Editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Después de Mas

El Parlament niega su elección. Peor: la impugna. El presidente saliente debe irse

Un gesto de contrariedad de Artur Mas en su escaño, durante la segunda jornada del debate de investidura como candidato a la presidencia de la Generalitat.
Un gesto de contrariedad de Artur Mas en su escaño, durante la segunda jornada del debate de investidura como candidato a la presidencia de la Generalitat. ANDREU DALMAU (EFE)

Si Artur Mas exhibiese fuste de líder, reciedumbre moral y envergadura histórica no se habría arrastrado ante las radicales exigencias de la CUP para templar gaitas, congraciarse con los postulados antisistema, implorar dos votos e intentar asegurarse así su reelección como presidente de la Generalitat de Cataluña.

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Para actuar como una persona de convicciones, y no de meras conveniencias personales, se necesita algo más que la deslealtad táctica (agrupa a unos y otros para desestabilizarlos después), el engaño leguleyo (promete atenerse a la legalidad y enseguida perpetra ilegalidades) y la trampa permanente (confunde, amenaza y veja hasta a sus propios consejeros): modos de conducta en los que desde hace meses Mas está concienzudamente doctorándose.

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El líder de lo que queda de Convergència, esa heteróclita amalgama de ineficacia, ensoñaciones, nepotismo y corrupción, podría haber reivindicado el liderazgo del independentismo (si de verdad creyera en él) desafiando a los recién llegados y planteándoles un verdadero ultimátum.

Lo hizo ayer en sordina y sin elegancia. En efecto, se autoproclamó como la mejor garantía posible para el triunfo del secesionismo —lo que de rebote inquiere sobre la solidez del mismo, al depender de una sola persona—, pero sin exhibir la grandeza de ceder el testigo a cualquiera de los mejor colocados para sucederle.

Ya se sabe desde hace días que Mas es, políticamente, un cadáver viviente y un peso muerto incluso para los suyos. Desde el debate de investidura de ayer, la oposición (y el secesionismo radical) no se limita a distanciarse del gobernante en funciones. Se ve impelida a oponerse a sus triquiñuelas —como la de erigirse en campeón de la redistribución, la justicia social y la protección de los desheredados— no solo con la negativa a su reelección. Va más allá: exige activamente su renuncia, por sus ambigüedades, sus deslealtades y su carácter de responsable político de los corruptos locales. Inés Arrimadas (Ciudadanos) destacó que quien ha llevado a los catalanes al desastre no puede ser quien los saque de él. Miquel Iceta (PSC) le desautorizó por ser el verdadero autor de la resolución de insurgencia. Y Antonio Baños (CUP) le recriminó no comprometerse contra la corrupción alojada en su partido.

Así que Mas recibió ayer una ominosa negativa a su patético esfuerzo por ser reelegido, exacta imagen de que la pretendida mayoría independentista es un (eso sí, amplio) conjunto vacío, carente de apoyos indispensables. Y que esta negativa se repetirá el jueves. Y que, como en ausencia de presidente no hay Gobierno que pueda proponer leyes, ni Parlamento lo suficientemente constituido como para presentarlas desde los grupos parlamentarios, no despegarán las leyes de “desconexión”.

El empeño de Mas perjudica, por su osadía antiestatutaria y anticonstitucional, al conjunto de los catalanes, destruye la estrategia propia y la de sus aliados de la CUP. Como esta propone ya un candidato alternativo (Raül Romeva) a Mas, no le queda a él sino renunciar: el uno por el otro. Al Mas posterior a Mas le quedaría el consuelo de reencarnarse en una tercera opción, su vicepresidenta Neus Munté. O en algún otro edecán impoluto. Salvo que opte por naufragar más en otras elecciones.

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