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La literatura callada de las calles

Desde el púlpito que le dio Franco, Pemán dijo cosas horrendas. Luego la historia lo amansó, y se hizo un viejo venerable

Calle Poeta José Mª Pemán, en San Fernando (Cádiz).
Calle Poeta José Mª Pemán, en San Fernando (Cádiz).

En Inglaterra, donde las calles parecen lecciones de historia del arte y la literatura, tienen escritores y personajes históricos cada cien metros, más o menos. No los tocan: los prolongan en otras calles, en otros barrios, en las nuevas urbanizaciones o en las viejas urbanizaciones que no tenían ni nombre ni destino. No juegan a las casitas con los nombres propios: los toleran o los aguantan, pero no andan rompiendo placas sólo porque cambia el tiempo.

En España somos más de pandereta y tentetieso. Cuando ganó Franco la guerra incivil (así la llamaban Gaos y Marichal, republicanos), el dictador cambió la nomenclatura; quiso hacerlo en la Academia de la Lengua, por cierto, e intentó sin éxito quitarle los sillones a los republicanos que habían tenido que emigrar a un exilio del que o no volvieron o volvieron, como Max Aub, para comprobar que la patria también los había abandonado a ellos. La Academia se opuso gallardamente a esa usurpación y mantuvo los sillones a quienes los habían obtenido antes de que se dirimieran las diferencias en el ensangrentado campo de batalla.

Ahora estamos sin guerra pero con ansias de cambio hasta en el callejero, lo cual puede parecer saludable a primera vista sin que se sigan ciertos procedimientos, como decía aquel rector a unos estudiantes que querían derrocar a Franco desde el salón noble de la Complutense. Por ejemplo, en Jerez quieren arremeter contra la memoria callejera de José María Pemán. Vaya por Dios. Pemán dijo una vez en la tele, vestido de Séneca, que la democracia era fácil en Grecia porque allí los ciudadanos podían juntarse en un estadio y votar. Pero en las sociedades modernas ya eso era una antigualla… Dijo cosas así, y desde el púlpito que le dio Franco dijo cosas horrendas. Luego vino la historia, lo amansó, y se hizo un viejo venerable ante el que se arrodilló Umbral, por ejemplo, cuando el gran cronista de la Transición abrazaba ya a Pasionaria y a Carrillo. Ahora vienen a remover su recuerdo gaditano, donde está su mejor memoria.

Quitar a Pemán (“un caballero”, lean a Caballero Bonald, o a Quiñones) de las calles gaditanas, como quiere la autoridad actual, es como quitarle a Cortadura o a La Caleta los nombres por los que paseaba el legendario periodista Fernando Fernández, que murió por esos vericuetos con la última columna en el bolsillo. De Cortadura a La Caleta. Pero es que al tiempo que a Pemán lo remueven de su fijeza en la memoria callejera gaditana, en Valencia están haciendo bailar, otra vez, al pobre Juan de Juanes de las dependencias municipales. Al despacho de la Alcaldía lo llevó Rita Barberá, porque le gustaba, y ahora el alcalde Joan Ribó, que es de la línea contraria, juzga a Juan de Juanes también por su real gusto y decide quitarlo: prefiere al Equipo Crónica.

Lo que queda de los periodos históricos, siempre que no sea ni ofensivo ni mentira, añade a la pedagogía de los pueblos. Una calle es una pedagogía, un callejero es una historia, siempre que en esa nomenclatura no haya ni asesinos ni dictadores. Pero, ¿los escritores, los artistas? Hombre, puedes no leer a Pemán, ¿pero apearlo de su pedestal sólo porque no es de tu cuerda? Si Umbral levantara la cabeza.

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