Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Irreversible

Las naciones son tan artificiales en origen como inmutables una vez consolidadas

El pegamento que une las identidades, los territorios y las instituciones es el resultado de complejas circunstancias históricas. Las naciones son tan artificiales en origen como inmutables una vez consolidadas. Y lo mismo puede decirse de los Estados y de su proceso de creación. No hay por tanto nada extraño en que a una comunidad le cueste mucho aceptar una discusión sobre los límites que definen su territorio y ciudadanía. De hecho, a pesar de la reivindicación sobre la existencia de un derecho natural e irrestricto a decidir sobre la pertenencia a la comunidad como una faceta irrenunciable de la democracia, la realidad es la contraria: las democracias carecen de una cláusula de escape estándar que habilite a cualquier territorio o grupo marcharse cuando buenamente lo deseen, y pese a ello las consideramos democracias plenas.

Prueba de ello es que las comunidades que acceden a la estatalidad escindiéndose de otro Estado jamás incluyen en sus nuevas constituciones el derecho a decidir. A falta del pronunciamiento de los independentistas sobre la cuestión, es bastante plausible aventurar que una futura constitución catalana en modo alguno incluiría un derecho simétrico a decidir sobre la estatalidad en los mismos términos empleados para la secesión, es decir, que bastara una mayoría de escaños en el Parlament o una consulta popular para desencadenar una unión con España. De ganar, los independentistas proclamarían la cuestión resuelta definitivamente. Y de perder, considerarían legítimo volver a intentarlo cuantas veces fuera necesario. Cara, gano yo; cruz, pierdes tú.

Incluso en el caso de que se desarrolle de forma negociada y pacífica (algo realmente excepcional: los divorcios de terciopelo no abundan), una secesión es un evento traumático para un país. Porque esos procesos son irreversibles y redefinen por completo la vida de varias generaciones de ciudadanos, el debate sobre esa cuestión debería llevarse a cabo en un marco de exquisito respeto por unas reglas del juego claras y compartidas y el intercambio de razones y hechos contrastables, no sobre la base del trazo grueso y el desbordamiento de las emociones. Decidir es importante y puede que acabe siendo inevitable, pero hacerlo democráticamente es aún más importante. Estamos muy lejos de ahí. @jitorreblanca

 

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.