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La pugna que no cesa

A pesar de lo evidente del cambio climático y los desastres ambientales, la toma de conciencia ciudadana es demasiado lenta

Recolectoras de arroz en la región de Kolda (Senegal).
Recolectoras de arroz en la región de Kolda (Senegal).

Podríamos narrar la historia de la humanidad como una lucha brutal por acceder y controlar los recursos naturales. Seguramente sería una narración reduccionista pero también explicaría muchos acontecimientos que desde otras visiones se comprenden insuficientemente. Nuestra generación, la de nuestros progenitores y la que nos sigue somos testigos de cómo esta vieja pugna se ha vuelto mas cruenta y sofisticada. La forma en que tiene lugar dicha pugna hoy en día es a través de la explotación privada y la realización de grandes negocios transnacionales, en un mundo desregulado y con el actor político clave, el Estado, fuera de juego. Cuando falla el mercado para resolver la pugna, entra la guerra como mecanismo resolutorio. ¿Cuántos de los actuales conflictos armados tienen que ver con la pelea por el control y la explotación de los valiosos recursos naturales? Hagan la cuenta. 

La desvinculación del individuo respecto de su medio natural facilita el consentimiento o la anuencia ante la destrucción natural del planeta

Pero la realidad puede ser todavía mas complicada. El modo de vida de una pequeña parte de la humanidad, rica y acomodada, se articula fundamentalmente en torno a dicha explotación sistemática y las legítimas aspiraciones de una creciente parte de la población mundial se alinean cada vez mas con ese modo de vida resultante de dicha lucha sin cuartel. La pelea por los recursos naturales contribuye además a mantener y generar una élite global, con enorme poder político y económico escasamente transparente y controlable. Todo esto sin mencionar los efectos en la sostenibilidad y equilibrio ecológico del planeta. A pesar de lo evidente del cambio climático y los desastres ambientales, la toma de conciencia ciudadana es demasiado lenta. Y es que el mundo se está haciendo cada vez mas urbano. La desvinculación del individuo respecto de su medio natural facilita el consentimiento o la anuencia ante la destrucción natural del planeta.

¿Cómo podemos reaccionar en este contexto? ¿Cuál ha de ser nuestra estrategia política para controlar y regular esta vieja lucha por los recursos naturales que se ha vuelto cuestión de supervivencia? Cada vez son más explícitas tres estrategias. La primera es la necesidad de explicar dicha pugna de manera integral e interdisciplinar. Cuando somos testigos de una disputa por la explotación los recursos naturales (desde el petróleo a la madera, pasando por el agua y la tierra) no estamos ante un problema exclusivamente ambiental, ni económico, ni político, ni social, ni cultural, ni personal. Estamos afrontando las limitaciones actuales de nuestro modo de vida, el agotamiento de una civilización. Es necesario verlo y narrarlo así. La forma en la que venimos estructurando y llevando a cabo la pelea por el control de nuestros recursos naturales, esa pugna que es uno de los pilares de nuestro sistema político, social, económico y cultural, es la que se ha vuelto además de extremadamente injusta y cruel (como lo ha sido históricamente) insostenible.

Hay que subir la presión para comenzar a cambiar el curso de la historia

La segunda estrategia es proteger los recursos naturales con el único mecanismo jurídico-político internacional —y por tanto medianamente eficaz— del que disponemos: los Derechos Humanos. De ahí, los enormes esfuerzos y presión de las últimas décadas de una parte de la sociedad civil por ampliar y profundizar en ellos. El último ejemplo lo tenemos en la defensa del Derecho Humano al Agua (Resolucion 64/292 de la Asamblea General de la ONU). Esta estrategia requiere avanzar en tratados internacionales, mecanismos de vigilancia y cumplimento para los mismos y la elaboración de nuevos conceptos políticos que permitan explicar y comunicar las terribles consciencias de la vieja pugna, como ha sido el concepto de acaparamiento de tierras ya utilizado por la FAO y ahora el cada vez mas necesario, pero todavía en ciernes, concepto de acaparamiento del agua.

Finalmente, cada vez más actores sociales tienen clara la necesidad de articular una nueva generación de movilizaciones sociales que combinen al menos dos dimensiones. Deben ser globales —para poder poner presión de manera eficaz sobre el sector privado transnacional que es punta de lanza de este modelo y sobre varios estados simultáneamente— y deben tener una amplia representatividad social, yendo mucho mas allá de los sectores ecologistas o más verdes de la sociedad.

2015 es un año excelente para impulsar estos nuevos mecanismos legales y políticos y ensayar esta estrategia de movilización que empieza hoy, el Día de la Tierra. Hace unas semanas, la ONU comenzó los trabajos para un futuro acuerdo internacional sobre Derechos Humanos y Transnacionales. En julio, los gobiernos del mundo cerrarán un primer acuerdo sobre la financiación del desarrollo que incluye un gran paquete sobre el presupuesto climático vinculado a la explotación de recursos tan básicos para la supervivencia como el agua y la tierra. En septiembre, se acordarán en la Asamblea General de la ONU los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible; y en diciembre, la Cumbre del Clima en París. Hay que subir la presión para comenzar a cambiar el curso de la historia.

Ana Rosa Alcalde es directora de Alianza por la Solidaridad.