MIRADOR
Columna
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Nanocosas

Los robots más útiles, para bien y para mal, serán los que no se parezcan a nosotros en nada

Un robot hace las funciones de informador en un centro hospitalario.
Un robot hace las funciones de informador en un centro hospitalario. JOHN THYS (AFP)

Olvide todo lo que sabía de los robots. La ciencia ficción más popular del siglo XX hizo un esfuerzo entrañable por pintarlos con dos patas —¿piernas?— y una cabeza con dos ojos atónitos, con más o menos capacidades de razonamiento y hasta de sentimiento, pero construidos a imagen y semejanza de su creador, el homo sapiens. Uno de los autores más inteligentes del género, Isaac Asimov, llegó a formular las tres leyes universales de la robótica: (1) No atacar a los humanos; (2) obedecerles salvo conflicto con lo anterior, y (3) autoprotegerse salvo conflicto con todo lo anterior. Pero incluso Asimov imaginó a sus robots de ficción con un diseño antropomorfo, y con unos “cerebros positrónicos” que consistían en una mera extrapolación de los nuestros (o al menos del suyo).

Pero los tiros de la vanguardia robótica no van exactamente por ahí. El científico de la computación e inventor del Palm Pilot (el primer ayudante personal digital, PDA), Jeff Hawkins, lleva años insistiendo en que el objetivo de la robótica no es construir un ser humano: dice que eso ya lo sabemos hacer muy bien, y en solo nueve meses. Los robots antropomorfos no son producto del exceso de imaginación de los escritores, sino más bien de la falta de ella. Los robots más útiles, para bien y para mal, serán los que no se parezcan a nosotros en nada.

Tomen por ejemplo el ingenio que Daniela Rush y Shuhei Miyashita, dos científicos del MIT (Massachusetts Institute of Technology, en Boston) han presentado en la última Conferencia Internacional de Robótica y Automatización, celebrada en Estocolmo el mes pasado. Si se parece a algo, es al envoltorio de un chicle, solo que mide menos aún. De hecho. Está diseñado para que se lo trague un niño y, una vez llegue a su estómago, localice un objeto extraño, como las baterías de relojero que estas larvas de humano tienden a comerse por alguna razón, lo envuelva con su manto protector y lo acompañe hacia la puerta trasera sin dañar el intestino. Todavía no se ha probado en humanos, así que sigan intentando evitar que el niño se coma las baterías.

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O tomen la flota de nano-robots que el físico Stephen Hawking, el magnate ruso Yuri Milner y el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, proyectan enviar en 20 años a Alfa Centauri, la estrella más próxima a nuestro sistema solar. Gracias a lo muy distintos que son de nosotros, estos robots podrán viajar a 200 millones de kilómetros por hora y llegar a tiempo a su cita estelar.

Ni imagen ni semejanza: ese es el futuro.

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