Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Escritores en tiempo real

Ser perseguido solo por hablar va a más y la libertad de expresión adelgaza a todas luces

Público en la  75 Feria del Libro de Madrid.
Público en la 75 Feria del Libro de Madrid. EFE

En los tiempos que corren, en una Europa abocada a un encuentro fatal con sus fantasmas, nunca muertos del todo, nunca desvanecidos de las mentes, los escritores somos seres extraños. Nos hacemos preguntas incisivas, dolorosas, aunque sabemos que no tenemos más que una respuesta posible y no siempre práctica: la de decir. Decir las cosas, decirlas de verdad, pensarlas y escribirlas, publicarlas y asumirlas, a veces denunciarlas. Decir las cosas para que los demás también las digan. Muchas veces somos un inicio, solo eso. ¿Y decir qué cosas? Las que revuelvan las cabezas de los demás con ideas y emociones justas y fértiles. Las que reafirmen los valores conquistados que nos fundan como una sociedad libre, abierta, generosa y plural, a la que contribuimos a construir como ciudadanos. Pero vivimos, ay, una época que empieza a hacerse densamente confusa. Entonces, los escritores despertamos teniendo algo que decir y que decirlo ahora. Sin embargo, repito que somos seres extraños. Extraños, incluso, a la misma sociedad que nos reserva el papel de “relatores de la realidad”.

Todos los escritores, los vivos y los muertos, formamos una especie de red neuronal, genética, sin las barreras del tiempo ni del espacio; somos una célula de un tejido mayor que se prolonga en millones de páginas. Cuando nos sentamos a escribir, desde los tiempos de Homero hasta hoy, estamos todos ante un abismo similar: el abismo de tener que relatar una historia por encima de todo. Relatar una y otra vez. Porque el relato es infinito. Siempre que un escritor escribe, prolonga la aventura de la vida, invita a elegir nuevos caminos por donde avanzar.

Pero no nos engañemos: la importancia que tiene el escritor nunca es mucha. No somos importantes, aunque a veces somos admirados. Y entonces nos dan premios. Y también a veces somos temidos. Y entonces tratan de eliminarnos y de callarnos. Este absurdo destino entre el premio o el desprecio nos confunde y nos presiona. Quizá por ello nunca tenemos paz interior. Creo que ningún artista tiene paz interior. Vivimos en el desequilibrio. Desquiciamos el mundo.

Con muchas limitaciones, los escritores ofrecemos lo que tenemos: una vida privada. En esto somos generosos. Se la ofrecemos como fábula a los lectores: nuestros temores, nuestras dudas, nuestros consuelos, nuestras alegrías o nuestras desesperanzas. También les traemos la diversión, la risa, la deformidad, la burla. Escribimos, además, sobre lo que ya no vuelve nunca. Y procuramos que el lector sienta. Sólo así, mediante la emoción, mediante el sentimiento, se puede comprender al otro.

Algunos tan solo son “juntadores” de palabras. Y algunos, es cierto, pueden ser tóxicos. Pero yo me estoy refiriendo aquí a la gran mayoría de los escritores como colectivo heterogéneo. Y quiero recordar que hay en el mundo muchos escritores cuya voz es silenciada por ser escritores. Ser perseguido solo por hablar va a más, la libertad de expresión adelgaza a todas luces. Por eso, no podemos eludir que, aunque tangencialmente, a los escritores nos toca hablar a nuestro tiempo y al futuro de nuestro tiempo. Y nos toca hacerlo con valentía, por mucho que nos acomodemos en el sillón de la autocomplacencia y no nos guste el riesgo, ya que escribir no es ser soldado, decimos, aunque parezcamos un ejército. No, no somos un ejército, pero tampoco un colectivo meramente nominal, como si de profesionales asépticos se tratara. Somos, más bien, una raza transversal con capacidad de enfurecimiento.

No me cabe duda de que los escritores, hoy, en Europa, debemos alzar la voz como colectivo para dejar claro que nuestros libros, traten de lo que traten, nuestra actividad y nuestras palabras son un gesto contra la exclusión, contra la xenofobia, contra la intolerancia, contra la radicalización de ultraderechas y ultraizquierdas, contra la desigualdad, contra las doctrinas, contra las injusticias, contra las ideas retrógradas, contra la represión de cuerpos y mentes, contra las políticas que criminalizan a los refugiados, a los pobres, a los diferentes, a los insumisos y a cualquier colectivo que adopte una heterodoxia, aun a su pesar. Porque los escritores, si algo somos desde Homero, es heterodoxos a nuestro pesar.

Los escritores no somos parte del “discurso oficial”, no estamos dentro del puño de nadie. Sólo por esto tal vez sí seamos importantes, después de todo. Porque nuestra palabra siempre es leída, siempre es escuchada. Da igual cuántos sean los lectores: siempre hay un lector en alguna parte al que decirle algo que acabe importándole.

Adolfo García Ortega es escritor.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.