Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Abuso no, violación

Nuestra lectura de la historia de James Rhodes favorecerá que el escarnio y la vergüenza lo sufran los criminales

James Rhodes, junto al actor Benedict Cumberbatch (con el libro del músico en sus manos), ante el Tribunal Supremo de Londres en mayo. 
James Rhodes, junto al actor Benedict Cumberbatch (con el libro del músico en sus manos), ante el Tribunal Supremo de Londres en mayo. 

Seguro que usted ha tratado, aun sin saberlo, alguna vez en su vida con un adulto que fue víctima de una violación en su niñez. Tal vez ha sido un compañero de trabajo, una amiga, la señora que le hace la limpieza o la maestra de sus hijos; pero el drama de una violación infantil suele ser el secreto mejor guardado de las víctimas. No pueden hablar porque sienten vergüenza de lo que pasó y una culpabilidad confundida, que les convierte en cómplices de la tortura a la que fueron sometidos. James Rhodes, pianista de música clásica, creador de un nuevo lenguaje para divulgarla, que luce un estilo desaliñado y cool más propio de una estrella del pop que de intérprete apasionado de Chopin, lo ha contado. Lo ha contado todo en un libro que corta el aliento, Instrumental. Memorias de música, medicina y locura. No es una historia que se pueda juzgar literariamente, porque lo que ofrece Rhodes es el testimonio de una herida, la que destrozó su vida y la que en parte cicatrizó, al menos para permitirle amar y no refugiarse en el victimismo, gracias a la música. El pianista recuerda cómo cuando tenía seis años el profesor de gimnasia del colegio lo engatusó para que se quedara con él a recoger la sala. Y el niño se sintió elegido, halagado; esa cercanía con el profe le compensaba el complejo que le producía ser chiquitillo y no demasiado audaz para la educación física. El pequeño James era una de esas criaturas angelicales, poco machote, delicado. Un niño monísimo, le repetían todo el tiempo. Y el rudo profesor de gimnasia lo eligió para que fuera su ayudante. De los seis a los diez años este individuo cometió todo tipo de tropelías con él: “Abusos. Menuda palabra. Violación es mejor. Abusar es tratar mal a alguien. Que un hombre de cuarenta años le meta la polla por el culo y a la fuerza a un niño de seis años no se puede considerar abuso. Es una violación con ensañamiento que provoca múltiples operaciones, cicatrices (externas e internas), tics, trastorno obsesivo-compulsivo, depresión, ideación suicida, enérgicos episodios de autolesiones, alcoholismo, drogadicción, los complejos sexuales más chungos, confusión de género (“pareces una chica, ¿estás seguro de no eres una niña?”), paranoia, desconfianza, una tendencia compulsiva a mentir, desórdenes alimenticios, síndrome de estrés postraumático, trastorno disociativo de la personalidad, etcétera, etcétera”. Nadie percibió su dolor. Solamente una maestra que vio al niño raro, lloroso, reticente a entrar en la clase de boxeo, pero pensó que la criatura acusaba la violencia de la clase y que ésa era la razón por la que en más de una ocasión le hubiera visto una mancha de sangre en las piernas. Protestó a la dirección pero no le hicieron caso. Los padres, sin maldad pero con falta de atención, no cayeron en la cuenta de que si el carácter de su hijo había cambiado tan drásticamente había que buscar la causa. James Rhodes sufrió las consecuencias psíquicas de haber sido violado en la niñez a los ojos de las personas que le querían, tuvo su ayuda y su consuelo, pero no verbalizó de dónde venía su angustia hasta que fue adulto. Su experiencia, tan desoladora como esperanzada, resumida en estas memorias de lenguaje directo, a veces ordinario, sin miramientos, puede servirle hondamente a aquellos que pasaron por el mismo calvario. Es aterrador, como Rhodes dice, que al final sepamos más de los violadores que de las víctimas; del asqueroso de Jimmy Savile, la estrella televisiva de la BBC que fue protegido por la policía y por los medios, que del innumerable grupo de niños y niñas que pasaron por sus manos en las mismas instalaciones de la cadena.

James Rhodes da voz a las víctimas. Cuenta aquello que no queremos escuchar o leer. Porque es difícil leerlo, pero más todavía prestar oídos: ¿han escuchado alguna vez el relato de alguien que fue sometido a violaciones sistemáticas en la infancia, alguien que te dice, es la primera vez que lo cuento? Pues sobrecoge. Y no siempre se está a la altura. La primera esposa de Rhodes, madre de su único hijo, depositaria del secreto de su marido, no quiso, sin embargo, a pesar de todo lo que le había ayudado en un principio, que este libro se publicara. Por miedo, dijo, a que causara un trauma en el niño de ambos. Y peleó legalmente por que se prohibiera hasta que el Tribunal Supremo autorizó la publicación. Si la sentencia no hubiera sido favorable al músico, éste habría tenido que silenciar su tortuoso pasado de por vida. Por tanto, hay que celebrar que podemos tener esta historia entre las manos: nuestra lectura favorecerá que el escarnio y la vergüenza la sufran los criminales, nunca sus víctimas.

Y luego está la música, desde luego, el bálsamo milagroso de los grandes clásicos. Deberían leer este libro también aquellos que retiran la enseñanza musical de los programas educativos. Qué necios.