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El que lo sabe todo

Qué pena que los dilemas morales hayan desaparecido. Siempre tenemos claro el veredicto

Pepote, declara en el juicio del caso Noos en febrero. Iñaki Urdangarin, en la derecha de la última fila; la infanta Cristina, a la izquierda.
Pepote, declara en el juicio del caso Noos en febrero. Iñaki Urdangarin, en la derecha de la última fila; la infanta Cristina, a la izquierda.

Hace tres meses viajé a Palma de Mallorca para asistir a una sesión del juicio Nóos. Mi visita estaba justificada por el compromiso de escribir una crónica que nunca cumplí. Y no porque no encontrara el asunto de interés, al contrario: tras escuchar toda una mañana al examigo de Urdangarin, el apodado Pepote, pensé que los mimbres de aquel juicio eran oro puro como para desperdiciarlos en un artículo. Para el ejercicio de la información ya están los periodistas, que van relatando con rigor y conocimiento de esta causa y de muchas otras lo que el juicio da de sí. Pero a mí aquel ambiente me llenó la cabeza de pájaros. La culpa la tuvo en parte el periodista Andreu Manresa, que ahora dirige la televisión balear, pero que ha ido cubriendo las visitas de la Casa Real a Palma desde aquellos tiempos en que a nadie se le ocurría esbozar una crítica a los movimientos de Juan Carlos I, hasta ese extraño día en que Iñaki Urdangarin, ya imputado, tuvo el cuajo de hospedarse en Marivent y echarse unas carrerillas matinales por los jardines del palacio, ante la mirada estupefacta de los reporteros. Fue seguramente su última carrera por terreno monárquico.

Ahí, en todos esos cambios paradigmáticos en la España de los últimos 30 años, ahí, estaba Manresa, convirtiéndose, a fuerza de crónicas desde la isla, en un sólido periodista. Y ahora yo lo tenía enfrente, cenando los dos en Portixol, uno de esos establecimientos clásicos de la Palma burguesa donde bien pudieran haberse dado cita Urdangarin, Pepote, el socio Diego y las señoras de los tres, en ese pasado reciente en que hasta soñar se veía compensado con dinero público.

Fue durante aquella cena frutal, en un día laborable en que el restaurante languidecía por estar casi vacío, cuando comencé a fantasear no con una crónica sino con una serie de ficción, una serie en la que el personaje central que vertebrara esta historia psicológica-judicial fuera un periodista, sabueso como un detective, que conociera como nadie los secretos de ese espacio algo claustrofóbico que es una isla; un periodista al estilo del comisario Brunetti de Donna Leon en Venecia. Al fin y al cabo, Venecia y Palma son dos ciudades que se repliegan en sí mismas para protegerse de la invasión turística y acaban siendo ricas en secretos susurrados entre los nativos. Un periodista sabio que observara al estilo del Maigret de Simenon los movimientos de unos y otros, los abrazos y los desplantes, que fuera unas veces receptor de chismes y otras alguien a quien conviene evitar. El protagonista de la serie que comenzó a crecer en mi imaginación es alguien que lleva años observando a ese advenedizo elevado a duque, al experto en desplegar banalidad y simpatía por los restaurantes que albergaban a veraneantes selectos. Ahí están los personajes: el duque arribista; su fiel escudero Pepote, que más tarde, arrepentido, declarará que si facilitó contactos al acusado no fue por dinero sino por sentido del deber, y el socio Torres, que se huele el negocio en cuanto tiene al duque por alumno e imagina el tándem perfecto: uno cavila la estrategia y el otro aporta la posición social y el encanto. Y, claro está, la mujer del duque, la infanta enamorada que nos resulta enigmática por no llegar a saber si actúa con astucia o ignorancia.

En estos tiempos en que todos sentenciamos al imputado mucho antes de que se siente ante el juez, me tranquilizaba imaginar esta historia regida por las normas de la ficción, utilizar solo los recursos psicológicos, sin juzgar, penetrando, a través de la mirada de nuestro periodista, en la mente del codicioso insustancial, de su mujer enamorada y enajenada, del socio caradura. Todos ellos inseparables en los tiempos de bonanza y traicioneros en cuanto la cosa se pone fea. Y al otro lado, la ley, los hombres de la ley, el juez y el fiscal, dos pesos pesados que han compartido procesos y viven mecidos por la honorabilidad social en la pequeña ciudad serena. Dos hombres que se acaban enzarzando en una pugna paralela: uno sostiene la culpabilidad de una princesa y el otro defiende su inocencia. Unos dicen que el juez está presionado por el sentir popular; otros, que el fiscal favorece a la Infanta. Pero la guionista de esta historia no ha de respaldar ni la tesis del uno ni la del otro. Es más, debe provocar un dilema moral en el espectador. Qué pena, por otra parte, que los dilemas morales hayan desaparecido de la vida real. Todos tenemos siempre claro nuestro veredicto.

Terminamos nuestra cena y fuimos caminando hasta el coche. Manresa, un caballero, me dejó en el hotel. Yo le dije: “Eres el que lo sabe todo, tendrás que escribir un libro cuando esto acabe”. Aunque pensaba: “Eres el protagonista de mi película, la que desde esta noche ronda en mi cabeza”.