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SE LLEVA

Yo sobreviví al 'crossfit'

De todas las torturas del 'fitness' moderno, esta disciplina extrema está en alza. ¿Merece la pena tanto sufrimiento?

Foto: Kito Muñoz / Estilismo: Filip Custic

El crossfit no es algo nuevo. Fue creado en el año 2000 en California, y en España ya lleva algunos años siendo practicado, principalmente por policías, militares o bomberos. Pero en los últimos meses veo en mi Facebook cómo proliferan el número de amigos que han empezado a practicarlo y me dicen que cada día están abriendo más centros a los que acude gente de todo tipo a practicar esta modalidad de entrenamiento que parece la más extrema de toda la oferta de fitness. Que ha sido tendencia total para la operación bikini de este año, vamos. No sé nada de crossfit cuando decido ir a una clase de prueba y descubrir los secretos de su éxito para contároslo a vosotros.

Busco unas cuantas fotos en Google y lo que allí veo me abalanza sobre el teléfono para reservar una plaza para esa misma tarde. Me imagino a mí mismo con los abdominales de un marine estadounidense en menos de un mes, y como un auténtico superhéroe en menos de un año. Así que allá voy. Dos amigos me comentan que me tome alguna bebida energética para evitar lipotimias. Sí, el nivel de confianza de mis amigos en mis capacidades físicas es equivalente al de los creadores de las pulseras ‘no podéis’ en la alternancia en el poder. Me bebo un Monster tamaño grande. Error. Los nervios cuando te enfrentas a algo desconocido ahora han derivado en que llego pegando botes al centro de crossfit.

"Respiro hondo y acepto resignado que me espera la hora más humillante de mi vida"

Está en el centro de Madrid. Me imaginaba un gimnasio muy cuco y me encuentro la entrada de lo que podría ser el taller de repuestos y recambios hermanos Hernández que hay en cada barrio de toda la vida. Los centros de crossfit no se llaman gimnasios, se llaman box, me aclara el chico que me recibe. Me dice que entre a cambiarme que empezamos en cinco. El vestuario es como el que usan los trabajadores de una fábrica, nada de azulejos de diseño, ni duchas de obra con dispensador de jabón y griferías cromadas. Cuando salgo con el atuendo clásico de entrenar en el gimnasio me encuentro con tres tíos sin camiseta y con una especie de micro short de lycra. Son los dobles de escenas de riesgo de Los Mercenarios, lo juro. Quiero huir. Aparece una chica. Es Madonna después de comerse un trueno. Respiro hondo y acepto resignado que me espera la hora más humillante de mi vida cuando entran varias personas de aspecto normal, dos de ellas con sobrepeso y una de ellas que, como yo, va a tomar su primera clase. Dios aprieta pero no ahoga. Nos explican en qué consiste el “trabajo” de hoy. Sólo me entero de que hay que hacer peso muerto con barras de halterofilia olímpica y dominadas. Sí, eso de subir todo el peso de tu cuerpo con los brazos y bajar despacio. Veo barras en el techo, un cubo viejo lleno de talco de magnesia. Estoy acojonado. Pero ya no tengo tiempo de volver a pensar.

Empieza el show. Calentamiento. Hay que correr durante unos minutos y enseguida se cierne el infierno. Correr hacia atrás en cuclillas. Rápido porque delante tienes a los mercenarios y no puedes estorbarles. Correr con uno de ellos tirando de ti hacia atrás. Y algunas variaciones más, sin descanso. Me ahogo, toso, estoy rojo, me duele todo. Y llevo menos de diez minutos aquí. Además tengo toda la ropa sucia de arrastrarme por el suelo del box, manchado de talco, y un líquido que intuyo como una mezcla de sangre, sudor y lágrimas de otros que pasaron por allí antes que yo. Era sólo el principio. Empiezan los ejercicios. Hago el peso muerto únicamente con la barra. Lo hacemos por parejas sobre una superficie formada por una pila de colchonetas. Todo en crossfit es así, rudimentario, auténtico, y a la vez eficaz. Sin adornos. No hay música. Tampoco hace falta, el sonido de tus pulsaciones en las sienes está a la altura del megatrón de la Fabrik. Veo a mi pareja de baile frente a mi levantando la barra con 30 kilos a cada lado. Su cara es una mezcla de estreñimiento, orgasmo y análisis de la información bursátil. No puedo ver la mía pero debe ser la de un zombi con mal de altura. Fuera la barra, a las dominadas. Me toca junto al doble de Rambo. Las hace perfectas, tardando 4 segundos en bajar. Le odio. Calculo que yo tardo una media de 0,32 segundos en hacerlo.

"Hay que salir a correr calle abajo y, lo que es peor, subir corriendo cuesta arriba. Una experiencia cercana a la tortura"

Llega la siguiente ronda de ejercicios. Desde ahora y hasta el final serán una combinación entre ejercicios de pierna y carrera. Hay que salir a correr fuera. Calle abajo hasta el final, y lo que es peor, subir corriendo cuesta arriba. Cada tramo unos 300 metros. Es el punto álgido de la clase. Una experiencia cercana a la tortura. En esa calle hay parejas que pasean de la mano, y lo que es peor: hay terrazas con grupos de amigos que beben jarras de cerveza helada. Se me había olvidado: en el Box no hay fuente para beber. Algunos se llevan su botella, pero si no hay tiempo para descansar tampoco lo hay para una minucia como hidratarse. Así que bajo la calle corriendo, cruzo una calle que corta y pienso que si en ese momento me atropella un coche lo mismo me hace un favor. El ‘mátame camión’ llevado a su máxima expresión. Cuando intento subir la cuesta de regreso sólo llego a la mitad. Nos reciben los monitores gritando: ¡Vamos! ¡Sois los últimos! Me dan ganas de decirles que seremos los primeros en el reino de los cielos pero al final no lo hago. Dentro nos esperan tropecientas sentadillas con la barra en los hombros, combinadas con subir y bajar de un cajón de unos 80 centímetros de alto. Hay que hacer diez completas antes de soltar la barra y volver a salir a correr. Hago tres. Vuelvo a salir, y esta vez me doy la vuelta a la mitad. Sí, hago trampas. Otras tres personas se me unen.

"Más sentadillas, y la última carrera. Me digo que quiero completarla aunque me cueste la vida"

De repente nos damos cuenta de que en la puerta del Box el monitor está asomado vigilándonos. Cuando entramos nos hacemos los locos pero él nos mira como si fuésemos unas cucarachas despreciables que podría aplastar con un dedo, dejándonos claro que nos ha pillado. Más sentadillas, y la última carrera. Me digo a mi mismo que quiero completarla aunque me cueste la vida. Uno tiene su orgullo. Lo hago, y consigo completar 7 de las diez últimas sentadillas. La clase ha terminado. No sé quién soy. Ni siento ni padezco. Pero me uno al choque de manos que empieza a producirse entre todo el grupo. Un ritual espontáneo o dirigido, no lo sé, pero no dudo en formar parte de él. ¡Me están felicitando y dando la bienvenida a su grupo Terminator y sus colegas! El monitor nos sonríe y aplaude, y nos comenta a los de prueba que si queremos volver hay que someterse a cuatro clases de técnica para evitar lesiones. Es decir, hay ejercicios mucho peores que los que he practicado hoy.

He sobrevivido al crossfit. Escribo esto después de 4 días sin poder moverme. La primera noche no pude dormirme hasta las cinco de la mañana y lo conseguí tras dos antiinflamatorios para calmar el dolor de piernas. He sufrido las peores agujetas de toda mi vida, y llevo años yendo al gimnasio. Sé que sólo ha sido una clase de prueba y que me espera más sufrimiento. Pero al día siguiente me miro en el espejo antes de meterme en la ducha y por primera vez en mi vida descubro que tengo algo parecido a unos oblicuos. No sé por qué, pero sólo puedo pensar en volver. ¿Me estaré metiendo en una secta? Si sigo vivo dentro de un año, llamadme si tenéis algún problema. Supercrossfit acudirá volando a rescataros.

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