, son susceptibles de vincularse a principios y valores que pueden ser progresistas o conservadores.

El marco de “la patria” conforma una visión política de repliegue, sigue una línea de demarcación bajo la lógica de quién pertenece y quién no, quién es pueblo y quién no. El valor en juego es la preservación. Difícilmente puede hacerse compatible con un sentimiento de pertenencia a un espacio político común bajo la identidad de una ciudadanía europea. Porque el valor en juego aquí es el de la solidaridad. Esa solidaridad solo es posible cuando hay conciencia de pertenecer a una misma comunidad política más allá de las fronteras nacionales. A esto se quiso llamar “ciudadanía europea”. El marco progresista que ha perdido.

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