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Historias para los torcedores de puros

El gran entretenimiento colectivo era El conde de Montecristo (una obra tan famosa que hay una línea de puros llamada Montecristo)

‘ROSALINDA’ (1999). Ochenta episodios que se desarrollan en México y con guion de Delia Fiallo: otra historia de secretos que producen grandes desgarros. Rosalinda vende flores en el puesto de su abuelo; es la chica pobre que va a enamorarse de un chico rico. Pero nada va ser fácil.
‘ROSALINDA’ (1999). Ochenta episodios que se desarrollan en México y con guion de Delia Fiallo: otra historia de secretos que producen grandes desgarros. Rosalinda vende flores en el puesto de su abuelo; es la chica pobre que va a enamorarse de un chico rico. Pero nada va ser fácil.

Según la preceptiva de sus escribidores, el episodio de telenovela ideal está hecho de recapitulaciones, arbitrarios aplazamientos, digresiones, buenos o malos augurios, malvados designios secretos (proferidos invariablemente en voz alta y en big close-uppor la villana), y apenas el atisbo de algún inminente acontecimiento, algo que imprima solo una pizca de tracción al relato. Al cabo, la idea es que la serie se prolongue, así sea a la rastra, durante al menos 120 episodios.

Fiel a ese precepto, no ahondaré todavía en la noción de que el género que Televisa de México ha logrado imponer como canónico en el resto del continente es la vulgata y el espejo de todos los tópicos del populismo latinoamericano. Trataré primero de justificar por qué reputo la escritura de culebrones como un “oficio del siglo XIX”.

No es solo por hacer un guiño al imprescindible título de Guillermo Cabrera Infante, Un oficio del siglo XX, aunque mucho de eso haya. Con esto de “oficio del siglo XIX” procuro llamar la atención hacia una institución que superlativamente singulariza la cultura cubana y que, como tantas otras cosas, nos han llegado de esa isla.

Cosas como el mambo, las mitologías guevaristas que sembraron el continente de guerrillas trágicamente fracasadas en los años sesenta, la poesía de Eliseo Diego, los puros habanos o el modo caribe de jugar al béisbol: hablo del “lector de tabaquería”. La institución ha sido candidata del Gobierno cubano a la categoría de Patrimonio Intangible de la Humanidad, patrocinada por la Unesco.

Se atribuye a un líder obrero asturiano, Saturnino Martínez, que en Cuba se hizo torcedor de tabaco, el haber llevado por vez primera la lectura a la fábrica El Fígaro, hacia 1865. El catálogo de lecturas alternaba obras del realismo social del siglo XIX europeo con naturalismo costumbrista criollo. Muy pronto, la práctica cundió entre tabaqueros de manera “viral”.

El episodio de telenovela ideal está hecho de digresiones, buenos o malos augurios, malvados designios secretos

Guillermo Cabrera Infante, gran fumador de puros habanos, escribió con admiración que esos “lectores profesionales [QUE]leían, en Cuba, a los torcedores de los puros de acuerdo con lo que ellos les pedían. Y el gran entretenimiento colectivo era El conde de Montecristo (una obra tan famosa que hay una línea de puros llamada Montecristo). Curiosamente, el equivalente femenino de los torcedores, las mujeres, que hacían otras labores como despalillar la hoja de tabaco, separar y clasificar, también pidieron que les leyeran a ellas, por supuesto novelas románticas”.

Hubo momentos en los que lectores y autores de tabaquería se fundían en una misma persona, figuración proletaria y cubana del aeda que, con su relato, mitiga la pesada tarea de la tribu.

José Martí, El Apóstol, aclamado un día por los tabaqueros de una fábrica de puros en Tampa, Florida, declaró la mesa del lector de tabaco “tribuna avanzada de la libertad”. Y, al igual que el béisbol, considerado en aquellos años por las autoridades coloniales españolas como disolvente pasatiempo proyanqui, demasiado favorecido por los independentistas, la lectura de tabaquería también fue declarada “contaminante” de indeseables ideas agitadoras del clima social y vetada en varias ocasiones por el capitán general español.

Al comenzar el siglo XX, la demanda de autores que abordaran temas locales atrajo a la radio comercial a escritores consagrados tanto por la mesa del lector de tabaco como por la literatura “de tapa dura”. Figuras como Félix Pita Rodríguez y el inefable Félix B. Caignet. Dueño de una hermosa voz, Caignet fue no sólo lector de tabaquería él mismo, sino también locutor de sus propios radiodramas, como El derecho de nacer, quizá la más exitosa en la América de habla española, mil veces versionada por la televisión.

La radionovela, “reactivo precursor” del culebrón televisado, advino, pues, entre los tardíos años veinte y la segunda posguerra. Son los mismos años del surgimiento de los grandes partidos de masas de izquierda en muchas de nuestras naciones, desde México al Cono Sur, no todos ellos necesariamente marxistas sino, más bien, animados por un batiburrillo ideológico en el que prevalecía un nacionalismo caudillista y justiciero.

La radionovela, desprendimiento de la mesa de lector de tabaco y precursora del masivo teleculebrón, acompañó en su ascenso a la primera oleada de nuestros populismos.

 

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