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Salir de la trampa

Hay que rescatar de la amenaza de ruina a nuestro sistema representativo, el único inventado que garantiza la libertad de la que se vio privada la generación hoy jubilada durante la mitad de su vida

Salir de la trampa

Ocurrió en marzo de 1980, en Vanderbilt, durante uno de los primeros coloquios sobre la Transición organizados por universidades de Estados Unidos. Un grupo de escritores, periodistas e hispanistas se reunió para hablar de la Transición en plena oleada de desencanto, extendido ante una democracia que José Luis López Aranguren había despreciado por considerarla “implantada por los franquistas, en continuidad rigurosa, incluso desde el punto de vista de la legalidad, con el régimen anterior”. Reinaba entre los participantes cierta frustración por tantas expectativas incumplidas y tuvo que ser alguien llegado de fuera, el británico Raymond Carr, quien frente a tanto malestar y desencanto afirmara que España era ya —marzo de 1980— “una auténtica democracia y quienes critican a Suárez y a su partido pueden en las siguientes elecciones desplazar a ambos”. La democracia tiene más que ver con las reglas que regulan el juego político que con el contenido de una determinada política, recordaba Carr, que terminó expresando su “esperanza de que ni los españoles ni los observadores extranjeros de España exploten el desencanto para que no se convierta en profecía autocumplida”.

Se autocumplió la profecía, como es bien sabido, pero con un resultado contrario al temido por unos, esperado por otros: el intento de golpe de Estado de febrero de 1981 disolvió buena parte de ese desencanto, del que un buen puñado de intelectuales con tribuna en EL PAÍS —con Aranguren a la cabeza— había sido muy habitual vocero, dejando paso, primero, a una suspensión del ánimo y luego, desde el triunfo socialista, a una creciente sensación de éxito, de haberlo logrado.

Como escribirá, por todos, Javier Pérez Royo, el Estado construido desde la Transición no solo era el más legítimo sino también el más eficaz de nuestra historia, y el sistema electoral aprobado entonces era el único que había funcionado en España, nada menos que “desde el neolítico”, con regularidad y de manera satisfactoria por haber sido producto de un acuerdo básico “extraordinariamente mayoritario de nuestra sociedad”. Legiones de sociólogos, politólogos y constitucionalistas, españoles o extranjeros, publicaron muy sesudos análisis para mostrar que la Transición española había sido un éxito en toda regla, hasta el punto que de ella podía derivarse un modelo teórico con validez para América Latina, para la Europa del Este y, si se ponía a tiro, también para África.

Lo que afirmaban tantos cultivadores de ciencias sociales e incluso de humanidades —los historiadores se sumaron muy pronto al mayoritario consenso alcanzado entre sociólogos y politólogos— extendió por la sociedad española una sensación de orgullo. Sí, señor, por una vez en la más que centenaria historia del Estado liberal, dejamos de derramar lágrimas de dolor sobre la anomalía y el fracaso de España para disfrutar de un sentimiento de normalidad, de ser, por fin, como el resto de los europeos. Un sueño que la generación de quienes ahora vamos haciendo mutis había acariciado desde los años de su despertar de la conciencia política, en medio de una horrísona dictadura militar, católica y fascista. Quisimos ser como los europeos ¡y ya lo éramos!; incluso en lo que se refería al sistema de partidos que, según nos enseñaban nuestros politólogos, gozaba de un amplísimo, extraordinariamente mayoritario, apoyo en la sociedad.

Cegada por el éxito, la democracia se dejó caer en un exceso de orgullo y arrogancia

Que la misma generación pasara de las expectativas acariciadas en su juventud, por el desencanto cultivado de su primera madurez, al disfrute sin límite del éxito en la plenitud de su edad facilitó que se precipitara —ella y su invento— en lo que David Runciman ha definido como la trampa de confianza que de manera más o menos cíclica afecta a las democracias. Es la trampa en la que se cae por un exceso de orgullo y arrogancia que impide percibir la inmediatez del desastre que se avecina y bloquea los recursos para reaccionar a tiempo. La democracia sería así el único sistema político que convierte los motivos de un triunfo en causas de una crisis: mientras se sube, el exceso de confianza mueve energías antes dormidas; pero al llegar arriba, provoca la ceguera que conduce al fracaso. Haber triunfado, o mejor, haber triunfado tanto como generación a una edad en la que el futuro todavía pesa más que la memoria, se convierte al final en el motivo de una gran caída, de un derrumbe como tal generación.

Pero la historia sigue y la democracia, si ha llegado a consolidarse en las instituciones y en la cultura política de la sociedad, acaba por generar entre las nuevas generaciones, que sufren la caída desde el fondo de la trampa, suficiente energía para salir de nuevo a la superficie y reanudar la marcha. Reanudar quiere decir, en este caso, que no se trata de emprender una nueva transición a no se sabe dónde, guiados por algún nuevo caudillo, sino de rectificar la dirección que condujo al desastre y que hoy nos la tenemos bien aprendida: la que, burlando la democracia, acaba construyendo un sistema político sobre redes familiares y clientelares, sobre relaciones de parentesco y amistad que convierten al Estado en patrimonio de un conglomerado constituido por la clase política, los negocios privados y los intereses financieros. Un camino, pues, que al abrir las puertas a una corrupción sistémica, acaba por erosionar al Estado, desmoralizar a la Administración y desmantelar los bienes públicos.

Administración neutral, rendición de cuentas, imperio de la ley: no hay mucho más que descubrir

No será fácil, en las condiciones actuales y con un sistema de partidos en plena transformación, salir de la trampa en la que nunca debimos haber caído, para volver a la senda de la que nunca tendríamos que habernos desviado; la que exige hoy una profunda reforma de nuestra deteriorada democracia sobre la base ya secular que teorizaron nuestros ancestros: el imperio de la ley, la neutralidad e independencia de la Administración Pública y la rendición de cuentas de la clase política.

No hay, en realidad, mucho más que descubrir; no hay nuevas transiciones que emprender, ni nuevas democracias participativas o comunitarias que inventar, siempre bajo la férula de un líder carismático conduciendo al pueblo —o a la gente— a su salvación. Lo que de verdad se precisa es rescatar de la amenaza de ruina a nuestra democracia representativa, único sistema de la política inventado hasta el día de hoy que garantiza la igualdad ante la ley, la separación y el equilibrio de los poderes del Estado, la fortaleza de la Administración, la calidad de los bienes públicos, los derechos de las minorías contra los abusos de las mayorías y el ejercicio de la libertad de expresión y de la libre organización de las corrientes de opinión. Esa libertad de la que se vio privada durante la mitad de su vida la generación hoy jubilada y cuyo ejercicio puede poner de nuevo sobre sus raíles a esta democracia que un día, cegada por el éxito, se dejó caer en la trampa de la confianza.

Santos Juliá es historiador.

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