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Basta de palabrería

A los que deciden los sueldos y los puestos: adquieran ustedes compromisos reales. Las mujeres no tenemos menos lectores o menos público. Estamos educadas, eso sí, para darnos menos importancia

Manifestación contra la violencia de género, el pasado sábado en Madrid.
Manifestación contra la violencia de género, el pasado sábado en Madrid.

No hay partido político ni medio de comunicación que no quiera estar presente en una manifestación contra la violencia de género. No faltan editoriales, declaraciones públicas ni ceños fruncidos. Y es lógico. ¿Qué organización, qué líder no se sumaría en estos momentos a la repulsa unánime contra estos crímenes dictados por el desprecio a las mujeres? Poco se habla, en cambio, de la educación que cimenta esta violencia, y menos aún de esas actuaciones relacionadas con la infravaloración de la mujer de la que tanto medios de comunicación como partidos son cómplices. Hay un silencio asombroso sobre la desigualdad de los sueldos a favor de los hombres. No se habla porque los datos suelen ser secretos: en el mercado arbitrario de los autónomos nunca llegarás a enterarte de lo que gana tu compañero y de por qué la dirección de una empresa entiende que la recompensa al trabajo de una mujer ha de ser menor.

Diría, y espero que se me entienda, que es más fácil condenar la violencia que actuar a diario para que las mujeres participen en el mundo social y laboral en igualdad de condiciones. Y aquí entran estos mundos supuestamente más abiertos, el de la cultura y el de la comunicación. Mientras las mujeres no tengamos idénticas posibilidades de mando, mientras nuestro trabajo no sea considerado como el de nuestros colegas, mientras se requiera nuestra voz en un foro sólo para compensar la abrumadora presencia masculina, no podemos hablar de compromiso real con la igualdad.

Desde aquí me dirijo a los que deciden los sueldos y los puestos: basta de palabrería, adquieran ustedes compromisos reales. No tenemos menos lectores, ni menos telespectadores, ni menos público. Estamos educadas, eso sí, para darnos menos importancia.